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– Correcto. Imagino que es la denominación militar del Departamento de Investigación Judío. Ahí es donde trabajaban los cazadores. Ahí es donde nuestro hombre se formó y descubrió su vocación. También he hecho un par de llamadas, al Centro del Holocausto y a uno o dos historiadores. Me han ayudado mucho. Ahora necesitamos encontrar a alguien en Alemania que posea una lista de los hombres que trabajaban en esa sección. Si queda alguien con vida, recordará a la Sombra, y puede que hasta sepa cómo se llama. El nombre puede que haya cambiado, pero servirá para empezar.

Robinson sacudió la cabeza.

– ¿Crees que conservarán una lista de los cazadores que trabajaban para ellos?

– Puede ser. Te diré lo que he descubierto: durante la guerra los alemanes llevaban listas y registros de las cosas más absurdas. Crearon un mundo totalmente del revés, en el que las leyes protegían a los culpables y los delincuentes campaban a sus anchas por las calles. Y como era tan extraño, se volvieron devotos de la organización. Y organización significa papeleo. Sophie me lo dijo poco antes de ser asesinada, y yo no la escuché: «Incluso cuando iban a matarte, los nazis llevaban a cabo papeleo.» De modo que yo diría que en alguna parte hay una lista de los hombres que se encargaban de los cazadores. Todos los capitanes, tenientes y sargentos que manejaban el papeleo. Y ahora que ya no existe la Alemania del Este, hay muchos documentos que han quedado a la deriva por allí. Merece la pena intentarlo.

– ¿Pero cómo…?

– ¿Nunca has hecho una petición internacional de información?

– Pues sí, claro. Sobre aquel narcotraficante colombiano del que te hablé. Me puse en contacto con la policía de…

– Pues hagamos lo mismo en Alemania. Al mismo tiempo, nos pondremos en contacto con la oficina de Procesos Especiales del Departamento de Justicia. Cada cierto tiempo sale a la luz un antiguo nazi, y hay alguien que lleva su caso. Probablemente tienen un contacto con los alemanes.

– No sé, Simon. A mí me parece que deberíamos concentrarnos aquí.

– Aquí sólo estamos buscando una sombra. Allí hay alguien que conoce a ese hombre.

– Hace cincuenta años.

– Pero lo conoce, y eso nos resultará muy valioso cuando montemos la trampa.

– ¿Estás seguro? Podría ser que estuvieran todos muertos. O que no estuvieran dispuestos a hablar.

– Siempre es posible, pero si no lo intentamos…

– …no lo sabremos. Ya, te entiendo.

– Míralo de esta forma. Si fueras reportero del Herald y tuvieras una información de que la Sombra está aquí, ¿no harías esas llamadas?

– Probablemente.

– Bueno, pues nosotros también. Y contamos con más recursos. ¿Por qué no hacer que la señorita Martínez se valga de su cargo? Un fiscal impresionará a la policía alemana. Y recuerda que siempre están enviando esos malditos turistas alemanes aquí, a Miami Beach. Puede que estén deseosos de ayudar. -Simon Winter sonrió-. Tal como lo veo, cuando la Sombra caiga en nuestra trampa, el foco con que lo iluminaremos será bastante intenso para que no le quede ninguna escapatoria.

Walter Robinson se encogió de hombros y pensó que aquella idea era un imposible. Y luego, con la misma rapidez, pensó: ¿Y por qué no?

22 La llamada esperada

Espy Martínez telefoneaba sin pausa, con insistencia, no segura del todo de que fuera a encontrar lo que necesitaba, pero tampoco de que no fuera a encontrarlo.

Tal como habían sugerido Walter y Simon, había empezado por Procesos Especiales del Departamento de Justicia, sólo para descubrir que aquél era, en el mejor de los casos, un nombre inapropiado. Se había enterado de que Procesos Especiales era una pequeña oficina y que sus funcionarios ya no trabajaban a jornada completa. Era más bien una denominación asignada a todo fiscal al que le hubieran asignado un caso sobre un probable nazi. En otro tiempo había sido una oficina de verdad, pero ahora tenía un carácter muy secundario. A medida que pasaban los años iba apartándose de las oficinas principales y languideciendo con la misma erosión que el tiempo imponía a las personas a las que se pretendía detener. Había sólo dos casos en curso: el de un carnicero de Milwaukee que había sido guardia del campo de concentración de Treblinka, y el de un sacerdote de un monasterio de Minnesota que había sido miembro de un batallón de exterminio Einsatzgruppen de las SS en Polonia. Ambos casos habían sido derivados al Servicio de Inmigración y Naturalización, donde, según Espy pudo determinar, fueron archivados a la espera de la comodidad burocrática que la vejez trae con la muerte.

El Departamento de Estado había sido ligeramente de más ayuda; tras media docena de llamadas, cambiando de un despacho a otro, una secretaria le proporcionó el número del enlace policial en la Embajada de Estados Unidos en Bonn.

Había persistido, trabajando hasta bien entrada la noche, y finalmente la pusieron con un tipo de voz alegre y simpática que por casualidad era oriundo de Tallahasee y estaba encantado de hablar con alguien de su estado. El hombre le confirmó que las autoridades alemanas probablemente estarían dispuestas, pero no exactamente entusiasmadas, a ayudarla en su búsqueda… pero sólo después de que ella les proporcionara un nombre.

– Son nazis a los que estoy buscando -replicó ella.

– Sí, señora, lo comprendo. La policía de aquí está tomando medidas enérgicas contra toda clase de actividades neonazis.

– No me interesan los neonazis -dijo Espy, pensando que a lo mejor la distancia y lo tarde de la hora estaban dificultando la comprensión de lo que decía-. Se trata de nazis auténticos. Nazis originales, nazis de la Segunda Guerra Mundial.

– Oh. Bueno, puede que eso sea un problema.

– ¿Y por qué?

– Bueno, después de la guerra los Aliados, y a continuación las autoridades de la Alemania Occidental, acusaron a varios criminales de guerra, pero eran de los rangos superiores, los tipos que se encargaban de la teoría y la planificación. Los que llevaban las órdenes a la práctica, bueno, ésos fueron reasimilados en su mayoría.

– ¿Quiere decir que volvieron a sus actividades de antes de la guerra?

– Sí, señora. Eso fue lo que ocurrió mayormente. Verá, si hubieran intentado procesar a todos los que fueron nazis o trabajaron para ellos, o los ayudaron de un modo u otro, diablos, todavía hoy se estarían celebrando juicios. Claro que siempre hay excepciones. Los oficiales de los campos de concentración, las personas que tomaron parte en ejecuciones masivas. Pero no tengo noticia de que ninguno de esos casos haya sido llevado a juicio últimamente. Si consulta las leyes del Bundestag sobre esta cuestión, se encontrará con una maraña de amnistías, perdones y redefiniciones de qué crímenes eran qué cosa. Y después se topará con un montón de estatutos y limitaciones. Diablos, si hasta han votado un par de veces leyes distintas intentando definir qué es un asesinato en tiempo de guerra.

El hombre hizo una pausa y luego añadió:

– La memoria es algo muy curioso, señora. Por lo que parece, cuanto más nos alejamos de la guerra, menos personas quieren recordar. Y luego tiene a todos esos nuevos fascistas organizando manifestaciones por las calles contra los extranjeros, y cometiendo atracos e incluso asesinatos, y agitando esvásticas, y leyendo Mein Kampf. Están poniendo muy nerviosas a las autoridades.

– Pero las listas… los miembros, toda la documentación…

– Ya, en eso tiene razón, señora. En alguna parte existe una lista, probablemente una que contenga los nombres que le interesan a usted. Pero dar con ella, en fin, ahí radica el problema. Aquí cuentan con un enorme centro de documentación, pero aún están clasificándolos y catalogándolos. Y no es tarea sencilla, ahora que los rusos y los ex alemanes orientales están enviando millones de papeles. Si viniera por aquí y se mostrara muy insistente, supongo que encontraría a alguien que le encontraría lo que anda buscando. Obtenga los nombres, y después mis contactos policiales los encontrarán, si es que aún están vivos. Pero es un trabajo tremendo. ¿De cuánto tiempo dispone, señora?