Esther Weiss se levantó y apagó el televisor. Luego se dirigió a la ventana. Los estores repiquetearon al ser alzados. La luz inundó la habitación y Simon Winter parpadeó. La joven vacilaba junto a la ventana, como si intentase recuperarse.
Se volvió hacia él. Vestía unos vaqueros y una camisa holgada de algodón. Su melena rizada caía sobre sus hombros, enmarcando la cara.
– ¿Sabía usted que Sophie era una mujer excepcional, señor Winter?
Simon sintió un nudo en la garganta y negó con la cabeza.
– Era una mujer extraordinaria. No se puede cuantificar la valentía, la perseverancia, la dedicación, las ganas de vivir: todas estas cosas que son sólo palabras, señor Winter. Las palabras que describen conceptos que parecen lejanos y perdidos en la sociedad actual. Todos los supervivientes tienen algo de ellas en algún grado, pero Sophie destacaba especialmente entre un grupo de gente ya especial, señor Winter. ¿Sabía esto de su vecina?
Él negó con la cabeza de nuevo.
Weiss continuó:
– Todo esto es extrañamente engañoso. Parecía solamente una viejecita. Un poco aturdida, tal vez. Un poco loca, quizá. -Miró a Winter-. La típica abuelita judía. Sopa de pollo y quejándose de esto y aquello, ¿verdad?
Él no respondió.
– Eso es lo que usted pensaba, ¿no?
Él asintió con la cabeza lentamente.
– Pues bien, usted estaba muy equivocado -dijo. La mujer le miró con dureza-. Maldita sea, completamente equivocado.
Esther se restregó los ojos para evitar que las lágrimas se derramaran. Inspiró hondo.
– Esto era sólo el principio, ¿sabe?, para romper un poco el hielo y poder hablar. Teníamos grandes esperanzas. Pero su vecina sólo pudo completar otro vídeo antes de ser… -Calló abruptamente-. Maldita sea, asesinada.
Simon permaneció en silencio.
– Es totalmente injusto. ¿Qué clase de mundo es éste, señor Winter? ¿Es que no hay justicia en absoluto?
Él no respondió, porque la entendía; además, ¿qué iba a decir? Ella tenía razón.
– ¿Comentó algo acerca de su época en Berlín, antes de que la deportasen? -preguntó por fin.
La joven consultó unas notas. Cuando alzó la vista, Simon vio que sus ojos buscaban en su antebrazo. Buscaba un tatuaje.
– ¿Qué exactamente? Usted no es un superviviente, ¿no, señor Winter?
– No -dijo, y al instante pensó que de alguna manera era una respuesta equivocada-. Fui policía.
– ¿Y por qué le interesa la historia de Sophie ahora?
– Por algo que ella dijo horas antes de su asesinato. Sobre un hombre que la había entregado.
– U-boot, submarinos alemanes -dijo Weiss.
– ¿Perdón?
– U-boot. Era uno de los apodos que usaba la gente que intentaba esconderse, porque estaban bajo la superficie. Era una vida muy difícil. Le prestaré algunos libros sobre lo que intentaban conseguir. Excepcional, sin duda. Esconderse de un estado policial dedicado a tu completa destrucción. Creo que en la Historia ha habido poca gente capaz de demostrar este tipo de creatividad, recursos, valentía, no sé… Fueron personas extraordinarias, y muy pocas sobrevivieron para contarnos sus historias. Por eso estábamos todos tan emocionados cuando Sophie acudió a nosotros y empezó a grabar vídeos. No creo que entendamos realmente hoy día la clase de valor que esta gente tuvo, sin que ellos nos den su testimonio de primera mano. ¿Y la vida que sufrieron? Hambruna. Miedo. Siempre miedo. No podían estar más de unos días en cada sitio. Tenían que trasladarse, frecuentando lugares de los que no podían salir. Cuando podían, sobornaban a la gente. Normalmente con joyas. Si tenían alguna moneda de oro, mucho mejor. Algunas veces incluso podían sobornar a los cazadores y tal vez conseguían unos días más de sufrimiento, antes de ser capturados y ser enviados a la muerte.
– Eso es lo que he sabido.
– ¿Con quién ha hablado usted?
– Con el rabino Chaim Rubinstein. Con la señora Kroner y el señor Silver.
– Los conozco. Eran U-boots, como Sophie. -La joven dudó y movió levemente la cabeza-. Los cazadores eran judíos utilizados por la Gestapo para cazar a otros judíos. En una sociedad que parecía alimentarse de ironía y traición en cantidades iguales, ellos fueron tal vez los más… No sé… ¿qué? ¿Moralmente únicos?
Hizo una pausa y Winter respiró hondo. Ella desvió la vista hacia la ventana, siguiendo con la mirada el haz de luz que se extendía por la habitación.
– ¿Cree que alguien así va a parar a algún lugar especial del infierno, señor Winter?
Él no respondió, aunque pensó que tenía una buena respuesta. Por el contrario, empezó a preguntar:
– ¿Alguna vez describió…?
– Es un tema muy importante, señor Winter. Es una especie de canibalismo moral. Traicionar a tu propia gente y entregarla a monstruos para salvar tu vida. Durante años han visitado nuestro centro importantes estudiosos para estudiar esas cintas.
Esther lo miró.
– Ella grabó otro vídeo. Se lo mostraré.
Fue a una estantería y empezó a buscar entre las cintas. Comprobó un par de veces uno de ellos con una lista.
– Aquí lo tiene -dijo-. ¿Quiere que corra las cortinas?
El negó con la cabeza. De alguna forma sentía que las pesadillas que contenían aquellas cintas estaban más seguras a la brillante luz diurna. Ella puso la cinta en el aparato de vídeo.
Sophie Millstein apareció de nuevo en la pantalla. Esta vez llevaba un vestido menos formal, uno de flores estampadas que Winter reconoció. Un par de barras de interferencias cruzaron la pantalla y los movimientos de Sophie Millstein fueron sacudidos por la velocidad de la cinta mientras la joven la avanzaba hasta el punto en que comenzaba la conversación.
– Creo que es aquí… -dijo. Apretó un botón y la voz de la anciana resonó en la habitación.
La voz en off preguntó:
– Sophie, ¿cómo los capturaron?
La señora Millstein se tapó la boca con la mano, como si quisiera evitar que las palabras salieran de su boca. Luego se irguió en la silla con rigidez, como un testigo en un juicio, y habló:
– Recuerdo que fue la única vez que vi a Hansi asustado, porque él llegó a casa aquel día diciendo que le parecía que alguien le había visto. No estaba seguro, ¿sabe?, la gente cambiaba mucho en aquellos años. Podías mirar a alguien que conocías de toda la vida y no reconocerle. La guerra hizo esto. Y el hambre y las bombas de los Aliados todo el tiempo. Pero Hansi estaba preocupado. No obstante, el día siguiente salió a buscar trabajo. Teníamos que comer y no había elección, además era posible que Herr Guttman de la imprenta le diese un poco de pan a cambio de un día de trabajo, y el pan era muy importante. Entonces salió. Regresó mucho después de anochecer, eludiendo a los guardias nocturnos del toque de queda, que era algo que no había hecho nunca, porque si le hubiesen capturado sin papeles, todo habría terminado, e incluso si ellos hubiesen visto sus documentos todo habría terminado igualmente. Llegó asustado de nuevo, y habló en privado con papá, que no permitió que mamá y yo escuchásemos. Papá fue al abrigo donde guardábamos todo nuestro dinero cosido en el forro y volvió con un anillo que entregó a Hansi. Un anillo de oro. El anillo de boda de papá. Hansi lo cogió y volvió a salir por la trampilla del sótano. Regresó al cabo de unos minutos y le dijo a papá que todo iba a ir bien, pero tal vez sólo por unos días, y entonces hablaron de trasladarnos. Yo no quería irme. El sótano era cálido y muy seguro durante los bombardeos aéreos. Tal vez por esta razón no nos trasladamos a tiempo. Ellos vinieron dos días después. La Gestapo llamó a la puerta y nos sacó fuera. Recuerdo a la pobre Frau Wattner de pie con un soldado a cada lado. Parecía tan asustada… Ella decía: ¡Pero yo no sé, no sé, yo pensaba que sólo eran Bombengeschädigte! ¡Se giró hacia papá y le escupió en la cara! Schweinjude!, dijo, y aunque todos sabíamos que para salvarse tenía que decirlo, aun así, la palabra hirió. Nos metieron en un coche; miré hacia atrás y vi que los soldados lanzaban a la pobre Frau Wattner contra la pared de la casa. Papá me hizo volver la cabeza, pero oí el ruido de la metralleta y, cuando miré otra vez atrás, ya no la vi…