La portera se concentró de nuevo en la imagen.
– No la había visto nunca. Muy mona.
– Por la foto parece que fuesen novios -sugerí, a ver si le pinchaba la memoria.
Me la tendió, sacudiendo la cabeza.
– Yo de fotos no entiendo. Y que yo sepa, Julián no tenía novia, pero me figuro yo que si la tuviese no me lo hubiera dicho. A duras penas me enteré de que mi Isabelita se había liado con ése… ustedes los jóvenes nunca cuentan nada. Somos los viejos los que no sabemos parar de hablar.
– ¿Recuerda a sus amigos, alguien en especial que viniese por aquí?
La portera se encogió de hombros.
– Ay, hace ya tanto tiempo. Además, en los últimos años Julián ya paraba poco por aquí, ¿sabe usted? Había hecho un amigo en el colegio, un niño de muy buena familia, los Aldaya, no le digo nada. Ahora ya no se habla de ellos, pero por entonces era como decir la familia real. Mucho dinero. Lo sé porque a veces enviaban un coche a buscar a Julián. Tenía usted que haber visto qué coche. Ni Franco, oiga. Con chófer, todo reluciente. Mi Paco, que de esto entendía, me dijo que era un rolsroi o algo así. Ahí es nada.
– ¿Recuerda usted el nombre de este amigo de Julián?
– Mire, con un apellido como Aldaya, no hacen falta nombres, a ver si me entiende usted. También me acuerdo de otro chico, un poco atolondrado, un tal Miquel. Creo que también era compañero suyo de clase. No me pregunte ni qué apellido ni qué cara tenía.
Parecía que habíamos llegado a un punto muerto y temí empezar a perder el interés de la portera. Decidí seguir una corazonada.
– ¿Vive alguien ahora en el piso de los Fortuny?
– No. El viejo murió sin hacer testamento, y la mujer, que yo sepa, aún está en Buenos Aires y no vino ni al entierro.
– ¿Por qué Buenos Aires?
– Porque no pudo encontrar un sitio más lejos de él, digo yo. No la culpo, la verdad. Lo dejó todo en manos de un abogado, un tipo muy raro. Yo no le he visto nunca, pero mi hija Isabelita, que vive en el quinto primera, justo debajo, dice que a veces, como tiene llave, viene por la noche y se pasa horas andando por el piso y luego se va. Una vez hasta me dijo que se oían como tacones de mujer. Ya me contará usted.
– A lo mejor eran zancos -sugerí.
Me miró sin comprender. Obviamente, para la portera el tema era muy serio.
– ¿Y nadie más ha visitado el piso en todos estos años?
– Una vez se presentó aquí un tipo muy siniestro, de esos que sonríen todo el rato, un risitas, pero que se le ve venir de lejos. Dijo que era de la Brigada Criminal. Quería ver el piso.
– ¿Dijo por qué?
La portera negó.
– ¿Recuerda su nombre?
– Inspector nosequé. Ni me creí que fuese policía. El asunto olía mal, ya me entiende. A algo personal. Le facturé con viento fresco y le dije que no tenía las llaves del piso y que si quería algo, que llamase al abogado. Me dijo que volvería, pero no le he vuelto a ver por aquí. Ni ganas.
– ¿No tendrá usted por casualidad el nombre y la dirección de ese abogado, verdad?
– Eso se lo tendría que preguntar usted al administrador de la finca, el señor Molins. Tiene la oficina aquí cerca, en el 28 de Floridablanca, entresuelo. Dígale que va usted de parte de la señora Aurora, servidora de usted.
– Se lo agradezco mucho. Y dígame, señora Aurora, ¿entonces el piso de los Fortuny está vacío?
– Vacío no, porque nadie se ha llevado nada de ahí en todos los años desde que murió el viejo. Si a veces hasta huele. Yo diría que hay ratas y todo, fíjese usted.
– ¿Cree usted que sería posible echarle un vistazo? A lo mejor encontramos algo que nos indique qué se hizo realmente de Julián…
– Ay, yo no puedo hacer eso. Tiene usted que hablarlo con el señor, Molins, que es el que lo lleva.
Le sonreí con malicia.
– Pero usted tendrá una llave maestra, supongo. Aunque le dijese a ese individuo que no… No me diga que no se muere usted de curiosidad por saber lo que hay ahí dentro.
Doña Aurora me miró de reojo.
– Es usted un demonio.
La puerta cedió como la losa de un sepulcro, con un quejido brusco, exhalando el aliento fétido y viciado del interior. Empujé el portón hacia el interior, desvelando un pasillo que se hundía en la negrura. El aire hedía a cerrado y a humedad. Volutas de mugre y polvo coronaban los ángulos de la techumbre, pendiendo como cabellos blancos. Las losas quebradas del suelo estaban recubiertas por lo que parecía un manto de cenizas. Advertí lo que parecían marcas de pisadas adentrándose en el piso.
– Santa Madre de Dios -murmuró la portera-. Aquí hay más mierda que en el palo de un gallinero.
– Si lo prefiere, ya entro yo solo -sugerí.
– Eso quisiera usted. Venga, tire palante, que yo le sigo.
Cerramos la puerta a nuestra espalda. Por un instante, hasta que la mirada se nos acostumbró a la penumbra, permanecimos inmóviles en el umbral del piso. Escuché la respiración nerviosa de la portera y percibí el vahído agrio a sudor que desprendía. Me sentí como un ladrón de tumbas, con el alma envenenada de codicia y anhelo.
– Oiga, ¿qué será ese ruido? -preguntó la portera, inquieta.
Algo aleteaba en las tinieblas, alertado por nuestra presencia. Me pareció entrever una forma pálida revoloteando en el extremo del corredor.
– Palomas -dije- Deben de haberse colado por una ventana rota y anidado aquí.
– Pues mire que me dan un asco a mí los pajarracos esos -dijo la portera-. Con lo que llegan a cagar.
– Usted tranquila, doña Aurora, que sólo atacan cuando tienen hambre.
Nos adelantamos unos pasos hasta el fin del pasillo. Llegamos a un comedor que daba al balcón. Se apreciaba el contorno de una mesa destartalada recubierta por un mantel deshilachado que parecía una mortaja. La velaban cuatro sillas y un par de vitrinas veladas de suciedad que custodiaban la vajilla, una colección de vasos y un juego de té. En una esquina permanecía el viejo piano vertical de la madre de Carax. Las teclas habían ennegrecido y apenas se veían las junturas bajo el velo de polvo. Frente al balcón palidecía una butaca de faldones raídos. Junto a ella había una mesa de café sobre la que reposaban unas lentes de lectura y una Biblia encuadernada en piel pálida y ribeteada con filetes dorados, de las que se regalaban entonces por la primera comunión. Todavía conservaba el punto, una hebra de cordel escarlata.
– Mire, en esa butaca es donde encontraron muerto al viejo. Dijo el médico que llevaba ahí dos días. Qué triste morir así, solo como un perro. Y mire que se lo buscó, pero aun así, mire que me da lástima.
Me acerqué a la butaca mortuoria del señor Fortuny. Junto a la Biblia había una pequeña caja con fotografías en blanco y negro, retratos viejos de estudio. Me arrodillé a examinarlas, dudando casi viejos rozarlas con los dedos.
Pensé que estaba profanando los recuerdos de un pobre hombre, pero la curiosidad pudo más. La primera estampa mostraba a una pareja joven con un niño de no más de cuatro años. Le reconocí por los ojos.
– Ahí los tiene usted. El señor Fortuny de joven, y ella…
– ¿No tenía Julián hermanos o hermanas?
La portera se encogió de hombros, suspirando.
– Decían por ahí que ella había perdido un embarazo por una de las palizas del marido, pero yo no sé. A la gente le gusta mucho la chafardería, la verdad. Una vez, Julián le contó a los críos de la escalera que tenía una hermana que sólo él podía ver, que salía de los espejos como si fuese de vapor y que vivía con el mismísimo Satanás en un palacio debajo de un lago. Mi Isabelita tuvo pesadillas para un mes entero. Mire que era morboso ese crío a veces.
Eché un vistazo a la cocina. El cristal de una pequeña ventana que daba a un patio interior estaba roto, y podía oírse el aleteo nervioso y hostil de palomas al otro lado.
– ¿Todos los pisos tienen la misma distribución? -pregunté.
– Los que dan a la calle, oséase los de la segunda puerta, sí, pero éste, al ser ático, es algo diferente -explicó la portera-. Ahí tiene la cocina y un lavadero que da al tragaluz. Por ese pasillo hay tres habitaciones y al fondo un baño. Bien puestos dan mucho arreglo, no se piense. Éste es parecido al de mi Isabelita, claro que ahora parece una tumba.
– ¿Sabe cuál era la habitación de Julián?
– La primera puerta es el dormitorio principal. La segunda da a una habitación más pequeña. A lo mejor ésa, digo yo.
Me adentré en el pasillo. La pintura de las paredes se deshacía en jirones. Al fondo del corredor, la puerta del baño estaba entreabierta. Un rostro me observaba desde el espejo. Hubiera podido ser el mío o el de la hermana que vivía en los espejos de aquel piso. Intenté abrir la segunda puerta.
– Está cerrada con llave -dije.
La portera me miró, atónita.
– Esas puertas no tienen cerradura -murmuró.
– Ésta sí.
– Pues la haría poner el viejo, porque en los demás pisos…
Bajé la mirada y observé que el rastro de pisadas en el polvo llegaba hasta la puerta cerrada.
– Alguien ha entrado en la habitación -dije-. Recientemente.
– No me asuste -dijo la portera.
Me acerqué a la otra puerta. No tenía cerradura. Cedió al tacto, deslizándose hacia el interior con un gemido herrumbroso. En el centro descansaba una vieja cama de palanquín, deshecha. Las sábanas amarilleaban como sudarios. Un crucifijo presidía sobre el lecho. Había un pequeño espejo sobre una cómoda, una vasija, una jarra y una silla. Un armario entreabierto reposaba contra la pared. Rodeé la cama hasta una mesita de noche cubierta con un cristal que aprisionaba estampas de antepasados, recordatorios de funerales y billetes de lotería. Encima de la mesita había una caja de música de madera labrada y un reloj de bolsillo congelado para siempre a las cinco y veinte. Intenté dar cuerda a la caja de música, pero la melodía se trabó después de seis notas. Abrí el cajón de la mesita de noche. Encontré un estuche de gafas vacío, un cortaúñas, un frasco de petaca y una medalla de la virgen de Lourdes. Nada más.