Ennius se tomó un tiempo para ordenar sus ideas. El estupor había obrado en su ánimo el efecto de calmar la ira con que había reclamado a Bálder a su presencia. Provisto de esta frialdad involuntaria, inquirió:
– Así que niega usted al canónigo supervisor general de la obra el derecho a opinar sobre su sillería.
– Como se lo niego al mundo entero. Como se lo niego a Dios mismo. Sólo tienen derecho a ejecutarme, si algo les ofende y disponen de los medios.
– Esa última duda es presuntuosa y blasfema hasta lo inaudito.
– No me consta, y sobre lo que no me consta, dudo. Es lo que dicta la razón.Yo no soy hombre de fe.
– Para su desdicha.
– Eso sólo hay un modo de comprobarlo. Le reto a que trate de convencerme.
Ennius meneó la cabeza.
– No tengo el menor propósito de participar en los juegos descabellados en que parece ocuparse últimamente. Todo le llegará como está establecido. Ésta es una casa antigua y no procede ni procederá de acuerdo con las sugerencias del último demente que llega.
– No trate de comprender lo que hago por el sumario expediente de la demencia. Hay más encima y debajo del suelo de lo que recuentan sus códigos.
– Eso no lo cuestiono -se burló Ennius, después de suspirar y expeler, con ese acto, los últimos restos de la tensión con que había iniciado el encuentro. Casi relajado, agregó-: Me intriga cómo tú hayas podido averiguarlo.
– No lo imaginarías aunque consumieras todo lo que te haya quedado de sesos después de aprenderte los códigos -se la devolvió Bálder, sin alterarse.
Ennius juntó ante su nariz los índices de ambas manos para situarse, al menos moralmente, fuera del alcance del dardo de Bálder. Con voz pausada, expuso a continuación:
– Esto podría ser divertido, indudablemente, aunque de una forma un tanto, cómo diría, torcida. La lástima es que todo lo que estamos hablando va a tener consecuencias. Por un lado me alivia que haya caído el velo de imposturas que desde el principio extendiste entre ambos. Ahora te veo la cara y no la apruebo, pero la mentira siempre es repudiable. Por otro, me enfrento a los problemas que tu comportamiento va a acarrearme y a la ingrata decisión que me impone. Me queda una curiosidad, estrictamente personaclass="underline" ¿no tienes miedo?
– A ti o a Gracchus o a quienquiera que sea el que dé las órdenes a Gracchus, ninguno. Sí tengo mi propia curiosidad.
– ¿Cuál es, si puedo saberla?
– Los términos exactos de esa sentencia que tanto tarda en comunicarme -informó Bálder, restituyendo a Ennius el tratamiento para restablecer la distancia entre ambos.
– No vamos a retrasarlo más tiempo.Tal vez te ayude a reconsiderar tu impasibilidad.Voy a elevar la propuesta de que seas expulsado de la obra y de que todo lo que has hecho hasta ahora sea quemado a las afueras del recinto, para público ejemplo. Es lo más drástico que me cabe proponer. No voy a ocultarte que intento rehabilitarme ante mis superiores, pero estimo, en justicia, que es lo que mereces.
– Si hemos de ceñirnos a lo que en su concepto debeser la justicia, no me cabe sino darle la razón -acató Bálder-. También le aconsejo que no arrastre mala conciencia. Es lo que cualquiera haría en su lugar, supongo.
– Mi conciencia habrá de castigarme por la liviandad con que te he tratado hasta ahora, no por lo que he decidido hoy.
Una vez que había descargado su peso sobre Bálder, Ennius parecía más airoso, y sus dedos dejaron de enredarse como sierpes en la fronda mugrienta de su barba. Ahora los mantenía entrecruzados sobre la mesa, mientras se deleitaba observando el efecto que su condena causaba en Bálder, no tan perceptible, empero, como el canónigo se había figurado.
– ¿Y qué es lo que debo hacer ahora? -preguntó Bálder, por simple sentido práctico-. ¿Tengo que recluirme en mi celda, tengo que hacer el equipaje, o sólo tengo que esperar aquí sentado a que vengan a detenerme?
– Puedes volver a la obra, si lo deseas. Puedes seguir trabajando. El tamaño de la pira en la que arda tu vanidad no es un detalle que me atormente. No puedo impedir que acudas allí hasta que mis superiores aprueben mi propuesta. Mientras tanto, eres libre de seguir como si nada hubiera pasado, aunque yo en tu lugar no me esmeraría. Sólo te ruego que no adoptes comportamientos que me obliguen a tomar medidas cautelares.
– ¿A qué se refiere?
– Si te da por alborotar haré que te encierren. Dispongo de la facultad de arbitrar esa clase de remedios en casos de urgente necesidad. Aguardarás en un calabozo a que resuelvan sobre tu futuro. Te aseguro que será algo más incómodo.
– ¿Están enterados mis hombres de mi destitución?
– Aún no estás destituido, formalmente. Te seguirán obedeciendo.
– ¿Y qué hay del capataz?
– El capataz ya tiene instrucciones de no otorgar prioridad a tus solicitudes, pero no sabe ni sabrá más hasta que decidan las instancias competentes.
– Aulo es perspicaz. Habrá descifrado.
Ennius se deshizo de la cuestión con un expresivo ademán, que inedia a la vez lo que le interesaba la observación de Bálder y la atención que le merecía el personaje a quien se refería. Descendió a ponerlo en palabras:
– No me obsesiona lo que discurra por la mente del capataz. Cumplirá con las instrucciones que se le vayan dando; con éstas y con las que vengan después.
– Hay otra cosa -manifestó Bálder, por agotarlo todo.
– Te escucho.
– Aunque no son muchos, algunos en la obra me dispensan un trato de cierta cordialidad. Ignoro si mantenerlo podría acarrearles consecuencias desfavorables, ahora que soy una especie de proscrito. En caso de que pudieran sufrir alguna, me sentiría en la obligación de advertirles.
El canónigo dibujó para Bálder una sonrisa de beatitud.
– Nunca he propuesto que se castigue a quien obra de buena fe -explicó-.Tampoco albergo especiales deseos de extender la penitencia que sólo tú te has ganado. De todas formas, mi ámbito de actuación es reducido. No superviso a todos los artistas. Hay otros canónigos, en cuya tarea me privaré cuidadosamente de inmiscuirme.
– Entiendo. ¿Hay alguna otra buena noticia que quiera darme?
El canónigo le contempló con un extraño gesto, algo que habría podido ser melancolía pero que ensuciado por aquella barba se resistía a encontrar un nombre apropiado.
– Hace pocos meses estabas al otro lado de esta mesa, recién llegado y tal vez ansioso de algo -empezó a decir-. Ingeniaste una inedia verdad que ha resultado ser mentira y media, pero me causaste una buena impresión. Me sorprendiste, que es más de lo que aspiro a conseguir cada jornada. Llevas aquí el tiempo suficiente para poder apreciar hasta qué punto los días son iguales los unos a los otros. Siempre estuve predispuesto en tu favor, y eso, que ha sido la raíz de mi equivocación contigo, me causa ahora que todo se ha estropeado una rara desazón. Si no hubieras cometido la estupidez de ayer, si hubieras sabido mentir hasta el fin, es posible que hubiéramos llegado a compartir una agradable amistad. Todo habría sido un engaño, naturalmente, pero a ti te habría tocado el esfuerzo y a mí el placer. Un placer no inocente, porque habría debido convivir con la sospecha. Sin embargo, lo habría disfrutado sin conciencia de ofender a Dios, quizá con la secreta esperanza de ganar para Él un alma amenazada de disolución. Ahora todo está perdido -reconoció, desviando la mirada hacia la ventana-. Ha acabado de la peor manera, con una grosera sublevación por tu parte y con un formulismo despiadado por la mía. Recuerdo que en aquella primera entrevista te dije que siempre había algo extraño que saber. Se me quedó en la memoria porque luego pensé que podías malinterpretarlo y después que en efecto lo habías malinterpretado. Entonces te pedí que lo olvidaras, pero ahora puedo repetirlo.
– ¿Para qué?
– Para ilustrar por qué hemos terminado siendo oponentes. Nuestro entendimiento habría sido un asunto extraño, como lo son muchas de las interioridades de la obra. Has demostrado tu incapacidad para comprender lo uno y lo otro, y has elegido precipitadamente, forzando tu expulsión. Ahora bien, no te consueles, llegado el momento, con la creencia de que no tenías otra salida.
Bálder no había acudido preparado para aquello. Aunque sólo podía tener la sensación de estar perdiendo su tiempo en una tediosa refriega con un subalterno, no dejó de mostrar su perplejidad:
– Me cuesta entenderle, Ennius. Cuando me sataniza por no haber coreado las necedades de Gracchus o por desdeñar la obra me resulta bastante inteligible. Pero ahora que pasa a insinuar las complicidades que habrían podido existir entre ambos, me da la impresión de que por un momento abandona su disciplina y su lucidez.
El canónigo acogió las palabras de Bálder con visible satisfacción.
– Me das la razón, maestro -dijo-. Seré franco, porque ahora ya nada importa. El caso es que habrías podido vivir a tu antojo, con todo lo que hubieras deseado, dentro de los límites establecidos. Nadie habría inquietado tu posición, y habrías podido mejorarla a lo largo del tiempo. Habrías podido maldecir a Dios, incluso, y no habría sido demasiado grave que yo lo sospechase. Sólo había un pecado que no se te consentía cometer, exactamente el que has cometido: la ostentación de tu tara. Cuando antes te afeaba haber despreciado la catedral no me refería al sentimiento en sí, sino a su exteriorización. Casi todos albergamos, en mayor o menor medida, fuerzas diabólicas. Quienes aciertan a ocultarlas son preferidos sobre aquellos que nunca han sentido el soplo oscuro. Quienes las proclaman a los cuatro vientos, como tú has hecho, se hacen acreedores a la repulsa de sus semejantes. A la repulsa y nunca a la absolución, porque los hombres como tú son un cáncer que debe ser extirpado, en salvaguardia de los demás.