El Dr. Dn. Barreda y Zaldívar cerró un instante los ojos. Sentía (pese a su roce diario con el delito no se había encallecido) lástima por lo ocurrido a la niña, pero se dijo a sí mismo que, a simple vista, se trataba de un delito sin misterio, prototípico, milimétricamente encuadrado en el Código Penal, en las figuras de violación y abuso de menor, con sus más caracterizados agravantes de premeditación, violencias de hecho y de dicho, y crueldad mental.
El siguiente documento que releyó era el parte de los custodios del orden que habían efectuado la detención de Gumercindo Tello.
Conforme instrucciones de su superior, capitán G. C. Enrique Soto, los guardias Alberto Cusicanqui Apéstegui y Huasi Tito Parinacocha se apersonaron con una orden de arresto a la casa de vecindad N. 12 de la avenida Luna Pizarro, pero el individuo no se encontraba en su hogar. Mediante los vecinos, se informaron que era de profesión mecánico y trabajaba en el Taller de Reparación de Motores y Soldadura Autógena "El Inti", sito al otro extremo del distrito, casi en las faldas del cerro El Pino. Los guardias procedieron a trasladarse de inmediato hasta allí. En el taller, se dieron con la sorpresa de que Gumercindo Tello acababa de partir, informándoles además el dueño del taller, Sr. Carlos Príncipe, que había pedido licencia con motivo de un bautizo. Cuando los guardias inquirieron, entre los operarios, en qué iglesia podía encontrarse, éstos se miraron con malicia y cambiaron sonrisas. El Sr. Príncipe explicó que Gumercindo Tello no era católico sino Testigo de Jehová y que para esa religión el bautizo no se celebraba en iglesia y con cura sino al aire libre y a zambullidas.
Maliciando que (como se ha dado ya el caso) la tal congregación fuera una cofradía de invertidos, Cusicanqui Apéstegui y Tito Parinacocha exigieron que se los condujera al sitio donde se hallaba el acusado. Luego de un buen rato de vacilaciones y cambio de palabras, el propietario de "El Inti" en persona los guió al lugar donde, dijo, era posible que estuviera Tello, pues una vez, hacía ya tiempo, cuando trataba de catequizarlos a él y a los compañeros del taller, lo había invitado a presenciar allí una ceremonia (experiencia de la cual el susodicho no había quedado nada convencido).
El Sr. Príncipe llevó en su automóvil a los custodios del orden a los confines de la calle Maynas y el Parque Martinetti, descampado donde los vecinos de los alrededores queman basuras y donde hay una entradita del río Rímac. En efecto, allí estaban los Testigos de Jehová. Cusicanqui Apéstegui y Tito Parinacocha descubrieron una docena de personas de distintas edades y sexos metidas hasta la cintura en las aguas fangosas, no en ropa de baño sino muy vestidas, algunos hombres con corbata y uno de ellos incluso con sombrero. Indiferentes a las bromas, pullas, tiros de cáscaras y otras criollas picardías de los vecinos que se habían amontonado a la orilla para verlos, proseguían muy serios una ceremonia que a los custodios del orden les pareció, en el primer momento, poco menos que un intento colectivo de homicidio por inmersión. Esto es lo que vieron: a la vez que entonaban, en voz muy convencida, extraños cánticos, los Testigos tenían cogido de los brazos a un anciano de poncho y chullo, al que sepultaban en las inmundas aguas ¿con el propósito de sacrificarlo a su Dios? Pero cuando los guardias, revólver en mano y embarrándose las polainas, les ordenaron interrumpir su criminal acto, el anciano fue el primero en enojarse, exigiendo a los guardias que se retiraran y llamándolos cosas raras (como 'romanos' y 'papistas'). Los custodios del orden debieron resignarse a esperar que terminara el bautizo para detener a Gumercindo Tello, a quien habían identificado gracias al Sr. Príncipe. La ceremonia duró unos minutos más, en el curso de los cuales continuaron los rezos y los remojones del bautizado hasta que éste comenzó a voltear los ojos, a tragar agua y atorarse, momento en que los Testigos optaron por sacarlo en peso hasta la orilla, donde principiaron a felicitarlo por la nueva vida que, decían, comenzaba a partir de ese instante
Fue en ese momento que los guardias capturaron a Gumercindo Tello. El mecánico no ofreció la menor resistencia, ni pretendió huir, ni mostró sorpresa por el hecho de ser detenido, limitándose a decir a los otros al recibir las esposas: "Hermanos, nunca los olvidaré". Los Testigos prorrumpieron de inmediato en nuevos cánticos, mirando al cielo y poniendo los ojos en blanco, y así los acompañaron hasta el auto del Sr. Príncipe, quien trasladó a los guardias y al detenido a la Comisaría de la Victoria, donde se le despidió agradeciéndole los servicios prestados.
En la Comisaría, el capitán G. C. Enrique Soto preguntó al acusado si quería secar sus zapatos y pantalones en el patio, a lo cual Gumercindo Tello repuso que se hallaba acostumbrado a andar mojado por el gran incremento de conversiones a la verdadera fe que se registraba últimamente en Lima. De inmediato, el capitán Soto procedió a interrogarlo, a lo cual el acusado se prestó con ánimo cooperativo. Preguntado por sus generales de ley, repuso llamarse Gumercindo Tello y ser hijo de doña Gumercinda Tello, natural de Moquegua y ya difunta, y de padre desconocido, y haber nacido él mismo, también, probablemente en Moquegua hace unos veinticinco o veintiocho años. Respecto a esta duda explicó que su madre lo había entregado, a poco de nacido, a un orfelinato de varones regentado en esa ciudad por la secta papista, en cuyas aberraciones, dijo, había sido educado y de las que felizmente se había liberado a los quince o dieciocho años. Indicó que hasta esa edad había permanecido en el orfelinato, fecha en que éste desapareció en un gran incendio, quemándose también todos los archivos, motivo por el cual él se había quedado en el misterio sobre su exacta edad. Explicó que el siniestro fue providencial en su vida, pues en esa ocasión conoció a una pareja de sabios que viajaban de Chile a Lima, por tierra, abriendo los ojos de los ciegos y destapando los oídos de los sordos sobre las verdades de la filosofía. Puntualizó que se había venido a Lima con esa pareja de sabios, cuyo nombre le excusó de revelar porque dijo que era bastante saber que existían para tener también que etiquetarlos, y que aquí había vivido desde entonces repartiendo su tiempo entre la mecánica (oficio que aprendió en el orfelinato) y la propagación de la ciencia de la verdad. Dijo haber vivido en Breña, en Vitarte, en los Barrios Altos, y haberse instalado en la Victoria hacía ocho meses, por haber obtenido empleo en el Taller de Reparación de Motores y Soldadura Autógena "El Inti", que quedaba demasiado lejos de su domicilio anterior.