Aquel mediodia decidi acercarme a casa para hablar con el. Antes de abrir la puerta del piso oi voces dentro. Miquel discutia con alguien. Al principio crei que se trataba de alguien del periodico, pero me parecio oir el nombre de Julian en la conversacion. Oi pasos que se acercaban a la puerta y corri a ocultarme en el rellano del atico. Desde alli pude atisbar al visitante.
Un hombre de negro, de rasgos cincelados con indiferencia y labios finos como una cicatriz abierta. Tenia los ojos negros y sin expresion, ojos de pez. Antes de perderse escaleras abajo, se detuvo y alzo la mirada hacia la penumbra. Me apoye contra la pared, conteniendo la respiracion. El visitante permanecio alli durante unos instantes, como si pudiera olerme, relamiendose con una sonrisa canina. Espere a que sus pasos se apagasen completamente antes de abandonar mi escondite y entrar en el piso. Flotaba un olor a alcanfor en el aire. Miquel estaba sentado junto a la ventana, las manos caidas a ambos lados de la silla. Le temblaban los labios. Le pregunte quien era aquel hombre y que queria.
- Era Fumero. Ha venido a traer noticias de Julian.
- ?Que sabe el de Julian?
Miquel me miro, mas abatido que nunca.
- Julian se casa.
La noticia me dejo sin habla. Me deje caer en una silla y Miquel me tomo las manos. Hablaba con dificultad y cansancio. Antes de que pudiera despegar los labios, Miquel procedio a resumirme los hechos que le habia referido Fumero y lo que cabia imaginar al respecto. Fumero habia empleado sus contactos en la policia de Paris para dar con el paradero de Julian Carax y observarle. Miquel suponia que aquello podia haber sucedido meses o incluso anos antes. Lo que le preocupaba no era que Fumero hubiese encontrado a Carax, eso era una cuestion de tiempo, sino el que hubiera decidido revelarlo ahora, junto con la peregrina noticia de unas nupcias improbables. La boda, por lo que se sabia, habia de tener lugar a principios de verano de 1936. De la novia solo se sabia el nombre, que en este caso era mas que suficiente: Irene Marceau, la patrona del establecimiento donde Julian habia trabajado como pianista durante anos.
- No comprendo -musite-. ?Julian se casa con su mecenas?
- Precisamente. No es una boda. Es un contrato.
Irene Marceau le llevaba unos veinticinco o treinta anos a Julian. Miquel sospechaba que Irene habia decidido convenir aquel enlace con Julian para traspasarle su patrimonio y asegurar su futuro.
- Pero ya le ayuda. Le ha ayudado desde siempre.
- Quiza sepa que no va a estar ahi para siempre -sugirio Miquel.
El eco de aquellas palabras nos cortaba demasiado de cerca. Me arrodille junto a el y le abrace. Me mordi los labios para que no me viese llorar.
- Julian no quiere a esa mujer, Nuria -me dijo, creyendo que aquella era la causa de mi afliccion.
- Julian no quiere a nadie excepto a si mismo y a sus malditos libros -murmure.
Alce la mirada y me encontre con la sonrisa de Miquel, de nino viejo y sabio.
- ?Y que pretende Fumero con sacar todo este asunto a la luz ahora?
No tardamos en averiguarlo. Dias mas tarde, un Jorge Aldaya fantasmal y famelico se presento en casa, inflamado de ira y coraje. Fumero le habia contado que Julian Carax iba a casarse con una mujer rica en una ceremonia de fasto folletinesco. Aldaya llevaba dias carcomiendose con las visiones del causante de su desgracia, arropado de oropeles y cabalgando en una fortuna que el habia visto perder. Fumero no le habia contado que Irene Marceau, si bien mujer de cierta posicion economica, era la duena de un burdel y no una princesa de fabula vienesa. No le habia contado que ha novia le llevaba a Carax treinta anos y que mas que una boda, aquello era un acto de caridad para con un hombre acabado y sin medios de subsistencia. No le habia contado ni el cuando ni el donde de la boda. Se habia limitado a sembrar las semillas de una fantasia que devoraba por dentro lo poco que las fiebres habian dejado en su cuerpo amojamado y hediondo.
- Fumero te ha mentido, Jorge -dijo Miquel.
- ?Y tu, el rey de los mentirosos, osas acusar al projimo! -deliraba Aldaya.
No fue necesario que Aldaya revelase sus pensamientos, que en tan exiguas carnes se le leian en el semblante cadaverico como palabras bajo el pellejo macilento. Miquel vio claro el juego de Fumero. El le habia ensenado a jugar al ajedrez mas de veinte anos atras en el colegio de San Gabriel. Fumero tenia la estrategia de una mantis religiosa y la paciencia de los inmortales. Miquel envio una nota a Julian advirtiendole.
Cuando Fumero lo estimo oportuno, tomo a Aldaya por banda, le enveneno el corazon de rencor y le dijo que Julian se casaba en tres dias. Siendo el un oficial de policia, argumento, no podia comprometerse en un asunto asi. Aldaya, sin embargo, como civil, podia desplazarse a Paris y asegurarse de que aquella boda no se celebrase jamas. ?Como?, preguntaria un Aldaya febril, carbonizado de inquina. Retandole a un duelo el mismo dia de su boda. Fumero llego incluso a proporcionarle el arma con que Jorge estaba convencido de que perforaria aquel corazon de hiel que habia arruinado a la dinastia de los Aldaya. El informe de la policia de Paris diria mas tarde que el arma hallada a sus pies era defectuosa y que nunca hubiera podido hacer mas que lo que hizo: estallarle en la cara. Eso ya lo sabia Fumero cuando se la entrego en un estuche en el anden de la estacion de Francia. Sabia perfectamente que la fiebre, la estupidez y la rabia ciega le impedirian matar a Julian Carax en un duelo trasnochado de honor y amaneceres en el cementerio del Pere LaChaise. Y si por azar reunia las fuerzas y facultades de hacerlo, el arma que llevaba seria la encargada de abatirle. No era Carax quien debia morir en aquel duelo, sino Aldaya. Su existencia absurda, su cuerpo y alma en suspenso que Fumero habia permitido vegetar pacientemente, cumpliria asi su funcion.
Fumero sabia tambien que Julian nunca aceptaria enfrentarse a su antiguo companero, moribundo y reducido a un lamento. Por ese motivo instruyo a Aldaya claramente en los pasos a seguir. Habria de confesarle que la carta que Penelope le habia escrito anos atras anunciandole su boda y pidiendole que la olvidase era un engano. Habria de revelarle que el mismo, Jorge Aldaya, habia obligado a su hermana a redactar aquella sarta de mentiras mientras ella lloraba desesperadamente, proclamando a los vientos su amor inmortal por Julian. Habria de decirle que ella le habia estado esperando, con el alma rota y el corazon sangrante, desde entonces, muerta de abandono. Eso bastaria. Bastaria para que Carax apretase el gatillo y le volase la cara a tiros. Bastaria para que olvidase todo plan de boda y no pudiera albergar mas pensamiento que regresar a Barcelona en busca de Penelope y de una vida derramada. Y en Barcelona, aquella gran tela de arana que el habia hecho suya, Fumero le estaria esperando.
7
Julian Carax cruzo la frontera francesa pocos dias antes de que estallase la guerra civil. La primera y unica edicion de La Sombra del Viento habia salido un par de semanas antes de la imprenta rumbo al gris anonimato y la invisibilidad de sus predecesoras. Por entonces Miquel apenas podia ya trabajar y aunque se sentaba frente a la maquina de escribir dos o tres horas cada dia, la debilidad y la fiebre le impedian arrancarle palabras al papel. Habia perdido varias de las colaboraciones a causa de los retrasos en las entregas. Otros periodicos temian publicar sus articulos tras haber recibido varias amenazas anonimas. Solo le quedaba una columna diaria en el Diario de Barcelona que firmaba como Adrian Maltes. El fantasma de la guerra se sentia ya en el aire. El pais hedia a miedo. Sin ocupacion y demasiado debil hasta para lamentarse, Miquel solia bajar a la plaza o acercarse hasta la avenida de la Catedral, llevando siempre consigo uno de los libros de Julian como si fuese un amuleto. La ultima vez que el medico le habia pesado no llegaba a los sesenta kilos. Escuchamos la noticia del alzamiento en Marruecos por la radio y pocas horas despues un companero del periodico de Miquel vino a vernos para decirnos que Cansinos, el jefe de redaccion, habia sido asesinado de un tiro en la nuca frente al cafe Canaletas dos horas antes. Nadie se atrevia a llevarse el cuerpo, que seguia alli, tinendo una telarana de sangre sobre la acera.