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Simon Winter exhaló el aire despacio. Afirmó con la cabeza para sí. «Eso es lo que hace que te sientas seguro. Sabes que la policía opera en un mundo circunscrito por la rutina.» Se acordó de la famosa frase de Claude Rains en la película Casablanca: «Examina a los sospechosos habituales.» «Pero a ti jamás te atraparían en ese corral, ¿verdad? Porque tú no encajas en lo que nos han enseñado que debemos buscar. Leroy Jefferson sí que encajaba, y por eso al detective Robinson le fue tan fácil encontrarlo. Pero tú no eres un drogadicto de los bajos fondos podrido por el crack, ¿verdad que no?»

Apoyó el cuaderno sobre el reposabrazos del sillón. Se preguntó si Walter Robinson habría conseguido que preparasen el retrato robot. De pronto lo invadió el deseo de ver al hombre del que había estado tan cerca y durante tan pocos segundos en la oscuridad de su apartamento. «Estoy empezando a entenderte, Sombra -susurró para sus adentros-. Y cuanto más te entiendo, más luz arrojo sobre tu sombra.»

Miró los libros esparcidos a su alrededor y de pronto se le ocurrió una idea. «Estoy buscando en el sitio que no es -pensó-. Estoy preguntando a quien no debo preguntar. El rabino, Frieda Kroner, Esther y el Centro del Holocausto, todos los historiadores… Me estoy equivocando de gente. De lo único que saben ellos es del miedo y la amenaza que creó el hombre llamado la Sombra. He de encontrar a uno de los hombres que ayudaron a crearlo a él.»

Simon Winter tomó un libro del montón que tenía al lado, titulado: Enciclopedia del Tercer Reich. Pasó las páginas rápidamente hasta que encontró un organigrama. Anotó varios números y denominaciones en su hoja de notas y después aspiró profundamente.

«Dudo que resulte -pensó-. Pero en situaciones más difíciles me he visto. Y además es algo que tú no te esperas, ¿verdad?»

Recogió sus cosas y se levantó. Justo al salir de la biblioteca había una fila de teléfonos, y repitió el número de Esther Weiss en el Centro del Holocausto y también los de los historiadores con los que había hablado. Por un instante vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana de la puerta principal de la biblioteca y se dio cuenta de que había movido los labios mientras llevaba a cabo aquella conversación unilateral. Aquello le hizo gracia. Las personas mayores siempre están hablando consigo mismas, porque no las escucha nadie más. Forma parte de la inofensiva locura que conlleva la edad. A veces hablan con los hijos ausentes, o con amistades que han perdido hace tiempo, o con hermanos desaparecidos. En ocasiones conversan con Dios. A menudo charlan animadamente con fantasmas. «Yo -pensó Simon sonriendo para sí- hablo con un asesino oculto.»

Walter Robinson también se sentía frustrado.

El retrato robot de la Sombra le devolvió la mirada desde su mesa de trabajo. El dibujante había trazado el rostro con una sonrisa leve, casi burlona, que irritaba al detective. No era el dibujo en sí, sino la sonrisa, porque hablaba de anonimato y de un carácter esquivo.

Había empezado a ejecutar varias operaciones rutinarias de detección, las típicas tareas que suelen realizar los policías y que suelen obtener cierto éxito. Pero hasta el momento sus esfuerzos habían resultado infructuosos. Había enviado por fax la huella parcial del dedo pulgar tomada del cuello de Sophie Millstein al laboratorio del FBI en Maryland, para ver si el ordenador era capaz de encontrar alguna coincidencia. El matrimonio entre la tecnología de huellas dactilares y los ordenadores se ha desarrollado con lentitud. Durante años, los emparejamientos los realizó el ojo humano, lo cual, naturalmente, requería que el policía que buscaba una coincidencia supiera quién era su sospechoso para que el técnico pudiera comparar la huella encontrada en la escena del crimen con un ejemplar tomado como Dios manda. Sólo en los últimos años se ha creado una tecnología informática que permite introducir una huella desconocida en una máquina y extraer una identidad de los millones de huellas archivadas. El ordenador del condado de Dade, una versión en pequeño del que utilizaba el FBI, ya había fracasado. Robinson no abrigaba muchas esperanzas de que el Bureau aportara algo distinto. Y debido a la inmensidad de la muestra del FBI, el examen de la misma llevaría más de una semana, y no sabía si disponía de ese tiempo.

Pasó varias horas irritantes en el ordenador buscando en los datos algún indicio de la Sombra. Había dos entradas con la palabra «sombra» en «apodos conocidos», pero una de ellas correspondía a un asesino a sueldo hispano, al que se suponía muerto víctima del habitual ajuste de cuentas entre narcotraficantes, y la otra se refería a un violador que trabajaba en la zona de Pensacola y cuyo mote se lo había puesto el periódico local. Probó con diversas variantes, pero sin éxito. Incluso tuvo la ingeniosa idea de repasar las listas de contribuyentes usando el apellido alemán Schattenmann, pero resultó un callejón sin salida.

Intentó entrar en la base nacional de datos informáticos de delincuentes con palabras clave tales como «Holocausto» y «judío», pero la primera no dio resultado alguno y la segunda produjo una larguísima lista de profanaciones de sinagogas y cementerios, también enumeradas como «crímenes por odio».

Probó con la palabra «Berlín» y obtuvo el mismo éxito. Sus esfuerzos con «Auschwitz» y «Gestapo» resultaron inútiles.

En realidad no había esperado conseguir nada, pero cada vez que el ordenador le devolvía la respuesta «no hay datos» su frustración se renovaba.

También volvió a entrar en el archivo de casos cerrados de la policía de Miami Beach, preguntándose si habría algún indicio de la Sombra en casos antiguos, pero de momento no había encontrado nada. En efecto, había muertes de judíos sin resolver, y probablemente algunos de ellos fueran supervivientes del Holocausto, pero si procedían de Berlín y cómo y dónde habían sobrevivido al Holocausto no eran detalles que se hallaran indicados en los archivos. Rastrear casos que databan de cinco, diez o quizá veinte años llevaría días. Sostuvo los archivos en sus manos y pensó para sí que seguramente uno, dos, acaso más, podrían ser obra de la Sombra. Por un instante pensó en los hombres y mujeres que la Sombra había atrapado en la Alemania en guerra, y comprendió que los casos que tenía en las manos los tenía tan perdidos como aquellos asesinatos.

Aquella idea lo hizo jurar en voz alta, un torrente de obscenidades que nadie oyó.

Robinson se levantó de su asiento y se paseó entre las mesas de la oficina de Homicidios con la intensidad de un felino salvaje recién capturado, esperando que el movimiento lograra liberar una idea que lo condujera a un derrotero electrónico provechoso. Todo policía tiene en mente esos recuerdos salientes, como el caso del Hijo de Sam de Nueva York, que se resolvió cuando alguien por fin examinó todos los vales de aparcamiento emitidos cerca de una de las escenas del crimen. Fue de un extremo de la sala al otro, y se detuvo una sola vez en la ventana a contemplar la ciudad, que humeaba al sol del mediodía. Después regresó a su mesa, tomó el retrato robot y, sosteniéndolo frente a él, continuó paseándose.

Levantó la vista sólo cuando oyó una voz que le preguntaba:

– ¿Es nuestro hombre?

Era Simon Winter. Robinson afirmó con la cabeza, se acercó y le entregó el dibujo. Winter lo observó atentamente. Sus ojos parecían absorber cada detalle para grabarlo en la memoria. A continuación sonrió sin humor.

– Encantado de conocerte, bastardo. -Y pensó: «Así que tú eres el hombre que ha intentado matarme.»

– Ahora -dijo Robinson-, sólo nos falta ponerle un nombre.