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– Todo listo, concubinos -oímos la voz de Javier--. Dentro de cinco minutos, en la Alcaldía. El cacaseno está esperándolos.

Saltamos de la cama, dichosos, aturdidos, y la tía Julia, roja de vergüenza, se acomodaba la ropa y yo, cerrando los ojos, como de chiquito, pensaba en cosas abstractas y respetables -números, triángulos, círculos, la abuelita, mi mamá- para que cediera la erección. En el baño del pasillo, ella primero, yo después, nos aseamos y peinamos un poco, y regresamos a la Municipalidad a paso tan rápido que llegamos sin respiración. El secretario nos hizo pasar de inmediato a la oficina del alcalde, un cuarto amplio, en el que había un escudo peruano colgado en la pared, dominando un escritorio con banderines y libros de actas, y media docena de bancas, como pupitres de colegio. Con la cara lavada y el pelo todavía húmedo, muy compuesto, el rubicundo burgomaestre nos hizo una venia ceremoniosa desde detrás del escritorio. Era otra persona: lleno de formas y de solemnidad. A ambos lados del escritorio, Javier y Pascual nos sonreían con picardía.

– Bien, procedamos -dijo el alcalde; su voz lo traicionaba: pastosa y vacilante, parecía quedársele atascada en la lengua-. ¿Dónde están los papeles?

– Los tiene usted, señor alcalde -le repuso Javier, con infinita educación-. Pascual y yo se los dejamos el viernes, para ir adelantando los trámites, ¿no se acuerda?

– Qué zampado estás que ya se te olvidó, primo -se rió Pascual, con voz también borrachosa-. Si tú mismo pediste que te los dejáramos.

– Bueno, entonces los debe tener el secretario -murmuró el alcalde, incómodo, y mirando a Pascual con disgusto, llamó:- ¡Secretario!

El hombrecito flaco y de anchos anteojos se demoró varios minutos en encontrar las partidas de nacimiento y la sentencia de divorcio de la tía Julia. Esperamos en silencio, mientras el alcalde fumaba, bostezaba y miraba su reloj con impaciencia. Al fin las trajo, escudriñándolas con antipatía. Al ponerlas sobre el escritorio, murmuró, con un tonito burocrático:

– Aquí están, señor alcalde. Hay un impedimento por la edad del joven, ya le dije.

– ¿Alguien le ha preguntado a usted algo? -dijo Pascual, dando un paso hacia él como si fuera a estrangularlo.

– Yo cumplo con mi deber -le contestó el secretario. Y, volviéndose al alcalde, insistió con acidez, señalándome:- Sólo tiene dieciocho años y no presenta dispensa judicial para casarse.

– Cómo es posible que tengas a un imbécil de ayudante, primo -estalló Pascual-. ¿Qué esperas para botarlo y traer a alguien con un poco de cacumen?

– Cállate, se te ha subido el trago y te estás poniendo agresivo -dijo el alcalde. Carraspeó, ganando tiempo. Cruzó los brazos y nos miró a la tía Julia y a mí, gravemente-. Yo estaba dispuesto a pasar por alto las proclamas, para hacerles un favor. Pero esto es más serio. Lo siento mucho.

– ¿Qué cosa? -dije yo, desconcertado-. ¿Acaso no sabía usted desde el viernes lo de mi edad?

– Qué farsa es ésta -intervino Javier-. Usted y yo quedamos en que los casaría sin problemas.

– ¿Me está pidiendo que cometa un delito? -se indignó a su vez el alcalde. Y con aire ofendido:- Además, no me levante la voz. Las personas se entienden hablando, no a gritos.

– Pero, primo, te has vuelto loco -dijo Pascual, fuera de sí, golpeando el escritorio-. Tú estabas de acuerdo, tú sabías lo de la edad, tú dijiste que no importaba. No te me vengas a hacer el amnésico ni el legalista. ¡Cásalos de una vez y déjate de cojudeces!

– No digas malas palabras delante de una dama y no vuelvas a chupar porque no tienes cabeza -dijo tranquilamente el alcalde. Se volvió al secretario y con un ademán le indicó que se retirara. Cuando nos quedamos solos, bajó la voz y nos sonrió con aire cómplice:- ¿No ven que ese sujeto es un espía de mis enemigos? Ahora que él se dio cuenta, ya no puedo casarlos. Me metería en un lío de padre y señor mío.

No hubo razones para convencerlo: le juré que mis padres vivían en Estados Unidos, por eso no presentaba la dispensa judicial, nadie en mí familia haría lío por el matrimonio, la tía Julia y yo apenas casados nos iríamos al extranjero para siempre.

– Estábamos de acuerdo, usted no puede hacernos esa perrada -decía Javier.

– No seas tan desgraciado, primo -le cogía el brazo Pascual-. ¿No te das cuenta que hemos venido desde Lima?

– Calma, no me hagan cargamontón, se me ocurre una idea, ya está, todo resuelto -dijo al fin el alcalde. Se puso de pie y nos guiñó un ojo:- ¡Tambo de Mora! ¡El pescador Martín! Vayan ahora mismo. Díganle que van de mi parte. El pescador Martín, un zambo simpatiquísimo. Los casará encantado. Es mejor así, un pueblo chiquito, nada de bulla. Martín, el alcalde Martín. Le regalan una propina y ya está. Casi no sabe leer ni escribir, ni mirará estos papeles.

Traté de convencerlo que viniera con nosotros, le hice bromas, lo adulé y le rogué, pero no hubo manera: tenía compromisos, trabajo, su familia lo esperaba. Nos acompañó hasta la puerta, asegurándonos que en Tambo de Mora todo sería cuestión de dos minutos.

En la misma puerta de la Alcaldía contratamos un viejo taxi con la carrocería remendada para que nos llevara a Tambo de Mora. Durante el viaje, Javier y Pascual hablaban del alcalde, Javier decía que era el peor cínico que había conocido, Pascual trataba de endosarle la culpa al secretario, y, de pronto, el chofer metió su cuchara y comenzó también a echar sapos y culebras contra el burgomaestre de Chincha y a decir que sólo vivía para los negociados y las coimas. La tía Julia y yo íbamos con las manos enlazadas, mirándonos a los ojos, y a ratos yo le susurraba al oído que la quería.

Llegamos a Tambo de Mora a la hora del crepúsculo y desde la playa vimos un disco de fuego hundiéndose en el mar, bajo un cielo sin nubes, en el que empezaban a brotar miríadas de estrellas. Recorrimos las dos docenas de ranchos de caña y barro que constituían el poblado, entre barcas desfondadas y redes de pescar tendidas sobre estacas para el remiendo. Olíamos a pescado fresco y a mar. Nos rodeaban negritos semidesnudos que nos comían a preguntas: quiénes éramos, de dónde veníamos, qué queríamos comprar. Por fin encontramos el rancho del alcalde. Su mujer, una negra que atizaba un brasero con un abanico de paja, quitándose el sudor de la frente con la mano, nos dijo que su marido estaba pescando. Consultó al cielo y añadió que ya estaría por volver. Fuimos a esperarlo a la playita, y, durante una hora, sentados sobre un tronco, vimos regresar a las barcas, finalizado el trabajo, y vimos la complicada operación que era arrastrarlas por la arena y descubrimos cómo las mujeres de los recién llegados, estorbadas por perros codiciosos, descabezaban y quitaban las vísceras, ahí mismo en la playa, a los pescados. Martín fue el último en volver. Estaba oscuro y había salido la luna.

Era un negro canoso y con una enorme barriga, bromista y locuaz, que, pese al fresco del anochecer, vestía sólo un viejo calzón que se le pegaba a la piel. Lo saludamos como a un ser bajado de los cielos, lo ayudamos a varar su barca y lo escoltamos hasta su rancho. Mientras caminábamos, a la escuálida luz de los fogones de las viviendas sin puertas de los pescadores, le explicamos la razón de la visita. Mostrando unos dientes grandotes de caballo, se echó a reír: