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—No me pareció una persona capaz —declaró Poirot—. He aquí mi juicio sobre su persona… No la creo con condiciones para vencer ciertas dificultades. No es de esos seres que pueden prever el peligro con suficiente anterioridad. Si alguien necesitara una víctima y mirara a su alrededor se fijaría indudablemente en ella.

Pero la señora Oliver no escuchaba ya a su invitado. Los dedos de sus dos manos se hallaban empeñados en una dura lucha por los abundantes rizos de su peinado, en un gesto familiar para Poirot.

—¡Espere! —exclamó, angustiada—. ¡Espere!

Poirot esperó con las cejas enarcadas.

—No me ha dicho su nombre —observó la señora Oliver.

—No me lo dio…

—¡Espere! —imploró la señora Oliver, en el mismo tono que antes.

Suspiró. Su peinado se deshacía. Los cabellos comenzaron a caérsele sobre los hombros. Uno de los rizos abandonó su cabeza yendo a parar al suelo. Poirot lo cogió, colocándolo discretamente encima de la mesa.

—¡Vaya!

Súbitamente, la señora Oliver pareció recobrar la calma. Distribuyó unas horquillas por su cabeza mientras reflexionaba…

—¿Quién le habló a esa chica de usted, señor Poirot?

—¡Yo qué sé! Naturalmente, ella había oído hablar de mí, sin duda…

La señora Oliver pensó que «naturalmente» no era la palabra apropiada en sus labios… Lo natural era que Poirot supiese siempre que esta persona o aquella otra había oído hablar de él. Son muchos los hombres y mujeres que nos mirarían inexpresivamente, de ser mencionado el nombre de Hércules Poirot en su presencia, especialmente si aquéllos pertenecían a la generación más reciente.

«¿Y cómo decirle esto? —se preguntó la señora Oliver—. Hay que dar con un procedimiento para no herirle en su amor propio, en su vanidad».

—Opino que anda usted descaminado —manifestó—. Las chicas… Bueno… Las chicas y los jóvenes suelen entender muy poco de detectives y otras cosas análogas. Su atención sigue otros derroteros.

—Todo el mundo tiene que haber oído hablar alguna vez de Hércules Poirot —dijo él, soberbio.

Poirot tomaba aquélla como artículo de fe…

—Es que los jóvenes de esta generación no suelen recibir la instrucción debida —dijo la señora Oliver—. No conocen más nombres famosos que los de sus cantantes favoritos, «jockeys» y otros tipos por el estilo. Bueno… Cuando una persona necesita algo especial, ponerse al habla con un médico, un detective o un dentista, lo lógico es que pregunte a alguien… ¿Quién es el que nos irá mejor? El amigo o la amiga nos contesta: «Mira, querida: tienes que ir a ver a ese hombre maravilloso que se ha establecido en la calle de la Reina Ana. Te subirá las piernas tres veces hasta la cabeza, al tiempo que te las retuerce, y te quedarás curada». Puede ocurrir que el diálogo tenga otra forma. «Me robaron todos mis diamantes. De haberse enterado, Henry se habría puesto muy furioso Entonces decidí no comunicar nada a la policía… Me valí de los servicios de un detective serio, sumamente discreto, quien ha conseguido recuperar las piedras. Así, Henry no ha llegado a saber nada del asunto…» Estas cosas se dan siempre de este modo, señor Poirot. Alguien le envió esa chica a usted.

—Permítame que dude…

—No podría enterarse de ello hasta que se lo dijeran. Y yo se lo estoy diciendo ahora. Todo procede de mí… Esa muchacha fue a verle por indicación mía.

Poirot miró fijamente a su interlocutora.

—¿Por indicación suya? ¿Y por qué no se apresuró a decírmelo?

—Porque acabo de caer en ello… Fue cuando habló de Ofelia, la de los largos y húmedos cabellos. Se me antojó la descripción de alguien que yo hubiese visto realmente. Y en fecha muy reciente. Luego, caí en la cuenta y recordé la identidad de esa chica…

—¿Quién es ella?

—La verdad es que ignoro su nombre. Lo averiguaré, sin embargo, y con relativa facilidad. Estábamos en un sitio charlando… La conversación se centró en el tema de los detectives privados… Yo aludí a usted y algunas de sus desconcertantes empresas.

—¿Y le dio mis señas?

—No, claro que no. Yo no pensé que ella necesitara ver a ningún detective, ni nada de eso. Hablábamos, simplemente… Mencioné su nombre varias veces. Nada tiene de extraño que ella, luego, consultara la guía telefónica, localizando su domicilio.

—¿Versaba la conversación sobre crímenes?

—No acierto a recordarlo… Ni siquiera sé cómo nos pusimos a hablar de los detectives privados. Ahora se me ocurre pensar que quizá fuese ella quien suscitara el tema…

—A ver, dígame todo lo que recuerde. No importa que desconozca el nombre de la chica. Cuénteme todo lo que sepa sobre ella.

—De acuerdo… La cosa ocurrió durante el último fin de semana. Yo me encontraba en casa de los Lorrimer. Me reuní con unos cuantos de sus amigos para tomar unas copas. Había varias personas allí… Yo no lo estaba pasando muy bien, porque bebo poco. O nada. En estos casos, los acompañantes se creen en la obligación de buscarle a una bebida floja, lo cual supone una molestia para ellos. Además, en esas reuniones la gente me suele decir lo mismo siempre: que le gustan mis libros, que tenían muchos deseos de conocerme personalmente… Yo acabo sintiéndome acalorada con tantas amabilidades y dejo de conducirme de una manera normal, exponiéndome a que me tomen por una estúpida. No obstante, voy saliendo airosa de tales trances, hasta ahora.

»Hay quien fija preferentemente su atención en uno de mis personajes repetidos, el detective Sven Hjrson, confesándome la admiración que inspira. ¡Si supiera el público cómo le odio yo, en cambio! Mi editor me recomienda siempre que no me exprese en términos despectivos al hablar de él. Me imagino que de ahí arrancamos para ocuparnos de los detectives privados, dentro de la vida real. Me puse a hablar de usted… La chica andaba encantada por mis alrededores, atenta a mis palabras. Cuando usted mencionó la figura de una Ofelia carente de atractivo recordé de pronto algo… Pensé: «¿Qué es lo que me recuerda?» Y me dije, a continuación: «Ya está… La chica de la reunión de aquel día». Me inclino a pensar que era la de la casa, si no estoy confundiéndola con otra muchacha.

Otro suspiro de Poirot. Con la señora Oliver siempre había que desplegar mucha paciencia.

—¿No recuerda el apellido de las personas con quienes estuvo departiendo?

—Trefusis, creo que era. No: Theherne. Una cosa así… Él es un magnate de la industria, me parece, un hombre rico. No sé qué cargo tiene en la City… Ha pasado la mayor parte de su vida, sin embargo, por tierras de África del Sur…

—¿Es casado?

—Sí. La mujer es muy bella. Le lleva muchos años él. Una cascada de rubios cabellos… Segunda esposa. La hija procede de la primera. Y en la casa hay también un tío increíblemente viejo. Bastante sordo, por cierto. Debe de haber sido un personaje eminente. Lleva no sé cuántas siglas detrás de su apellido. Creo que llegó a almirante, o a mariscal, no lo sé con exactitud. También es astrónomo, creo. Sea como sea, el caso es que del tejado de la vivienda sale la caña de un gran telescopio. Me figuro que se tratará de un pasatiempo. Asimismo, vi allí una joven extranjera, que cuida del anciano. Va a Londres con él siempre para evitar que sufra cualquier percance, que sea atropellado, por ejemplo. Se me antojó bastante linda…

Poirot iba clasificando mentalmente la información que la señora Oliver le facilitaba, y hubo momentos en que se consideró una especie de computador electrónico…

—Entonces el matrimonio Trefusis…

—No es Trefusis el apellido. Ya lo recuerdo: Es Restarick.

—Pues no se parece en nada al otro.

—Hay cierta analogía. Es un apellido normal en Cornualles, ¿no?

—Tenemos, pues, allí al señor y a la señora Restarick, con el ilustre y anciano tío… ¿Lleva el mismo apellido?

—Él es sir Roderick no sé qué más…