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– Exacto. Tiene que ser también un superviviente.

– Pues empezaré por ahí. Y ustedes también. Estará ahí fuera, en una sinagoga, o en el Memorial del Holocausto, o en una reunión de una comunidad de propietarios, como el señor Stein. Tiene que haber nombres, listas de nombres. De organizaciones y reuniones. Empezaremos por ahí.

– Sí, sí, de acuerdo -dijo el rabino-. Puedo ponerme en contacto con otros rabinos.

– Estupendo. Eliminen a cualquiera que tenga menos de sesenta…

– Será mayor. ¿Por qué no lo fijamos en sesenta y cinco? ¿O sesenta y ocho?

– Sí, pero todos somos mayores, y sabemos que no todo el mundo lleva los años igual de bien. Hay quien parece más joven y quien parece más viejo. Creo que para cometer dos (quizá tres) asesinatos, la Sombra tendrá la fuerza y el aspecto de un hombre más joven. Tengámoslo presente.

– Como el hombre al que están juzgando en Israel -asintió el rabino-. Hoy volvió a salir en los periódicos.

Simon recordó rápidamente la fotografía de un hombre acusado de haber sido guardia en un campo de la muerte. Había salido en los noticiarios de televisión y los periódicos. Era un hombre corpulento, panzudo, ancho de hombros y con unos brazos como columnas. Se estaba quedando calvo, y tenía un aire violento que resultaba inquietante. Flanqueado por un par de policías, siempre llevaba un mono de recluso, pero no poseía ni la actitud ni el aspecto de un recluso.

– ¿Ha visto a este hombre, a este Iván el Terrible? -preguntó el rabino, y Winter asintió-. ¿Verdad que se nota que no lo han quebrantado nunca? ¿Que no lo han aplastado? ¿Que no lo han apaleado ni matado de hambre? No ocurre exactamente lo mismo con nosotros, ¿verdad?

– No lo sigo.

– No es que los supervivientes seamos menos… No sé muy bien cómo decirlo, pero permítame que le sugiera algo, detective: un verdadero superviviente lleva una marca, tan seguro como que yo llevo este tatuaje.

Levantó el brazo y se subió la manga de la camisa.

– ¿Ve cómo se ha ido borrando con el tiempo? Pero sigue ahí, ¿no? Pues no somos diferentes por dentro. Tenemos una marca que se va desvaneciendo a medida que pasan los años. Pero sigue ahí, y jamás desaparecerá del todo. Puede verlo en los hombros caídos, o quizás en la mirada. Creo que nos pasa a todos.

– ¿Qué quiere decirme?

– Este hombre, Der Schattenmann, dirá una cosa. Pero será falso por dentro. Y si observamos con la atención suficiente, podremos verlo.

– Tiene razón -afirmó Frieda Kroner. Hubo una pausa y después prosiguió con la eficiencia de una secretaria-: Conozco todas las actividades de Irving. El club de bridge y las tertulias… Puedo conseguir las listas.

– Excelente. Y direcciones y descripciones, si puede obtenerlas. Recuerde el detalle. Cualquier pequeña cosa podría decirnos lo que necesitamos saber.

– ¿A qué se refiere con eso del detalle? -preguntó la mujer.

– Tiempo atrás fue berlinés. ¿Hablará con acento como usted, señora Kroner? Sólo es una posibilidad. Puede que no lo haga.

– Ya lo entiendo. Tiene sentido. Y mientras tanto, ¿cómo nos protegemos?

– Cambien su rutina. Si han estado yendo al supermercado a las tres de la tarde todos los miércoles los últimos diez años, no lo hagan más. Vayan a las ocho de la mañana. Empiecen a seguir rutas distintas. Si quieren ir a pasear al paseo marítimo entarimado, pueden hacerlo, pero giren y vayan dos manzanas en sentido contrario antes de volver. Si salen, llamen antes a su destino, avisen que van. Si siempre se desplazan en autobús, tomen un taxi. Encuentren a alguien que los acompañe. Muévanse en grupo. Viajen de forma imprevisible. Zigzagueen. Deténganse delante de escaparates y observen la gente que tienen detrás. Dense la vuelta de repente y miren la calle que acaban de recorrer. Estén atentos.

– Muy acertado -comentó el rabino.

– Puede intentar acercarse a ustedes como alguien familiar: un repartidor o un cartero. No se fíen de nadie. Aunque haga diez años que van a la misma tienda y que comen la misma carne en conserva, ahora deben hacer otra cosa. No confíen más en el dependiente, aunque sea el mismo que han visto todos los días desde que llegaron a South Beach. Piensen que nada es seguro. Cualquier cosa podría ocultar a la Sombra.

Frieda Kroner entrecerró los ojos al comprenderlo.

– ¿Nos permitirá esto seguir con vida? -quiso saber.

– Tal vez. Pero no hay nada que lo garantice. No lo garantiza una pistola ni un pitbull.

– Ni la policía -replicó la mujer con amargura.

– Tiene razón. La policía resuelve crímenes ya cometidos. Rara vez consigue impedir que se cometan.

– Podríamos irnos -sugirió el rabino-. ¿Tal vez dejar la ciudad?

– ¿Para siempre?

– No. Este es mi hogar ahora.

– Entonces, creo que es más acertado defenderlo.

– Sí. Si hace cincuenta o sesenta años hubiéramos pensado de esta forma, a lo mejor… No, no pensemos estas cosas. Pensemos en seguir con vida ahora. Hoy. Esta noche. Mañana.

Winter dudó antes de seguir al ver cómo la expresión del rabino retrocedía un momento en el tiempo, al observar cómo el recuerdo del mal marcaba cada línea y cada arruga alrededor de sus ojos, en su frente y en las comisuras de sus labios.

– Hay algo más -añadió Winter despacio. Vio cómo los ojos del rabino volvían lentamente de décadas atrás y llegaban al presente, donde recobraban su nerviosismo.

– ¿Qué más, señor Winter?

– Vamos a suponer que sabe quiénes son ustedes -contestó Winter en voz baja-. Y dónde viven. Y que ahora mismo está seguro de sí mismo porque no cree que nadie lo ande buscando. Y que en este momento puede estar planeando su siguiente ataque.

Frieda Kroner soltó un gritito ahogado. El rabino dio un paso atrás.

– ¿Usted cree, señor Winter? -preguntó con una nota de pánico en la voz.

– No lo sé, pero creo que hay que ponerse en lo peor.

– Pero ¿cómo podría saberlo? -quiso saber Frieda.

– Quizás el señor Silver se lo dijera.

– No. Seguro que no. Por muy grande que fuera el dolor. No.

– De acuerdo -asintió Winter-. Pero hay otra cosa que acabo de recordar.

– ¿Qué?

La idea lo hacía sentir indefenso, impotente y estúpido. Si Irving Silver estuviera ahora con ellos, se habría acordado de este detalle unos días antes. De repente, se vio de pie junto al joven inspector negro en medio de la tensión y las voces que había en la escena del crimen mientras los de la policía científica trabajaban en el apartamento de Sophie Millstein. Recordó su propio dedo al señalar el teléfono y las palabras que había dicho al inspector.

– La noche que mataron a la señora Millstein, observé que en su casa faltaba su agenda -explicó.

– ¿Qué?

– Su libreta de teléfonos y direcciones. No estaba en su sitio habitual. Había desaparecido.

– Y cree que Der Scbattenmann…

– Si la vio, podría habérsela llevado. Y ustedes dos estaban en ella, porque vi que la señora la abría para buscar sus números de teléfono.

– Pero no sabemos si… -empezó el rabino, y se detuvo en seco. Se balanceaba adelante y atrás con una ligera sonrisa en los labios-. Esto es como una partida de ajedrez, ¿no es así, detective?

– En cierto sentido, sí.

– Él ha hecho movimientos. Ha controlado el tablero. Es como si nosotros no hubiéramos sido capaces de ver cómo sus piezas se movían de una casilla a otra. Pero ahora tal vez nos toque mover a nosotros. Somos tres y nos quedan algunos trucos, ¿no cree?

– Sí -respondió Winter.

– No tengo miedo -dijo el rabino a la mujer-. Da igual lo que suceda, no puedo tener miedo. No creo que Irving lo tuviera tampoco, cuando fue a por él. Y no creo que tú vayas a tenerlo. ¿Acaso no hemos visto ya lo peor que puede engendrar el mundo? ¿Hay algo más aterrador que Auschwitz?