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Bálder denegó con la cabeza.

– Si trata de sugerir que tenemos algo en común, debo hacer constar mi protesta. No me atrae indagar en las profundidades de su alma, pero dudo que exista un solo pecado que ambos hayamos cometido de forma semejante. Yo soy extranjero. Usted aprendió a gatear en este lodazal, supongo.

– Sobrevaloras tu cualidad de forastero. Ahora perteneces a la obra, como el último de los operarios.Y recibirás el castigo que la obra reserva a los suyos.

Bálder, harto de soportar la perorata del canónigo, se abstuvo de contradecirle. Se puso en pie y le desafió:

– No respondo ante usted ni ante sus superiores, Ennius. No me amenace más. Haga que se cumpla el castigo que ha decidido para mí. Entonces puede que le tome en serio. Entre tanto, no se ofenda si prescindo de que existe. No me llame, porque no acudiré. Cuando aprueben su propuesta, envíeme directamente a los guardias.

– ¿Estarás preparado cuando llegue el momento? -cuestionó Ennius, con malicia. Seguía recostado en su asiento, y no parecía que fuera a hacer nada para impedir que el otro se marchase.

– Estaré. Sólo le pido un favor. Que quien venga por mí sepa bien lo que tiene que hacer y cómo. Mi experiencia en la obra me ha hecho detestar el desaliño. Por lo demás, confio fervientemente en no volver a verle. He conocido a unas cuantas docenas de personas a lo largo de mi vida y de ninguna recuerdo haber sacado tan poca utilidad. Quizá tampoco me haya dañado, pero no creo deberle gratitud al respecto.

– Lamento no poder decir lo mismo -confesó fatigosamente Ennius-. Nuestra breve colaboración ha sido para mí tan instructiva como perniciosa.

– En cuanto a eso -dijo Bálder, con dureza-, me trae sin cuidado. Hace un par de meses me habría alegrado de perjudicarle, seguramente. Ahora debo admitir que si he podido causarle algún contratiempo ha sido sin buscarlo y sin gozar.

Y abandonó la estancia, archivando a Ennius tras un portazo que retembló en los oídos de Leda muchos minutos después de que el extranjero hubiera salido como una tromba al corredor.

Fue hacia la obra no por seguir la sugerencia de Ennius, sino porque a aquellas horas de la mañana y a aquellas alturas de su existencia le era difícilmente sostenible hacer otra cosa. La brisa esparcía sobre la tierra el aroma de las plantas silvestres que habían brotado tras el invierno. El cielo era de un azul doloroso y, acaso por primera vez, notó en la frente que el sol quemaba, como quemaba en su tierra y en algún momento del año en cualquier lugar del mundo, incluso en aquella otra tierra siniestra a la que había ido a parar. Mientras caminaba, Bálder se preguntó hasta qué punto merecía su situación. Era cierto que había llegado desprevenido, siguiendo la invitación de una carta que había recibido como una tabla salvadora. En sus circunstancias de entonces, era difícilmente reprochable que hubiera atendido la oferta del Arzobispado, y comprensible que apenas hubiera pensado en que emigraba hacia un país desconocido. Sin embargo, desde el momento en que había tratado a Ennius y había visto el edificio a medio construir, desde el momento en que había empezado a ser introducido, en la obra y en su revés nocturno, no podía rehuir su responsabilidad. Para haberla evitado, habría debido optar por la huida pura y simple. A ella no se oponía, en apariencia, ninguna imposibilidad de orden fisico: bastaba madrugar una mañana, recoger sus pertenencias y tomar en sentido inverso el camino por el que había llegado hasta allí. Sin embargo, había que tener en cuenta que no podía regresar al lugar de donde venía y que a ningún otro había sido invitado. Durante los momentos en que había barajado la idea de escapar, no había acertado a salvar estas objeciones. A primera vista, la cuestión era si ello se debía a la entidad de las objeciones o a su propia desidia. Pero también era posible que la culpa le alcanzara en cualquier caso, porque el hombre no hubiera de purgar, en rigor, otra falta que la original, atribuida por Dios desde la noche de los tiempos sin mirar a la capacidad de obediencia o quebrantamiento de sus insignificantes criaturas. En tal caso, el extranjero se habría limitado a justificar con su actuación el estigma que le había sido impuesto desde su nacimiento, y ahora simplemente debía pagar las consecuencias como el último trámite. Era una explicación que desazonaba, pero sólo en ella Bálder hallaba la mínima simetría que su razón exigía para darle asentimiento. Los pretextos disponibles, como la tentación de penetrar en los misterios de la catedral, o la esperanza de dar fin a su propia obra, o la intermitente pero obstinada atracción de Camila, constituían, en resumen, un estímulo insuficiente para haberse quedado a despecho de todo lo que le movía a abandonar la archidiócesis. Mientras penetraba de nuevo en el recinto de la obra, bajo el cielo azul y el sol que ahora tostaba su nuca, Bálder sólo pudo extraer una conclusión de estas inquisiciones: sí, lo había merecido, o aún más; quizá había sido alumbrado para extinguirse allí. No sentía ninguna emoción al admitirlo, apenas la vaga nostalgia de un tiempo que probablemente nunca había tenido: aquel en que había postulado que la vida no tenía cabos ni nudos, cuando había creído descender en paz por una cuerda lisa que nunca iba a terminarse dejándole a mitad de la tarea.

Su entrada en el coro provocó un unánime sobresalto, Alio incluido. Indicó a los hombres que prosiguieran con lo que estaban haciendo y llamó a Níccolo. Su segundo estaba bastante nervioso.

– ¿Te pasa algo? -preguntó el extranjero.

– No -titubeó Níccolo-, es decir, creo que no es aquí donde deberíamos hablar de ello.

– Ven -ordenó Bálder, echando a andar hacia la salida. Ya en el exterior, exigió a Níccolo:

– Cuéntamelo.

A su alrededor, la labor diaria se desarrollaba dentro de una morosa normalidad, aunque no se oía ni se veía a Aulo. Níccolo miró de reojo hacia el interior de la nave de lona y aguardó a que un operario que pasaba cerca se hubiera alejado.

– Verá, maestro -comenzó al fin-, en primer lugar no sé si hago lo que debería.

– ¿A qué te refieres?

– ¿Me concede la licencia de serle franco?

– Por lo que a mí respecta, es tu derecho.

– Todo el mundo murmura. A estas alturas, todos están al tanto de que el canónigo Gracchus se dirigió a usted y de que usted le replicó irrespetuosamente.

– Yo no opino que fuera irrespetuoso -se opuso Bálder, contemplándose las uñas.

– Entiéndame, es lo que dicen todos.

– Y tú estás de acuerdo. No te lo recriminaré.

– No, yo no sé qué pensar. Lo que quería decirle es otra cosa. Perdóneme, pero tengo la sensación de que servirle puede ser peligroso.

– ¿Eso qué quiere decir? Estás a mis órdenes. Lo han dispuesto los canónigos. Nadie va a tomar represalias contra ti por hacer lo que te mando.

Níccolo trazó una sonrisa nerviosa.

– Dentro del coro, es posible. Pero le he prestado otros servicios.

– ¿Qué servicios?

– Ayer por la tarde seguí a Alio. Aunque fue difícil hacerlo sin que él lo advirtiese, creo poder asegurarle que no se dio cuenta de que iba tras él. Averigüé algo.

– Continúa.

– No fue a su alojamiento. Rodeó el edificio y llegó hasta una puerta lateral del palacio. Golpeó siete veces. Le abrieron. Antes de que desapareciese dentro pude ver el rostro de quien le había abierto. Era Horacio, el escultor.

– ¿Y?

– No pretendería que entrase. Nunca había estado a aquel lado del palacio. Nunca había estado tan cerca del palacio, en realidad. Tenía miedo.

– ¿Eso es todo?

– No. Alio ha llegado esta mañana con hora y media de retraso. Aunque se han debido de separar antes de entrar, he podido comprobar que el escultor se incorporaba a su trabajo a la misma hora. Le he exigido explicaciones, a Alio, quiero decir, y se ha negado a dármelas. Me ha respondido que sólo le daría explicaciones a usted, maestro, si es que las pedía.

Bálder no estaba muy seguro de entender lo que estaba ocurriendo. La reacción de Ennius no le preocupaba, pero que Alio estuviera en combinación con Horacio proyectaba sobre su ánimo la lejana sombra de Náusica. La presencia de Alio siempre le había estorbado. Nunca había sospechado, sin embargo, una conexión entre su subalterno y Náusica. La distancia se le hacía excesiva.

– Está bien -dijo a Níccolo-. Ve a buscar a Alio y comunícale que le pido explicaciones y que me gustaría que viniera a dármelas aquí ahora mismo.

– Estoy asustado, maestro -se quejó Níccolo-. Nunca había visto a nadie comportarse como usted. Nunca un operario bajo mis órdenes se permitió la impertinencia de Alio. Aquí hay algo que me sobrepasa. Quisiera formular una solicitud.

– ¿Qué?

– Reléveme.

Bálder contempló a su atemorizado subordinado. En parte, su petición era irrechazable. Nada le autorizaba a implicarle en su juego suicida.

– No puedo relevarte del mando de la cuadrilla -contestó, al cabo de unos instantes-, porque yo no te nombré.

– Haga que me releven.

– No veo cómo podría sin perjudicarte. Debería acusarte de alguna falta, y no has cometido ninguna. Seguirás al mando de los hombres. Pero te relevo de prestarme otros servicios. Cumple estrictamente con tus funciones de jefe de cuadrilla y no temas. Nadie te hará nada.Vamos, ve a llamar a Alio.