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– Adelante -dijo.

Había un sombrero de paja. Simon lo levantó y le dio la vuelta. Vio las iniciales I. S. marcadas en la badana. Se lo señaló a Robinson y éste metió el sombrero en la bolsa para pruebas. Luego, recogió una camisa floreada de poliéster; las flores eran verdes y azules, y estaban entrelazadas de modo que configuraban un estampado de formas y colores abigarrados. Empezó a examinar despacio la tela con la mirada, a la vez que la palpaba entre dos dedos, hasta que llegó al cuello, y ahí se detuvo. Notó que el corazón se le aceleraba y se mareó un momento.

– Aquí -indicó casi en un susurro.

Robinson se inclinó hacia él y tocó la tela donde Winter señalaba. Levantó la camisa y la sostuvo contra la tenue luz con los ojos entornados para examinar la textura. El inspector asintió y soltó el aliento en un largo siseo.

– Quizá -comentó-. Creo que puede tener razón.

Winter se levantó y observó el mar. Cada ola parecía alargarse para capturar un trozo de noche y lanzar después la oscuridad a la orilla.

– Es sangre -dijo Winter-. La sangre de Irving Silver.

– No hay mucha -indicó Robinson despacio-. Puede que sólo sea que se cortó al afeitarse. -Se volvió hacia el técnico de la científica-. Recójalo todo con mucho cuidado. -Luego hizo un gesto a los uniformados y ordenó-: Precintad toda esta zona. Podría ser la escena de un crimen.

Simon contempló el océano un momento, sintiendo cómo la brisa marina empezaba a menguar para ceder su lugar a la sofocante noche estival.

– No está aquí -anunció en voz baja.

– ¿Quién? -preguntó Robinson.

– Irving Silver. -Extendió una mano hacia el océano-. Es lo que tiene que parecer. Que se ahogó allí y desapareció. Que se lo tragó el mar. Pero no.

– ¿Dónde está entonces? -quiso saber el inspector.

– En otro sitio, lejos y perdido. Puede que en los Everglades.

– El cadáver en un sitio ¿y la ropa aquí?

– Exacto.

Robinson silbó por lo bajo y fijó también la vista en el océano.

– Sería ingenioso. Nos jodería de verdad. -Vaciló un instante y añadió-: Creo que puede tener razón.

Winter lo miró.

– Dijo que iba a ir a buscarme -soltó-. ¿Por qué?

– Porque últimamente ha empezado a interesarme la historia -respondió Robinson.

16 El gallina de la sala

Había un teléfono de pago frente al puesto de enfermería del pabellón penitenciario del hospital Jackson Memorial, y Espy Martínez se detuvo ante él. Marcó deprisa el número del departamento de Homicidios de Miami Beach. Por tercera vez esa tarde, tuvo que dejar un mensaje para Walter Robinson. Colgó el auricular con un movimiento brusco de la muñeca. Luego inspiró hondo y observó el pasillo que conducía a la habitación de Leroy Jefferson.

Se preguntó si estaba cerca de la verdad o a punto de perderla de vista. A continuación, recorrió el pasillo escuchando el repiqueteo de sus tacones en el suelo de linóleo encerado. Había alguien llorando en una de las habitaciones frente a las que pasó, pero no pudo ver quién era. Los sollozos parecían seguir el ritmo de sus pasos rápidos pasillo abajo.

El guardia de prisiones que vigilaba la reja metálica era mayor. Lo había visto muchas veces en las salas de justicia; tenía una mata de pelo gris que llevaba cortada al uno, y unos antebrazos adornados con tatuajes intrincados. Al verla acercarse, le dirigió un breve saludo con la mano y una sonrisa torcida.

– Hola, Mike -dijo ella-. Me imagino que esto será más fácil que transportar gente de la cárcel al Palacio de Justicia, y viceversa.

– Bueno -contestó el guardia-, lo único que tengo que hacer aquí es procurar no pillar nada y sentarme a leer el periódico.

– ¿Alguna buena noticia?

– Nunca la hay.

– ¿Se encuentra bien?

– Perfectamente.

– Pues me da la impresión que le va bien el turno.

– Ya lo creo, señorita Martínez.

– ¿Está Alter dentro?

– Desde hace un par de minutos. Entró con el médico.

Cuando empezaba a firmar en una hoja de registro sujeta a una tablilla, el guardia susurró:

– Creo que hoy el pobre Leroy está teniendo problemas con el dolor, ¿sabe, letrada? Se ha pasado toda la mañana tocando el timbre para llamar a la enfermera. Puede que el disparo que le pegó en la pierna y el hecho de no poder tomar crack le haya puesto un poco tenso. No sé si me entiende, señorita Martínez.

– Ajá -asintió ésta con la cabeza.

– Quiero decir que a lo mejor hoy está algo vulnerable -prosiguió el guardia con una sonrisa enorme-. Podría presionarlo un poquito si tiene ocasión, ¿sabe a qué me refiero?

Espy consiguió sonreír, a pesar de tener la sensación de que la presionada iba a ser ella y no Leroy Jefferson. Se llevó la mano a la sien para efectuar un saludo militar. Pensó que los guardias de prisiones lo sabían todo y tenían la extraordinaria habilidad de notar la dirección en que soplaba cualquier viento que recorriera el sistema de justicia.

Cuando iba a entrar en la habitación del hospital, oyó unas arcadas, seguidas de un largo y quejumbroso «jooooder». Adoptó una expresión irónica, burlona e inquisitiva, y cruzó la puerta. Miró de inmediato a Jefferson, que seguía con la pierna inmovilizada en tracción, y vio que se esforzaba por incorporarse en la cama.

Una vez que lo consiguió, se volvió hacia ella y se secó los labios con el dorso de la mano.

– ¿No nos encontramos bien, señor Jefferson? -preguntó al observar que el acusado tenía la frente sudada.

Jefferson frunció el ceño, se inclinó hacia delante y escupió a una papelera que había junto a la cama.

– La puta que me disparó se interesa por mi salud -masculló.

– Está bien -terció Thomas Alter tras levantarse de una silla plegable-. ¿Verdad, doctor?

Había un médico joven de pie junto a Jefferson.

– Las molestias son normales.

– Y una mierda, normales -se quejó Jefferson-. Quiero otra inyección.

El médico echó un vistazo a su reloj y después a los datos clínicos del paciente, y negó con la cabeza.

– No hasta dentro de una hora y media o dos -dijo con frialdad.

Martínez vio una oleada de dolor y náuseas reflejada en el rostro de Jefferson. Éste empezó a inclinarse hacia la papelera, pero Consiguió contenerse y se dejó caer de nuevo hacia atrás, como exhausto.

– No me queda nada dentro -murmuró.

El catéter que tenía en el antebrazo desde un gotero vibró. Espy apartó la mirada un momento y observó lo austera que era la habitación. Paredes blancas; una gruesa cortina en una ventana sucia, de modo que la luz del sol parecía borrosa al colarse en la habitación; una cama individual y una mesilla de noche; un vaso y una jarra de plástico para el agua. Tan lúgubre como la celda de la cárcel que lo esperaba a una manzana de distancia.

Alter miró irritado al joven médico, que dejó la tablilla del paciente a los pies de su cama.

– Tendrían que darle algo -sugirió.

El médico alzó los ojos.

– Usted es el abogado, ¿verdad?

– Así es.

– Pues cíñase a las leyes -dijo en voz baja, y se dirigió a Espy-: Mi cuñado es policía. -Señaló con el dedo a Jefferson-. Está bien. La pierna le duele muchísimo y tiene síndrome de abstinencia. Así que se encuentra muy mal, y cada vez que se mueve hacia la papelera, debe sentirse como si alguien le hurgara la rodilla con un cuchillo. Pero no es algo que vaya a matarlo. Es sólo que no le hace feliz. Pero mi trabajo no consiste exactamente en hacerlo feliz, sino en mantenerlo con vida.

Y salió de la habitación.

Leroy Jefferson había cerrado los puños.

– Por su culpa jamás volveré a andar bien -le espetó a Martínez.

– Se me parte el alma -contestó ella sacudiendo la cabeza-. Te ordené que te detuvieras. Y tú me disparaste. Jódete.