– ¿Quién soy, señor Jefferson?
Él negó con la cabeza en la oscuridad.
– ¡Por favor, no me pregunte eso! ¡No sé quién es usted!
Una vez más, la voz emitió una risita ronca en la densa atmósfera de la habitación. Parecía provenir de varios sitios al mismo tiempo, y Leroy giró la cabeza a un lado y a otro, intentando distinguir dónde se encontraba el hombre. De nuevo le entraron ganas de gritar, pero no serviría de nada. Se sentía confuso y muy asustado. Apenas entendía lo que le preguntaba aquel hombre, utilizaba un lenguaje que superaba su experiencia. Pero claro, lo mismo sucedía con el dolor de la pierna, que palpitaba y lo acuciaba, a la par que los latidos de su corazón y el miedo que lo embargaba.
– Está bien -dijo el hombre.
Continuó moviéndose de un lado al otro, deteniéndose a veces detrás de la silla de ruedas. Leroy se giraba nervioso.
– Vamos a hablar de su acuerdo con el estado de Florida. ¿Qué clase de acuerdo es, señor Jefferson?
– Tengo que contarles lo que sé sobre varios delitos.
– Bien. Muy útil. ¿Qué delitos, señor Jefferson?
– Allanamientos, robos. En Miami Beach se cometen muchos.
– Bien. Continúe.
– ¡Eso es todo! Un montón de delitos menores, unos cuantos robos, ya le digo. Puede que también delatar a algún que otro traficante de coca, eso es lo que quieren de mí.
La voz pasó por detrás de él.
– No, eso no tiene mucho sentido, señor Jefferson.
– Le estoy diciendo la verdad…
El hombre lanzó una carcajada.
– Me insulta usted, señor Jefferson. Insulta a la verdad.
De pronto sintió la presión del cuchillo contra la mejilla y le entraron ganas de chillar. Pero el hombre le susurró al oído:
– No grite. Ni chille. No haga nada que pueda incitarme a poner fin a esto.
Leroy se tragó el terror y afirmó con la cabeza.
Transcurrió un segundo antes de que el hombre volviera a hablar.
– ¿Es usted muy fuerte, señor Jefferson? Recuerde, no grite. Lo recuerda, ¿verdad?
Leroy asintió.
– Bien -repuso el hombre. Y acto seguido le pasó la punta del cuchillo por la mejilla abriendo un profundo surco en la piel.
Leroy se mordió el labio con fuerza para no gritar. Por la comisura se le coló el sabor salado de la sangre.
– No me mienta, señor Jefferson. Desprecio profundamente que me mientan.
La voz no elevó el tono en ningún momento, permaneció grave y fría.
Jefferson pensó que debería decir algo, pero estaba absorto en la hoja del cuchillo, que le hacía cosquillas en la otra mejilla.
– Uno siempre debería emplear su rabia de modo constructivo, señor Jefferson.
La punta del cuchillo se le hundió de nuevo en la piel y fue atravesando la mejilla lentamente, separando la carne. El dolor se multiplicó, y por un instante creyó que iba a desmayarse.
El hombre suspiró y se situó a un costado de la silla de ruedas. Durante un momento su perfil quedó recortado por un débil haz de luz aleatorio. Su cabello blanco brilló, casi como si fuera eléctrico.
– Existe una gran diferencia entre ser viejo y ser una persona con experiencia, señor Jefferson. -El hombre se inclinó sobre él-. Ahora recapacite sobre lo que ha ocurrido. He tenido mucha paciencia con usted. No le estoy pidiendo algo que no pueda darme. Lo único que exijo es un poco de información sincera.
– Lo estoy intentando, por favor, lo estoy intentando…
– A mí no me parece que lo esté intentando con suficiente ahínco, señor Jefferson.
– Lo haré. Se lo prometo.
– ¿Quién está informado acerca de Der Schattenmann, señor Jefferson?
– Por favor, no conozco ese nombre.
– ¿Quién lo está buscando? ¿Es la policía, señor Jefferson? ¿O esa fiscal joven y atractiva? A los viejos ya los conozco; ¿pero quién más? ¿Cómo es que usted está implicado en todo esto? ¿Me vio aquella noche, señor Jefferson? Quiero saberlo, y quiero saberlo ahora. No son preguntas irrazonables, pero aun así usted persiste en eludirlas. Debido a eso, me ha obligado a hacerle un par de cicatrices, una en cada mejilla. Las heridas se le curarán, pero las cicatrices quedarán ahí para recordarle los males de la obstinación. Y también me ha obligado a pincharle en la rodilla herida. ¿Acaso cree que no podría destrozársela del todo, señor Jefferson? Quizá podría empezar a hurgar con la hoja del cuchillo en todas esas suturas que están curándose. ¿Qué sensación le produciría eso?
– Por favor, estoy intentando ayudar…
– ¿De veras, señor Jefferson? No me siento impresionado. El señor Silver no mintió cuando hablé con él en circunstancias similares, aunque yo no definiría su comportamiento como totalmente extrovertido. Pero es que tenía amigos a los que deseaba proteger, de manera que su actitud reacia era comprensible. Igual que su muerte. Y el señor Stein, bueno, ésa fue una entrevista condenada al fracaso desde el principio, desde el instante mismo en que me vio, igual que con la señora Millstein. Eran personas a las que yo ya conocía, señor Jefferson, personas a las que conocía desde hacía décadas, desde que era más joven que usted. Y murieron, señor Jefferson, igual que siempre. En silencio y obedientemente.
– No sé qué está diciendo. Por favor, suélteme.
– A ellos les hice la misma pregunta, señor Jefferson. Y sabían la respuesta.
– Lo siento. Por favor, lo siento…
– ¿Quién soy, señor Jefferson?
Sollozó una vez más, con la voz apagada a causa del dolor y del miedo. No contestó. Al cabo de un momento oyó a su espalda:
– Tengo más preguntas. Verá, señor Jefferson, sé que, habiendo disparado a un policía, el estado de Florida no estaría dispuesto a proponerle ningún acuerdo a no ser que hubiera una persona realmente especial a la que estuvieran buscando. Alguien que importara de verdad, lo suficiente para empujarlos a hacer algo que seguramente les resulta sumamente desagradable y repugnante. Es decir: dejarlo a usted en libertad. Una tarea antipática, la verdad, dejar libre a un drogadicto que ha estado a punto de asesinar a un policía. Debe de ser un mal trago para cualquier policía y fiscal. Así que me da en la nariz que no va a ayudarlos para resolver unos cuantos delitos insignificantes. No, seguro que se trata de alguien mucho más importante, ¿no es así?
– Por favor.
– Mucho más importante, ¿correcto?
– ¡Sí, lo que usted diga!
– Y ese alguien, naturalmente, soy yo. He sido yo siempre, pero ellos no lo sabían.
El hombre pareció hacer una inspiración profunda.
– Y bien, señor Jefferson, ahora quiero la verdad. ¿Sabe?, nadie ha conseguido nunca rechazarme, en todos los años que llevo haciendo preguntas. Nadie al que haya preguntado, ¡nadie!, ha dejado de contestarme. Un récord notable, ¿no le parece? Siempre me ha resultado muy fácil. La gente es muy vulnerable. Quieren vivir, y cuando uno puede quitarles eso, tiene en sus manos todo el poder que necesita. ¿Sabe una cosa, señor Jefferson? Siempre me han contestado. En aquella época, a altas horas de la noche. A lo lejos se oían las sirenas de los ataques aéreos y las calles eran bombardeadas. Una ciudad de muerte. No se diferenciaba tanto del barrio en el que vive usted, lo cual resulta curioso e interesante, ¿no cree? Lo lejos que hemos llegado, y en cambio no ha sido tanto, ¿verdad? Sea como sea, señor Jefferson, siempre me han dicho lo que yo quería saber. ¿Dónde estaba el dinero? ¿Y las joyas? ¿Y dónde estaban sus parientes? ¿Y sus vecinos? ¿Y sus amigos? ¿Dónde estaban escondidos los demás? Siempre me dijeron algo que yo necesitaba saber, y eso que eran personas inteligentes, señor Jefferson. Más inteligentes que usted. Cultas. Con recursos. Pero yo las atrapé, igual que lo he atrapado a usted. Y me dijeron lo que yo quería, igual que va a hacer usted.