La suma de homicidios que le había caído a la Brigada en dos años todavía no había logrado apagar la alegría asombrada que perpetuamente agrandaba los ojos verdes del cabo Estalère, el miembro más joven del equipo. Largo y delgado, Estalère se mantenía siempre junto a la amplia e indestructible teniente Violette Retancourt, a quien rendía un culto casi religioso y de quien no se separaba mucho más de unos pocos metros.
– Dígales que vengan inmediatamente -ordenó Danglard-. No creo que estén acabando un concepto.
– No, comandante, sólo un café.
Para Adamsberg, que la asamblea se llamara reunión o coloquio no cambiaba las cosas. Poco dado a las charlas colectivas y poco proclive a distribuir órdenes, esas puestas al día generales lo aburrían tan intensamente que no recordaba haber seguido una sola de principio a fin. En algún momento, sus pensamientos desertaban de la mesa y, desde muy lejos -pero ¿desde dónde?-, oía llegar a él retazos de frases desprovistas de sentido, acerca de los domicilios, los interrogatorios, los seguimientos. Danglard vigilaba el aumento de la tasa de nubosidad en los ojos castaños del comisario y le apretaba el brazo cuando ésta alcanzaba el punto crítico. Adamsberg comprendía esa señal y volvía al mundo de los hombres, abandonando lo que algunos habrían llamado estado de estupor y que para él era una salida de emergencia vital, donde investigaba en solitario, en direcciones innominadas. Farragosas, decretaba Danglard. Farragosas, confirmaba Adamsberg.
Estaban concluyendo sobre el fallecimiento de la sexagenaria, con los honores a los tenientes Voisenet y Maurel, que habían descubierto el embrollo y demostrado que se había saboteado el ascensor. El arresto del esposo era inminente, el drama llegaba al desenlace, dejando en el ánimo de Adamsberg un rastro de tristeza, como siempre que la brutalidad ordinaria se cruzaba en su camino, en la esquina de la escalera.
La investigación sobre los homicidios de La Chapelle entraba en el lote de los crímenes canallescos. Hacía once días que el grandullón negro y el gordo blanco habían sido encontrado muertos, cada uno en un callejón sin salida, uno en el del Gué, otro en el del Curé. Ahora se sabía que el grandullón negro, Diala Toundé, de veinticuatro años, vendía ropa usada y cinturones bajo el puente, a la entrada de Clignancourt, y que el gordo blanco, Didier Paillot, alias La Paille, de veintidós años, era trilero en la calle principal del Mercado de las Pulgas. Que los dos hombres no se conocían y que su denominador común era un calibre excepcional y las uñas de luto. Motivos por los cuales Adamsberg persistía contra toda razón en negarse a transferir el expediente a los estupas.
Los interrogatorios en los edificios donde se alojaban los dos hombres, laberintos de habitaciones glaciales y de letrinas condenadas en oscuros pasillos, no habían arrojado ninguna luz, al igual que la visita a todos los bares del sector, desde la Porte de la Chapelle hasta Clignancourt. Las madres, destrozadas, habían explicado que sus pequeños eran unos chicos excelentes, mostrando una un cortaúñas y la otra un chal, que les habían regalado hacía apenas un mes. El cabo Lamarre, todo cohibido de timidez, había salido de allí hundido.
– Las viejas madres -dijo Adamsberg-. Si el mundo pudiera parecerse a los sueños de las viejas madres…
Un silencio nostálgico suspendió unos instantes el coloquio, como si cada cual recordara lo que había sido el sueño idealizado de su vieja madre para él, para ella, y si sí o no se había realizado, y hasta qué punto se había alejado.
Retancourt, como los demás, no había hecho realidad el sueño de su vieja madre, que había deseado que fuera azafata y rubia, seduciendo y calmando a los pasajeros en los pasillos de los aviones, esperanza que el metro ochenta y los ciento diez kilos de su hija habían aniquilado desde la pubertad, y de la que no había quedado más que el rubio del pelo y las capacidades de apaciguamiento, que se salían efectivamente de lo común. Anteayer había logrado hacer un agujerito en el muro que bloqueaba esa investigación.
Cansado ya, tras una semana de estancamiento, Adamsberg había arrancado a Retancourt de un asesinato familiar que la teniente estaba cerrando en una elegante mansión de Reims para lanzarla a Clignancourt, como quien echa, a la desesperada, un sortilegio sin saber muy bien qué se espera de él. Le había asignado como acompañante al teniente Noël, potente envergadura con orejas de soplillo, blindado en una cazadora de cuero, con quien Adamsberg mantenía una relación tibia. Pero Noël era apto para proteger a Retancourt en ese recorrido difícil. Al final, y habría debido imaginárselo, fue Retancourt quien protegió a Noël cuando degeneró el interrogatorio en un café, llevando el alboroto hasta la calle. La intervención maciza de Retancourt había calmado la tropa de hombres enardecidos y había arrebatado a Noël de las manos de tres tipos que deseaban hacerle tragar su partida de nacimiento, según manifestaron. Ese episodio había impresionado al dueño del bar, cansado de los combates que estallaban en su local. Olvidando la ley del silencio reinante en el Mercado de las Pulgas, y quizá impulsado por una revelación del mismo orden que la que afectaba a Estalère, había corrido tras Retancourt y depositado su carga en sus brazos.
Antes de hacer el informe, Retancourt se deshizo la corta coleta y se la volvió a recoger, único vestigio de su timidez de niña, pensaba Adamsberg.
– Según Emilio (es el dueño del café), es verdad que Diala y La Paille no se relacionaban. Separados por sólo quinientos metros, no trabajaban en las mismas zonas del mercado. Esa red geográfica, muy tupida, genera tribus que no se mezclan, con el consiguiente peligro de enfrentamientos y ajustes de cuentas. Emilio asegura que si Diala y La Paille acabaron metidos en un mismo follón, no fue por iniciativa propia, sino por la de algún agente exterior, ajeno a las costumbres del mercado.
– Un forano -dijo Lamarre, saliendo de su silencio.
Lo cual recordó a Adamsberg que el tímido Lamarre era de Granville, o sea de la Baja Normandía.
– Emilio supone que el extraño debió de elegirlos por su envergadura: para un trabajo de fuerza, para una maniobra de intimidación, para una pelea. En cualquier caso, el asunto acabó bien, porque dos días antes del asesinato fueron a tomar algo al bar. Ésa fue la primera vez que los vio juntos. Eran casi las dos de la madrugada, y Emilio quería cerrar. Pero no se atrevía a meterles prisa, porque los tipos estaban muy animados, bastante borrachos y forrados de pasta.
– No se encontró dinero, ni en los cuerpos ni en sus casas.
– Es probable que el asesino lo recuperara.
– ¿Oyó algo Emilio?
– Lo que pasa es que a Emilio le importaba un pito, él iba y venía recogiendo las mesas. Pero los dos hombres, al quedarse solos, abandonaron su cautela y se pusieron a charlar como cotorras beodas. Emilio oyó que el trabajo, muy bien pagado, sólo había durado unas horas. No mencionaron ninguna paliza, ni nada por el estilo. La cosa tuvo lugar en Montrouge, y el que les hizo el encargo los había dejado allí una vez acabada la faena. En Montrouge, de eso Emilio está seguro. Por lo demás, no tenían mucha conversación, aparte de la idea fija de que tenían tanta hambre que podrían trincarse una losa. Eso les daba mucha risa. Emilio les hizo dos bocatas y, al final, se largaron a las tres de la madrugada.
– ¿Una carga o descarga de material pesado?
– No huele a estupas -dijo Adamsberg, obstinado.
La noche anterior, en Normandía, había dejado pasar el enésimo mensaje de Mortier sin contestar al teléfono. Le habría podido alegar la fe de la madre que juraba que Diala no tocaba la droga. Pero, para el jefe de los estupas, el hecho de tener una anciana madre negra constituía en sí una presunción de culpabilidad. Adamsberg había conseguido que el inspector de división le concediera una prórroga antes del traslado del expediente, y vencía en dos días.
– Retancourt -prosiguió el comisario-, ¿observó algo Emilio en sus manos, en su ropa? ¿Tierra, barro?