Durante mucho tiempo me pregunte por que Fumero habria de hacer algo asi. Pero aquello no era mas que la logica de Fumero. Al morir con la identidad de Julian, Miquel le habia proporcionado involuntariamente la coartada perfecta. Desde aquel instante, Julian Carax no existia. No habria vinculo legal alguno que permitiese relacionar a Fumero con el hombre al que, tarde o temprano, esperaba encontrar y asesinar. Eran dias de guerra y muy pocos pedirian explicaciones por la muerte de alguien que ni siquiera tenia nombre. Julian habia perdido la identidad. Era una sombra. Pase dos dias esperando a Miquel o a Julian en casa, creyendo que me volvia loca. Al tercer dia, lunes, volvi a trabajar a la editorial. El senor Cabestany habia ingresado en el hospital hacia unas semanas, y ya no volveria a su despacho. Su hijo mayor, Alvaro, se habia hecho cargo del negocio. No le dije nada a nadie. No tenia a quien.
Aquella misma manana recibi en la editorial la llamada de un funcionario de la morgue, Manuel Gutierrez Fonseca. El senor Gutierrez Fonseca me explico que el cuerpo de un tal Julian Carax habia llegado al deposito y que, al cotejar el pasaporte del difunto y el nombre del autor del libro que llevaba cuando ingreso en la morgue, y sospechando si no una clara irregularidad si un cierto relajamiento en el reglamento por parte de la policia, habia sentido el deber moral de llamar a la editorial para dar parte de lo sucedido. Al escucharle, crei morir. Lo primero que pense fue que se trataba de una trampa de Fumero. El senor Gutierrez Fonseca se expresaba con la pulcritud del funcionario concienzudo, aunque algo mas goteaba en su voz, algo que ni el mismo hubiera podido explicar. Yo habia cogido la llamada en el despacho del senor Cabestany. Gracias a Dios, Alvaro habia salido a almorzar y estaba sola, de lo contrario me hubiera sido dificil explicar las lagrimas y el temblor en las manos mientras sostenia el telefono. Gutierrez Fonseca me dijo que habia creido oportuno informar de lo sucedido.
Le agradeci la llamada con esa formalidad falsa de las conversaciones en clave. Tan pronto colgue, cerre la puerta del despacho y me mordi los punos por no gritar. Me lave la cara y me marche a casa inmediatamente, dejando recado para Alvaro de que estaba enferma y que regresaria al dia siguiente antes de la hora para ponerme al dia con la correspondencia. Tuve que hacer un esfuerzo por no correr en la calle, por caminar con esa parsimonia anonima y gris de quien no tiene secretos. Al introducir la llave en la puerta del piso comprendi que el cerrojo habia sido forzado. Me quede paralizada. El pomo empezaba a girar desde el interior. Me pregunte si iba morir asi, en una escalera oscura y sin saber que habia sido de Miquel. La puerta se abrio y enfrente la mirada oscura de Julian Carax. Que Dios me perdone, pero en aquel instante senti que me volvia la vida y di gracias al cielo por devolverme a Julian en vez de a Miquel.
Nos fundimos en un abrazo interminable, pero cuando busque sus labios, Julian se retiro y bajo la mirada. Cerre la puerta y, tomando a Julian de la mano, le guie hasta el dormitorio. Nos tendimos en el lecho, abrazados en silencio. Atardecia y las sombras del piso ardian de purpura. Se escucharon disparos aislados a lo lejos, como todas las noches desde que habia empezado la guerra. Julian lloraba sobre mi pecho y senti que me invadia un cansancio que escapaba a las palabras. Mas tarde, caida la noche, nuestros labios se encontraron y al amparo de aquella oscuridad urgente nos desprendimos de aquellas ropas que olian a miedo y a muerte. Quise recordar a Miquel, pero el fuego de aquellas manos en mi vientre me robo la verguenza y el dolor. Quise perderme en ellas y no regresar, aun sabiendo que al amanecer, exhaustos y quiza enfermos de desprecio, no podriamos mirarnos a los ojos sin preguntarnos en quien nos habiamos convertido.
10
Me desperto el repiqueteo de la lluvia al alba. La cama vacia, la habitacion prendida de tiniebla gris.
Encontre a Julian sentado frente al que habia sido el escritorio de Miquel, acariciando las teclas de su maquina de escribir. Alzo la mirada y me brindo aquella sonrisa tibia, lejana, que decia que nunca seria mio. Senti deseos de escupirle la verdad, de herirle. Hubiera sido tan facil. Revelarle que Penelope estaba muerta. Que vivia de enganos. Que yo era cuanto tenia ahora en el mundo.
- Nunca debi regresar a Barcelona -murmuro, sacudiendo la cabeza.
Me arrodille junto a el.
- Lo que tu buscas no esta aqui, Julian. Marchemonos. Los dos. Lejos de aqui. Mientras hay tiempo.
Julian me miro largamente, sin pestanear.
- Tu sabes algo que no me has dicho, ?verdad? -pregunto.
Negue, tragando saliva. Julian se limito a asentir.
- Esta noche voy a volver alli.
- Julian, por favor...
- Tengo que asegurarme.
- Entonces ire contigo.
- No.
- La ultima vez que me quede esperando aqui, perdi a Miquel. Si tu vas, yo voy.
- Esto no va contigo, Nuria. Es algo que me concierne a mi solo.
Me pregunte si realmente no se daba cuenta del dano que me hacian sus palabras, o si apenas le importaba.
- Eso es lo que tu crees.
Quiso acariciarme la mejilla pero le aparte la mano.
- Deberias odiarme, Nuria. Te traeria suerte.
- Ya lo se.
Pasamos el dia fuera, lejos de la tiniebla opresiva del piso que aun olia a sabanas tibias y piel. Julian queria ver el mar. Le acompane hasta la Barceloneta y nos adentramos en la playa casi desierta, un espejismo de color de arena que se fundia en la calima. Nos sentamos en la arena, cerca de la orilla, como lo hacen los ninos y los viejos. Julian sonreia en silencio, recordando a solas.
Al atardecer tomamos un tranvia junto al acuario y ascendimos por la Via Layetana hasta el paseo de Gracia, luego la plaza de Lesseps y despues la avenida de la Republica Argentina hasta el termino del trayecto. Julian observaba las calles en silencio, como si temiese perder la ciudad a medida que la recorria. A medio camino me tomo la mano y la beso sin decir nada. La sostuvo hasta que nos bajamos. Un anciano que acompanaba a una nina de blanco nos miraba, sonriente, y nos pregunto si eramos novios. Era ya noche cerrada cuando enfilamos Roman Macaya en direccion al caseron de los Aldaya en la avenida del Tibidabo. Caia una lluvia fina que tenia de plata los paredones de piedra. Trepamos el muro de la finca por la parte de atras, junto a las pistas de tenis. El caseron se alzaba en la lluvia. La reconoci al instante. Habia leido la fisonomia de aquella casa en mil encarnaciones y angulos en las paginas de Julian. En La casa roja , el palacete se aparecia como un tenebroso caseron mas grande por dentro que por fuera, que cambiaba lentamente de forma, crecia en pasillos, galerias y aticos imposibles, escaleras infinitas que no conducian a ninguna parte y alumbraba habitaciones oscuras que aparecian y desaparecian de la noche a la manana, llevandose consigo a los incautos que se adentraban en ellas sin que nadie les volviese a ver. Nos detuvimos frente al porton, asegurado con cadenas y un candado del tamano de un puno. Los ventanales de la primera planta estaban tapiados con tablones recubiertos de yedra. El aire olia a maleza muerta y a tierra mojada. La piedra, oscura y viscosa bajo la lluvia, relucia como el esqueleto de un gran reptil.