– Es verdad que no prestamos servidumbre a gobiernos, partidos, ejércitos y demás instituciones visibles, que son todas hijastras de Satán -decía con dulzura-, que no juramos fidelidad a ningún trapo con colorines, ni vestimos uniformes, porque no nos engatusan los oropeles ni los disfraces y que no aceptamos los injertos de piel o de sangre, porque lo que Dios hizo la ciencia no lo deshará. Pero nada de eso quiere decir que no cumplamos nuestras obligaciones. Señor juez, estoy a sus órdenes para lo que se le ofrezca y sepa que ni aun con motivos le faltaría el respeto.
Hablaba de manera pausada, como para facilitar la tarea del secretario, que iba acompañando con música mecanográfica su perorata. El juez le agradeció sus amables propósitos, le hizo saber que respetaba todas las ideas y creencias, muy en especial las religiosas, y se permitió recordarle que no estaba detenido por las que profesaba sino bajo acusación de haber golpeado y violentado a una menor.
Una sonrisa abstracta cruzó el rostro del muchacho de Moquegua.
– Testigo es el que testimonia, el que testifica, el que atestigua -reveló su versación en el saber semántico, mirando fijamente al juez-, el que sabiendo que Dios existe lo hace saber, el que conociendo la verdad la hace conocer. Yo soy Testigo y ustedes dos también podrían serlo con un poco de voluntad.
– Gracias, para otra ocasión -lo interrumpió el juez, levantando el grueso expediente y pasándoselo por los ojos como si fuera un manjar-. El tiempo apremia y esto es lo que importa. Vamos al grano. Y, para principiar, un consejo: lo recomendable, lo que le conviene es la verdad, la limpia verdad.
El acusado, conmovido por alguna rememoración secreta, suspiró hondo.
– La verdad, la verdad -murmuró con tristeza-. ¿Cuál, señor juez? ¿No se tratará, más bien, de esas calumnias, de esos contrabandos, de esas supercherías vaticanas que, aprovechando la ingenuidad del vulgo, nos quieren hacer pasar por la verdad? Modestia aparte, yo creo que conozco la verdad, pero, y se lo pregunto sin ofensa, ¿la conoce usted?
– Me propongo conocerla -dijo el juez, astutamente, palmoteando el cartapacio.
¿La verdad en torno a la fantasía de la cruz, a la broma de Pedro y la piedra, a las mitras, tal vez a la tomadura de pelo papal de la inmortalidad del alma? -se preguntaba sarcásticamente Gumercindo Tello.
– La verdad en torno al delito cometido por usted al abusar de la menor Sarita Huanca Salaverría -contraatacó el magistrado-. La verdad en torno a ese atropello a una inocente de trece años. La verdad en torno a los golpes que le propinó, a las amenazas con que la aterrorizó, al estupro con que la humilló y tal vez preñó.
La voz del magistrado se había ido elevando, acusatoria y olímpica. Gumercindo Tello lo miraba muy serio, rígido como la silla que ocupaba, sin indicios de confusión ni arrepentimiento. Por fin, meneó la cabeza con suavidad de res:
– Estoy preparado para cualquier prueba a que quiera someterme Jehová -aseguró.
– No se trata de Dios sino de usted -lo regresó a la tierra el magistrado-. De sus apetitos, de su lujuria, de su libido.
– Se trata siempre de Dios, señor juez -se empecinó Gumercindo Tello-. Nunca de usted, ni de mí, ni de nadie. De Él, sólo de Él.
– Sea usted responsable -lo exhortó el juez-. Aténgase a los hechos. Admita su falta y la Justicia tal vez lo considere. Proceda como el hombre religioso que trata de hacerme creer que es.
– Me arrepiento de todas mis culpas, que son infinitas -dijo, lúgubremente, Gumercindo Tello-. Sé muy bien que soy un pecador, señor juez.
– Bien, los hechos concretos -lo apremió el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar--. Puntualíceme, sin regodeos morbosos ni jeremiadas cómo fue que la violó.
Pero el Testigo ya había prorrumpido en sollozos, cubriéndose la cara con las manos. El magistrado no se inmutó. Estaba habituado a las bruscas alternancias ciclotímicas de los acusados y sabía aprovecharlas para la averiguación de los hechos. Viendo a Gumercindo Tello así, cabizbajo, su cuerpo agitado, sus manos húmedas de lágrimas, el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar se dijo, sobrio orgullo de profesional que comprueba la eficacia de su técnica, que el acusado había llegado a ese climático estado emotivo en el que, inapto ya para disimular, proferiría ansiosa, espontánea, caudalosamente la verdad.
– Datos, datos -insistió-. Hechos, lugares, posiciones, palabras dichas, actos actuados. ¡Vamos, valor!
– Es que no sé mentir, señor juez -balbuceó Gumercindo Tello, entre hipos-. Estoy dispuesto a sufrir lo que sea, insulto, cárcel, deshonor. ¡Pero no puedo mentir! ¡Nunca aprendí, no soy capaz!
– Bien, bien, esa incapacidad lo honra -exclamó, con gesto alentador, el juez-. Demuéstremela. Vamos, ¿cómo fue que la violó?
– Ahí está el problema -se desesperó, tragando babas, el Testigo-. ¡Es que yo no la violé!
– Voy a decirle algo, señor Tello -silabeó, suavidad de serpiente que es todavía más despectiva, el magistrado:- ¡Es usted un falso Testigo de Jehová! ¡Un impostor!
– No la he tocado, jamás le hablé a solas, ayer ni siquiera la vi -decía, corderillo que bala, Gumercindo Tello.
– Un cínico, un farsante, un prevaricador espiritual -sentenciaba, témpano de hielo, el juez-. Si la Justicia y la Moral no le importan, respete al menos a ese Dios que tanto nombra. Piense en que ahora mismo lo ve, en lo asqueado que debe estar al oírlo mentir.
– Ni con la mirada ni con el pensamiento he ofendido a esa niña -repitió, con acento desgarrador, Gumercindo Tello.
– La ha amenazado, golpeado y violado -se destempló la voz del magistrado-. ¡Con su sucia lujuria, señor Tello!
– ¿Con-mi-su-cia-lu-ju-ria? -repitió, hombre que acaba de recibir un martillazo, el Testigo.
– Con su sucia lujuria, sí señor -refrendó el magistrado, y, luego de una pausa creativa:- ¡Con su pene pecador!
– ¿Con-mi-pe-ne-pe-ca-dor? -tartamudeó, voz desfalleciente y expresión de pasmo, el acusado-. ¿Mi-pene-pe-ca-dor-ha-di-cho-us-ted?
Estrambóticos y estrábicos, saltamontes atónitos, sus ojos pasearon del secretario al juez, del suelo al techo, de la silla al escritorio y allí permanecieron, recorriendo papeles, expedientes, secantes. Hasta que se iluminaron sobre el cortapapeles Tiahuanaco que descollaba entre todos los objetos con artístico centelleo prehispánico. Entonces, movimiento tan rápido que no dio tiempo al juez ni al secretario a intentar un gesto para impedirlo, Gumercindo Tello estiró la mano y se apoderó del puñal. No hizo ningún ademán amenazador, todo lo contrario, estrechó, madre que abriga a su pequeño, el plateado cuchillo contra su pecho, y dirigió una tranquilizadora, bondadosa, triste mirada a los dos hombres petrificados de sorpresa.
– Me ofenden creyendo que podría lastimarlos -dijo con voz de penitente.
– No podrá huir jamás, insensato -le advirtió, reponiéndose, el magistrado-. El Palacio de Justicia está lleno de guardias, lo matarán.
– ¿Huir yo? -preguntó con ironía el mecánico-. Qué poco me conoce, señor juez.
– ¿No ve que se está delatando? -insistió el magistrado-. Devuélvame el cortapapeles.
– Lo he cogido prestado para probar mi inocencia -explicó serenamente Gumercindo Tello.
El juez y el secretario se miraron. El acusado se había puesto de pie. Tenía una expresión nazarena, en su mano derecha el cuchillo despedía un brillo premonitorio y terrible. Su mano izquierda se deslizó sin prisa hacia la ranura del pantalón que ocultaba el cierre relámpago y, mientras, iba diciendo con voz adolorida: