El Dr. Dn. Barreda y Zaldívar tenía un tacto extremado para interrogar a los menores. Sabía inspirarles confianza, dar rodeos para no herir sus sentimientos, y le era fácil, con suavidad y paciencia, inducirlos a trajinar escabrosos asuntos. Pero su experiencia esta vez no le sirvió. Apenas preguntó, eufemísticamente, a la menor si era cierto que Gumercindo Tello la molestaba desde hacía tiempo con frases maleducadas, Sarita Huanca se lanzó a hablar. Sí, desde que vino a vivir a la Victoria, a todas horas, en todos los sitios. Iba a esperarla al paradero del ómnibus y la acompañaba hasta la casa diciéndole: "Me gustaría chuparte la miel", "Tú tienes dos naranjitas y yo un platanito" y "por ti me estoy chorreando de amor". Pero no fueron estas alegorías, tan inconvenientes en boca de una niña, lo que caldeó las mejillas del magistrado y atoró la mecanografía del Dr. Zelaya, sino las acciones con que Sarita comenzó a ilustrar las acechanzas de que fuera objeto. El mecánico siempre estaba tratando de tocarla, aquí: y las dos manitas, elevándose, se ahuecaron sobre los tiernos pechos y dedicaron a calentarlos amorosamente. Y también aquí: y las manitas caían sobre las rodillas y las repasaban, y subían, subían, arrugando la falda, por los (hasta hacía poco impúberes) muslitos. Pestañeando, tosiendo, cambiando una veloz mirada con el secretario, el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar explicó paternalmente a la niña que no era necesario ser tan concreta, que podía quedarse en las generalidades. Y también la pellizcaba aquí, lo interrumpió Sarita, tornándose de medio lado y alargando hacia él una grupa que súbitamente pareció crecer, inflarse, como un globo de espuma. El magistrado tuvo el presentimiento vertiginoso de que su oficina podía convertirse en cualquier momento en un templo de strip-tease.
Haciendo un esfuerzo para dominar el nerviosismo, el magistrado, con voz calma, incitó a la menor a olvidar los prolegómenos y a concentrarse en el hecho mismo de la violación. Le explicó que, aunque debía relatar con objetividad lo sucedido, no era imprescindible que se demorara en los detalles, y la exoneró de aquéllos que -y el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar carraspeó, con una pizca de embarazo- hirieran su pudor. El magistrado quería, de un lado, acortar la entrevista, y, de otro, adecentarla, y pensaba que, al referir la agresión erótica, la niña, lógicamente conturbada, sería expeditiva y sinóptica, cauta y superficial.
Pero Sarita Huanca Salaverría, al oír la sugestión del juez, como un gallito de pelea al olisquear la sangre, se enardeció, excedió, vertió íntegra en un soliloquio salaz y en una representación mímico-seminal que cortó la respiración del Dr. Dn. Barreda y Zaldívar y sumió al Dr. Zelaya en un desasosiego corporal francamente indecoroso (¿y tal vez masturbatorio?). El mecánico había tocado la puerta así, y, al ella abrir, la había mirado así, y hablado así, y luego se había arrodillado así, tocándose el corazón así, y se le había declarado así, jurándole que la amaba así. Aturdidos, hipnotizados, el juez y el secretario veían a la niña-mujer aletear como un ave, empinarse como una danzarina, agacharse y alzarse, sonreír y enojarse, modificar la voz y duplicarla, imitarse a sí misma y a Gumercindo Tello, y, por fin, caer de hinojos y declarar (se, le) su amor. El Dr. Dn. Barreda y Zaldívar estiró una mano, balbuceó que bastaba, pero ya la víctima locuaz iba explicando que el mecánico la había amenazado con un cuchillo así, y se le había abalanzado así, haciéndola resbalar así y tirándose sobre ella así y cogiéndole la falda así, y en ese momento el juez -pálido, noble, mayestático, iracundo profeta bíblico- se incorporó en el asiento y rugió: “¡Basta! ¡Basta! ¡Suficiente!". Era la primera vez en su vida que levantaba la voz.
Desde el suelo, donde se había tendido al llegar al punto neurálgico de su gráfica deposición, Sarita Huanca Salaverría miraba asustada al índice que parecía fulminarla.
– No necesito saber más -repitió, más suavemente, el magistrado-. Ponte de pie, alísate la falda, vuelve donde tus padres.
La víctima se incorporó, asintiendo, con una carita descargada de todo histrionismo e impudor, niña de nuevo, visiblemente compungida. Haciendo venias humildes fue retrocediendo hasta la puerta y salió. El juez se volvió entonces al secretario y, con tono medido, nada irónico, le sugirió que dejara de teclear pues ¿no se daba cuenta acaso que el papel se había deslizado al suelo y que estaba escribiendo sobre el rodillo vacío? Granate, el Dr. Zelaya tartamudeó que lo ocurrido lo había perturbado. El Dr. Dn. Barreda y Zaldívar le sonrió:
– Nos ha sido dado presenciar un espectáculo fuera de lo común -filosofó el magistrado-. Esa niña tiene el demonio en la sangre y, lo peor, es que probablemente no lo sabe.
– ¿Es eso lo que los norteamericanos llaman una Lolita, doctor? -intentó acrecentar sus conocimientos el secretario.
– Sin duda, una Lolita típica -sentenció el juez. Y poniendo al mal tiempo buena cara, lobo de mar irredimible que aun de los ciclones saca lecciones optimistas añadió:- Por lo menos, alegrémonos de saber que en este campo, el coloso del Norte no tiene la exclusiva. Esta aborigen puede pararle el macho a cualquier Lolita gringa.
– Se comprende que haya sacado de sus casillas al asalariado y que éste la violara -divagó el secretario-. Después de verla y oírla uno juraría que fue ella quien lo desvirgó.
– Alto ahí, le prohíbo esa clase de presunciones -lo reconvino el juez y el secretario palideció-. Nada de adivinanzas suspicaces. Que comparezca Gumercindo Tello.
Diez minutos después, cuando lo vio entrar al despacho, escoltado por dos guardias, el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar comprendió inmediatamente que la catalogación del secretario era abusiva. No se trataba de un lombrosiano sino de algo, en cierto sentido, muchísimo más grave: de un creyente. Con un escalofrío nemotécnico que le erizó los vellos del pescuezo, el juez, al ver la cara de Gumercindo Tello, recordó la inmutable mirada del hombre de la bicicleta y la revista “Despierta" con el que había tenido pesadillas, esa mirada tranquilamente testaruda del que sabe, del que no tiene dudas, del que ha resuelto los problemas. Era un muchacho que sin duda no había cumplido aún los treinta años, y cuyo físico enteco, puro hueso y pellejo, pregonaba a los vientos el desprecio que le merecían la comida y la materia, con los cabellos cortados casi al rape, moreno y más bien bajo. Vestía un gris neblina, no dandy ni mendigo, sino medio pelo, seco ya pero muy arrugado por culpa de las bautismales zambullidas, una camisa blanca y unos botines con herrajes. Bastó un vistazo al juez -hombre de olfato antropológico- para saber que sus señas anímicas eran: discreción, sobriedad, ideas fijas, imperturbabilidad y vocación de espíritu. Con mucha crianza, apenas cruzó el umbral, deseó al juez y al secretario unos cordiales buenos días.
El Dr. Dn. Barreda y Zaldívar ordenó a los guardias que le quitaran las esposas y salieran. Era una costumbre que había nacido con su carrera judiciaclass="underline" aun a los más crapulosos criminales los había interrogado a solas, sin coacción, paternalmente, y en esos tête à tête, éstos solían abrirle su corazón como penitente a confesor. Nunca había tenido que lamentar esta arriesgada práctica. Gumercindo Tello se frotó las muñecas y agradeció la prueba de confianza. El juez le señaló un asiento y el mecánico se sentó, al borde mismo, en actitud erecta, como un hombre al que la noción misma de comodidad incomodaba. El juez compuso mentalmente la divisa que sin duda regía la vida del Testigo: levantarse de la cama con sueño, de la mesa con hambre y (si alguna vez iba) salirse del cine antes del final. Intentó imaginarlo banderillado, incendiado por la infantil vampiresa de la Victoria, pero en el acto canceló esa operación imaginaria como lesiva a los derechos de la defensa. Gumercindo Tello se había puesto a hablar: