Выбрать главу

– Yo soy puro, señor juez, yo no he conocido mujer. A mí, eso que otros usan para pecar, sólo me sirve para hacer pipí…

– Alto ahí -lo interrumpió, con una sospecha atroz, el Dr. Dn. Barreda y Zaldívar--. ¿Qué va usted a hacer?

– Cortarlo y botarlo a la basura para probarle lo poco que me importa -replicó el acusado, mostrando con el mentón el cesto de papeles.

Hablaba sin soberbia, con tranquila determinación. El juez y el secretario, boquiabiertos, no atinaban a gritar. Gumercindo Tello tenía ya en la mano izquierda el cuerpo del delito y elevaba el cuchillo para, verdugo que blande el hacha y mide la trayectoria hacia el cuello del condenado, dejarlo caer y consumar la inconcebible prueba.

¿Lo haría? ¿Se privaría así, de un tajo, de su integridad? ¿Sacrificaría su cuerpo, su juventud, su honor, en pos de una demostración ético-abstracta? ¿Convertiría Gumercindo Tello el más respetable despacho judicial de Lima en ara de sacrificios? ¿Cómo terminaría ese drama forense?

VII

Los amores con la tía Julia continuaban viento en popa, pero la, cosas se iban complicando porque resultaba difícil mantener la clandestinidad. De común acuerdo, para no provocar sospechas en la familia, había reducido drásticamente mis visitas a casa del tío Lucho. Sólo seguía yendo con puntualidad al almuerzo de los jueves. Para el cine de las noches inventábamos diversas tretas. La tía Julia salía temprano, llamaba a la tía Olga para decirle que comería con una amiga y me esperaba en algún lugar acordado. Pero esta operación tenía el inconveniente de que la tía Julia debía pasarse horas en las calles, hasta que yo saliera del trabajo, y de que la mayor parte de las veces ayunaba. Otros días yo iba a buscarla en un taxi, sin bajarme; ella estaba alerta y apenas veía detenerse el automóvil salía corriendo. Pero era una estratagema riesgosa: si me descubrían, inmediatamente sabrían que había algo entre ella y yo; y, de todos modos, ese misterioso invitador, emboscado en el fondo de un taxi, terminaría por despertar curiosidad, malicia, muchas preguntas…

Habíamos optado, por eso, en vernos menos de noche y más de día, aprovechando los huecos de la Radio. La tía Julia tomaba un colectivo al centro y a eso de las once de la mañana, o de las cinco de la tarde, me esperaba en una cafetería de Camaná, o en el Cream Rica del jirón de la Unión. Yo dejaba revisados un par de boletines y podíamos pasar dos horas juntos. Habíamos descartado el Bransa de la Colmena porque allí acudía toda la gente de Panamericana y de Radio Central. De vez en cuando (más exactamente, los días de pago) la invitaba a almorzar y entonces estábamos hasta tres horas juntos. Pero mi magro salario no permitía esos excesos. Había conseguido, luego de un elaborado discurso, una mañana en que lo encontré eufórico por los éxitos de Pedro Camacho, que Genaro-hijo me aumentara el sueldo, con lo que llegué a redondear cinco mil soles. Daba dos mil a mis abuelos para ayudarlos en la casa. Los tres mil restantes me alcanzaban antes de sobra para mis vicios: el cigarrillo, el cine y los libros. Pero, desde mis amores con la tía Julia, se volatizaban velozmente y andaba siempre apurado, recurriendo con frecuencia a préstamos e, incluso, a la Caja Nacional de Pignoración, en la Plaza de Armas. Como, por otra parte, tenía firmes prejuicios hispánicos respecto a las relaciones entre hombres y mujeres y no permitía que la tía Julia pagara ninguna cuenta, mi situación económica llegaba a ser dramática. Para aliviarla, comencé a hacer algo que Javier severamente llamó "prostituir mi pluma". Es decir, a escribir reseñas de libros y reportajes en suplementos culturales y revistas de Lima. Los publicaba con seudónimo, para avergonzarme menos de lo malos que eran. Pero los doscientos o trescientos soles más al mes constituían un tónico para mi presupuesto.

Esas citas en los cafetines del centro de Lima eran poco pecaminosas, largas conversaciones muy románticas, haciendo empanaditas, mirándonos a los ojos, y, si la topografía del local lo permitía, rozándonos las rodillas. Sólo nos besábamos cuando nadie podía vernos, lo que ocurría rara vez, porque a esas horas los cafés estaban siempre repletos de oficinistas lisurientos. Hablábamos de nosotros, por supuesto, de los peligros que corríamos de ser sorprendidos por algún miembro de la familia, de la manera de conjurar esos peligros, nos contábamos con lujo de detalles todo lo que habíamos hecho desde la última vez (es decir, algunas horas atrás o el día anterior), pero, en cambio, jamás hacíamos ningún plan para el futuro. El porvenir era un asunto tácitamente abolido en nuestros diálogos, sin duda porque, tanto ella como yo, estábamos convencidos que nuestra relación no tendría ninguno. Sin embargo, pienso que eso que había comenzado como un juego, se fue volviendo serio en los castos encuentros de los cafés humosos del centro de Lima. Fue ahí donde, sin darnos cuenta, nos fuimos enamorando.

Hablábamos también mucho de literatura; o, mejor dicho, la tía Julia escuchaba y yo le hablaba, de la buhardilla de París (ingrediente inseparable de mi vocación) y de todas las novelas, los dramas, los ensayos que escribiría cuando fuera escritor. La tarde que nos descubrió Javier, en el Cream Rica del jirón de la Unión, yo estaba leyéndole a la tía Julia mi cuento sobre Doroteo Martí. Se titulaba, medievalescamente, "La humillación de la cruz" y tenía cinco páginas. Era el primer cuento que le leía, y lo hice muy despacio, para disimular mi inquietud por su veredicto. La experiencia fue catastrófica para la susceptibilidad del futuro escritor. A medida que progresaba en la lectura, la tía Julia me iba interrumpiendo:

– Pero si no fue así, pero si lo has puesto todo patas arriba -me decía, sorprendida y hasta enojada-, pero si no fue eso lo que dijo, pero si…

Yo, angustiadísimo, hacía un alto para informarle que lo que escuchaba no era la relación fiel de la anécdota que me había contado, sino un cuento, un cuento, y que todas las cosas añadidas o suprimidas eran recursos para conseguir ciertos efectos:

– Efectos cómicos -subrayé, a ver si entendía y, aunque fuera por conmiseración, sonreía.

– Pero, al contrario -protestó la tía Julia, impertérrita y feroz-, con las cosas que has cambiado le quitaste toda la gracia. Quién se va a creer que pasa tanto rato desde que la cruz comienza a moverse hasta que se cae. ¿Dónde está el chiste ahora?

Yo, aunque había ya decidido, en mi humillada intimidad, enviar el cuento sobre Doroteo Martí al canasto de la basura, estaba enfrascado en una defensa ardorosa, adolorida, de los derechos de la imaginación literaria a transgredir la realidad, cuando sentí que me tocaban el hombro.

– Si interrumpo, me lo dicen y me voy porque odio tocar violín -dijo Javier, jalando una silla, sentándose y pidiendo un café al mozo. Sonrió a la tía Julia:- Encantado, yo soy Javier, el mejor amigo de este prosista. Qué bien guardada te la tenías, compadre.

– Es Julita, la hermana de mi tía Olga -le expliqué.

– ¿Cómo? ¿La famosa boliviana? -se le fueron apagando los bríos a Javier. Nos había encontrado de la mano, no nos habíamos soltado, y ahora miraba fijo, sin la seguridad mundana de antes, nuestros dedos entrelazados-. Vaya, vaya, Varguitas.

– ¿Yo soy la famosa boliviana? -preguntó la tía Julia-. ¿Famosa por qué?

– Por antipática, por esos chistes tan pesados, cuando llegaste -la puse al día-. Javier sólo conoce la primera parte de la historia.

– La mejor me la habías ocultado, mal narrador y peor amigo -dijo Javier, recuperando la soltura y señalando las empanaditas-. Qué me cuentan, qué me cuentan.

Estuvo realmente simpático, hablando hasta por los codos y haciendo toda clase de bromas, y la tía Julia quedó encantada con él. Me alegré de que nos hubiera descubierto; no había planeado contarle mis amores, porque era reacio a confidencias sentimentales (y más todavía en este caso, tan enredado) pero ya que el azar lo había hecho partícipe del secreto, me dio gusto poder comentar con él las peripecias de esta aventura. Esa mañana se despidió besando a la tía Julia en la mejilla y haciendo una reverencia: