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– Dime alguna de esas incoherencias.

– Te interferiste con Camila.

– No para asustarte. Sólo por abreviar.

– Comprendo. ¿Tienes alguna otra cosa que decirme?

Náusica lo escrutó aviesamente.

Sólo una -anunció-. Quiero que lo veas todo. Así, cuando estés por ahí, luchando contra tus ganas de volver a esta habitación, tendrás que recordar lo que te aguarda y te dolerá cada minuto que lo retrases. No voy a ser mezquina contigo, maestro. Busco que lo olvides todo, o todavía más, que reniegues. No como otros lo hicieron, por cobardía. Será tu mismo atrevimiento lo que te conducirá a mí.

Entonces sucedió algo que Bálder había de recordar, meses y años después, como si se estuviera repitiendo, segundo por segundo, ante sus ojos. Fue un espectáculo a la vez grandioso y patético, feroz y pausado, orgulloso y triste. Náusica, sin abandonar el diván sobre el que yacía, fue desabrochando las cintas que mantenían su camisa de dormir cerrada sobre el cuello, el pecho, el vientre, y la abrió después entregando a la luz de la estancia todo su cuerpo, desde la garganta hasta los tobillos. Una vez que la tela estuvo extendida a ambos costados, apoyó la barbilla sobre uno de sus brazos y contempló a Bálder. Éste trataba de asimilar la belleza anormal de aquella muchacha blanca y estriada de aristas de huesos, extraviado a medio camino entre los pechos infantiles y el vientre torcido, al filo mismo del vacío, en una postura lúbrica e improbable. Al fin, pudo repelerla:

– Nunca me atreveré a eso.

– No tiene que ser hoy. Te dejo tiempo para pensarlo -repuso Náusica.

Permaneció allí quieta, sin ofenderse ni cubrirse; hasta que Bálder comprendió que ella no iba a moverse y, dando media vuelta, se marchó de la habitación.

Capítulo 9 NÚBILA Y LA MUERTE

Ennius se mesó la barba con la misma energía excesiva con que lo había hecho la primera vez que había recibido a Bálder y llevó su mirada a un punto arbitrario del techo. El extranjero esperó con la mansedumbre que le incumbía a que el canónigo concluyese su meditación. Suponía que Ennius se mostraría severo, y sólo deseaba que no incurriera al reprenderle en la vehemencia con que se manoseaba la pelambre grasienta que le cubría el rostro. Tampoco deseaba asistir a una exhibición de la sutileza de su interlocutor, pero ya que estaba allí y no tenía manera de eludirlo, debía simpatizar con cualquier posibilidad que le permitiera ahorrar sus fuerzas para gastarlas en alguna otra parte.

Cuando al fin Ennius se decidió a romper el silencio, lo hizo en un tono de artificiosa serenidad:

– Por más que trato de averiguarla, no acierto a comprender cuál es la maldita intención que le trajo aquí, maestro.

– Temo que era una cuestión confusa en su momento y que ahora me costaría aún más aclararla -observó Bálder, sirviéndose sin recato de la pausa que hizo el canónigo. Aunque éste no había formulado propiamente una pregunta que demandase una respuesta. Ennius le miró con resentimiento.

– Le estaría muy reconocido si se abstuviera de interrumpirme. No sé si se ha percatado, pero estoy haciendo mis mejores esfuerzos para que esta entrevista no se convierta en un espectáculo indigno del sacramento que me fue impartido y me autoriza a vestir estos hábitos.

– Sólo me excusaba por no poder ayudarle.

Ennius cerró durante un segundo los ojos y continuó:

– Desde el principio creo haberle facilitado su existencia entre nosotros. Cuanto me pidió lo obtuvo, dentro de las restricciones a que me somete la limitación de mis competencias. Si manifestó creencias fronterizas con la heterodoxia, por no emplear un término más rotundo y que sospecho que pudiera ser también más exacto, tuve la indulgencia de pasarlas por alto en atención a sus méritos como artista. Solicitó tiempo para habituarse a la obra y asumir plenamente sus exigencias. Lo ha tenido todo. Hasta hoy mismo. O hasta ayer. A cambio, el Arzobispado sólo ha sacado un trozo de sillería de fina factura e impía inspiración.

– Esa es una acusación insidiosa -replicó Bálder.

– No le he invitado a que hable.

– Me considero en el deber de defender mi trabajo, me inviten o no.

Ennius trazó una mueca de repugnancia.

– Definitivamente, ha caído en la más vil soberbia. Lo de ayer no fue una equivocación. Nunca podré perdonarme no haber sido capaz de preverlo. Peor aún: haberlo previsto y no haber querido creerlo. O todavía más insensato: haber querido creer que no era lo que es.

– Permítame dudar que haya sido esa generosidad la causa de su desliz.Tal vez andaba demasiado ocupado con otras cosas. Es una buena disculpa. Aléguela ante su confesor y perdónese usted mismo tranquilamente.

Ennius estaba desencajado.

– Le ruego que no me haga perder la calma. Estoy tratando de enjuiciar un deplorable incidente con ecuanimidad.

– Está bien, me guardaré mis pensamientos. Al menos hasta haber escuchado la sentencia.

Dejando al margen mi comportamiento para conusted hasta la fecha -prosiguió Ennius, con desaliento-, que a mi juicio no debía suscitarle ninguna apetencia por procurar mi desgracia, y prescindiendo, en suma, de mi intensa pero al cabo irrelevante tribulación personal, resulta más que evidente que estaba usted enterado de la importancia de la inspección y de la elevada investidura del canónigo Gracchus. El punto al que quiero llegar es que cuando cometió públicamente su acto de irreverencia no pudo hacerlo sin un diáfano conocimiento de la gravedad de su conducta y del perjuicio que podía producir a quienes somos responsables de su supervisión, además de a sí mismo. Tal vez le sorprenda, pero encuentro más censurable esto último. Que me haya puesto en una situación comprometida no es desde luego algo que esté dispuesto a premiarle, pero arriesgar en público y de forma tan desafortunada su propia posición delata una pérdida de respeto hacia todo lo que fundamenta nuestra empresa que supera en infamia a lo anterior. Con su insolente declaración no despreció al canónigo Gracchus; despreció la obra, despreció al Arzobispado, nos despreció a todos. Ahora me coloca en la penosa obligación de demostrarle que no está a su alcance exhibir tal desprecio, pero que por un solo momento, el justo para proferir sus impertinentes palabras, haya creído que podía permitírselo, es lo más intolerable que he visto desde que ocupo esta silla. No me cabe sentir en este momento por usted, maestro, más piedad de la que sentiría por un gusano que asomase por la hendidura de una manzana podrida. Me arrepiento de todos los elogios que le he dedicado, en su presencia y en su ausencia, y de la tibieza con que traté sus inconvenientes singularidades. Es posible que después de lo sucedido no tenga la ocasión de cometer con otro los errores que he cometido con usted, pero si me fuera dado empezar de nuevo con alguien que se le pareciera, puede dar por seguro que cercenaría de raíz cualquier aberración como la suya. Ha sido libre, y ha probado no merecerlo. Ahora me cuesta no acoger en mi alma la herética convicción de que ningún hombre merece otra cosa que el yugo. He debatido todo esto en el interior de mi conciencia y he llegado a una decisión respecto a su caso. Pero antes de comunicársela me gustaría saber por qué lo hizo.

Bálder, aplastado por el torrente de imprecaciones del canónigo, tardó un poco en darse cuenta de que se le concedía al fin la palabra.

– ¿Puedo hablar ahora? -dudó.

– Si desea hacerlo -asintió Ennius, retrocediendo en su asiento y adoptando, tras su colérico discurso, una actitud de aturdido apaciguamiento.

– Bien -celebró Bálder, con una abulia que visiblemente hería a Ennius-. No estoy seguro de haber entendido qué es lo que pretende que yo haga ahora. Puedo suponer que se trata de que me retracte, porque me cuesta más imaginar que haya llegado a creer que tengo una justificación. En cualquier caso, lo primero sería extemporáneo, y lo segundo un acto de sometimiento que no deseo ni creo que precise dedicarle. Hablé a Gracchus porque me preguntó, y si dije lo que dije fue porque ya no debo al Arzobispado disimular lo que pienso.

– ¿Admite haber fingido hasta entonces? -saltó el canónigo.

– Desde luego. Siendo imparcial, la obra es un caos, la ciudad un estercolero, y este edificio apesta a urinario por todas sus esquinas. ¿De verdad concibe que un extraño como yo habría podido mostrar algo más que desesperación si no hubiera fingido?

– ¿Y por qué no se atrevió a decir lo que sentía?

– En circunstancias normales la respuesta sería una obviedad. Después de lo que he visto y padecido aquí, debo darle una que no espera: porque fui estúpido. Tomé en serio todo esto: los hombres apilando y uniendo piedras, el palacio custodiado por guardias, su sotana y la sombra de una jerarquía eclesiástica. Ahora sé que todo es una farsa ridícula.

El cerebro de Ennius maniobraba con dificultad entre los ásperos exabruptos de Bálder. Pero quiso rehacerse para buscarle la vuelta a sus palabras:

– ¿Debo deducir que es por ese reciente descubrimiento suyo por lo que ha decidido dar fin a su representación?

– Puede deducir lo que le parezca. Ese descubrimiento y otras cosas me han persuadido de que no callaré ni revelaré en esta habitación sino lo que se me antoje. Nunca he sido un maleducado, así que le presento mis excusas por la brusquedad, pero no sueñe que pida perdón por nada más. Si Gracchus volviera a entrometerse en mi trabajo, mis maneras serían todavía peores.

– No es necesario que prolonguemos esta charla para acreditar que falta en usted la más mínima contrición. -Absolutamente.