– Allá los que lean el libro.Yo esculpo mujeres. Bálder se cruzó de brazos y se recostó en el marco de la puerta. Respiró hondo y concluyó:
– No me tienta.
– Pon otra disculpa.
– No esta noche.
Horacio asintió, satisfecho.
– Al fin una muestra de sensatez. Quizá te he subestimado, después de todo. Temí que me agredieras.
– No vemos las cosas de forma parecida y no me fio de ti. Eso es todo y no es motivo bastante. Lo de Pólux fue un descuido.
– Si ésa es la forma que tienes de descuidarte, cuando te esmeres debe de resultar horrible. Otra noche será. Beberé a tu salud. Hasta mañana.
Aquella noche, Camila no apareció. Bálder estuvo esperándola hasta la madrugada, hurgando en los recuerdosde la noche anterior y también, aunque menos, en lo que había hablado con Núbila y Horacio. En cierto momento pensó en ir a buscarla, pero admitió que sus posibilidades de dar con la habitación de Camila, a la que le habían llevado y de la que le habían traído más deprisa de lo que habría necesitado para memorizar el camino, eran casi nulas.Terminó durmiéndose, agotado y con una borrosa conciencia de desastre.
Los días siguientes transcurrieron sin acontecimientos. Almorzaba siempre con Núbila, y Horacio se mantuvo a distancia. Alio progresaba con aquellos que se lo permitían, entre los que se contaba imprevisiblemente Níccolo. Aulo repelía sus reclamaciones en cuanto al retraso de los suministros y aseveraba con enojo creciente que los recibiría tan pronto como los caminos estuvieran practicables. Por la tarde regresaba al palacio arzobispal con el andrógino, quien le refería los pequeños incidentes del día y escuchaba sin comentarios sus confidencias. Por la noche Bálder aguardaba a Camila y Camila no venía. Una madrugada intentó dar con su habitación, pero sólo consiguió extraviarse en el laberinto del palacio. Llegó a contemplar la idea de ir a visitar a Ennius sólo por verla, pero dos escollos le hicieron desistir: el primero, que no podría aclarar nada con ella allí. El segundo, que no tenía nada que hablar con Ennius.
Aquella tarde, mientras volvían hacia la ciudad, Núbila efectuó el inusual movimiento de interrogar a Bálder:
– ¿No ha vuelto a molestarte Horacio?
– Fue a verme hace cuatro o cinco noches. El día que nos asaltó durante la comida.
– Es raro que no insista.
– Le disuadí amablemente.
– No creas que se ha rendido. Sería la primera vez. Es una táctica, no sé cuál.
– ¿Te preocupa que pueda tener éxito? -inquirió Bálder, dubitativo.
– No exactamente. Creo que lo tendrá. Me preocupa que haya cambiado los planes.
– ¿Por qué?
– Olvídalo. En realidad no es asunto mío.
Por segunda vez desde que le conocía, Bálder advertía una reserva en Núbila. Pero en esta oportunidad no trató de despejarla, lo que acaso habría sido posible con un poco de insistencia. Las noches de poco sueño que llevaba a la espalda le hacían menos tenaz.
Cada día tenía menos gusto por el crepúsculo, la cena y la lectura. Compareció con atención fluctuante en aquellos tres ritos sucesivos y se tumbó a no esperar nada. La necesidad de Camila se le había enquistado en una tristeza indolente. A ratos se sublevaba y se imponía el deber de hallarla en el corazón del laberinto. Las más de las ocasiones flaqueaba y se forzaba a construir la teoría de que enredarse en la mujer era un modo torpe de rehuir la tarea que le incumbía. Pero no llegaba a convencerse. Nada que dependiera de su esfuerzo podía alcanzar consistencia.
Aquella noche, a las nueve en punto, Bálder volvió a oír un par de nudillazos en su puerta. Alguna esperanza mal reprimida le engañó durante el primer segundo, pero enseguida se persuadió de que habían sido dos golpes más fuertes que los que solía dar Camila. Fue hasta la puerta sin avidez por saber quién venía a verle, y con el mismo talante recibió la aparición de un nuevo Horacio pulcro y alegre en el pasillo.
– Hay otra fiesta, hoy -se explicó el escultor, haciefído girar en el aire las palmas de sus manos.
– Dudo que hoy me toque ir a ninguna fiesta.
– Pésimamente discurrido. Siempre es momento de soltar las ligaduras. ¿Nunca has pensado que a lo mejor te cae bien ese animal que llevas prisionero?
– Nunca, la verdad.
– Me pasmas.
– ¿Has cambiado tus planes? -preguntó Bálder, recobrando al vuelo la sospecha que Núbila había suscitado hacía unas horas.
– Nunca hago planes fijos. Mantengo mi oferta, si es eso lo que preguntas.
Bálder se frotó las sienes hasta hacerse daño y dijo:
– No te pregunto nada. Debería cerrar la puerta, acostarme y olvidarme de que existes.
– Oh, no. Algo me dice que esta noche vas a portarte mal.
Bálder posó en el escultor unos ojos enrojecidos, claudicantes.
– Voy a ir contigo, Horacio -admitió-, pero sólo porque no se me ocurre qué otra cosa hacer.
Ah, espléndido.
– Quede claro que me importa un bledo lo que quieras pasarme por las narices para impresionarme.
– Eso dímelo luego. Cámbiate de ropa.
– No estoy de humor.
– Vas a llamar la atención.
– Peor para mí.
– Allá tú. Abrígate por lo menos.
– ¿Vamos a la calle?
– Hay algunas posibilidades de hallar buen divertimento en el palacio, pero podrían ser demasiado audaces para tu iniciación.
– Entiendo.
Horacio no tomó la salida que Bálder usaba normalmente. Lo guió por los corredores del anexo hasta que el extranjero tuvo la sensación de recorrer el palacio propiamente dicho. Luego vino una serie de escaleras y corredores angostos y al final de todo una salida lateral que, en efecto, se abría en el edificio del palacio. La noche era fría y húmeda y un aire infernal arrasaba la plaza. No había un alma en las calles.
– ¿Siempre está así de desierto? -tartamudeó Bálder contra el frío que agarrotaba sus mandíbulas.
– Bueno, ahora es invierno. En verano puede encontrarse a alguien, aunque lo mejor de esta ciudad está siempre bajo tierra. Los canónigos son adversarios del cielo abierto y todo se contagia.
Descendieron por una de las calles que irradiaban desde la plaza y tomaron la sexta calleja transversal. Bálder iba contando para no padecer en un futuro improbable deseos de retornar a un lugar al que no supiera ir. Horacio apretó el paso y el cómputo de casas de Bálder se hizo inseguro en la oscuridad de la noche.Tal vez se detuvieron ante la que hacía el número catorce. Horacio golpeó siete veces y la puerta de madera mugrienta se abrió sin el menor crujido. Un hombre alto y frondosamente barbado le saludó:
– Buenas noches, crápula del diablo.
– Buenas noches, cara de niño. Traigo una criatura.
– Cuánto tiempo.
– Los canónigos se están volviendo tacaños. Yo diría que pierden interés por el chamizo de Dios. Pero éste es un tipo importante. Casi paran la obra cuando vino.
Habían entrado en la casa y Bálder se acostumbraba a la luz anaranjada que había en el zaguán.
– ¿Y qué es lo que haces? -interpeló a Bálder el hombre barbado.
– Luchar contra el insomnio -escupió el extranjero.
– En la catedral, digo.
– Lo mismo.
– Déjale -ordenó Horacio al de la barba-. Ya te contará su vida otro día.
Horacio, precedido por el barbudo, precedió a su vez a Bálder por unas escaleras estrechas que se hundían casi en vertical en la tierra. A medida que bajaban a Bálder le llegó un ruido de música y voces. Al final de la escalera había un pasillo y al tallista le fastidió ya tanto viaje. Pero enseguida accedieron a un pequeño vestíbulo en el que Horacio se adelantó al de la barba para coger el pomo de la puerta y anunciar a Bálder:
– Aquí empieza lo Oculto.
Bálder captó y desdeñó la mayúscula, pero cuando el escultor abrió se quedó atónito. Tras la puerta había una sala enorme, repleta de gente. En el centro había una pista de arena, vacía. Los músicos hacían sonar sus instrumentos a un lado. Al otro había un mostrador y detrás de él dos hombres gordos y una mujer también gorda que custodiaban un depósito de bebidas. Entre los que llenaban la sala, Bálder localizó a un buen número de artistas, transfigurados dentro de sus atuendos festivos. No vio ningún operario, o no recordó la cara de ninguno con la precisión necesaria para hacerla equivalente a la de alguno de los presentes. El resto eran desconocidos y mujeres, todas ellas igualmente desconocidas para él. En realidad, desde que estaba en la obra no había visto más mujeres que Camila y un par que se había tropezado en alguna ocasión por el palacio yendo o viniendo del despacho de Ennius. Sin embargo, allí había una legión de ellas. Todas estaban perversamente maquilladas y ceñidas por ropas que hacían brotar pujantes sus carnes. Muchas estaban ebrias y alguna medio desnuda. Horacio interceptó la mirada que Bálder clavó en una de las últimas.
– Veo que te llama la atención. No lo imaginabas.
– Desde el coro o mi celda, donde llevo viviendo casi un mes, esto resulta poco imaginable -mintió a medias Bálder.
– Porque no has reflexionado lo suficiente. Esto son las tripas de la catedral. ¿Y cómo son? Como las tripas del mundo. En las tripas siempre hay esto. El dogma sólo subsiste en cuatro o cinco cabezas petrificadas.
– A algunos los conozco. A ellas no.
– Los que no conoces, ellos y ellas, son funcionarios del Arzobispado. En esta ciudad no hay nada más. Los que viven fuera del palacio y los operarios no existen. Son las reglas de los canónigos, no me mires como si fuera un desalmado. Prefiero estar aquí, pero no lo he inventado yo.