Los dos hombres se tomaron su tiempo para reflexionar, mirando juntos, fijamente, la pared de enfrente.
– A veces -sugirió Adamsberg-, uno se entiende peor con su vecino que con su extraño.
– Hubo roces, antaño, entre ambos valles -confirmó el Nuevo, con la mirada todavía clavada en la pared.
– Sí. La gente se podía matar por un pedazo de terreno. -Por una brizna de hierba.
– Sí.
El Nuevo se levantó y se puso a dar vueltas en el rellano con las manos en los bolsillos. Conversación concluida, estimó Adamsberg. La reanudarían más adelante y, a ser posible, de otra manera. Se levantó a su vez.
– Cierre el trastero y reúnase con la Brigada. La teniente Retancourt lo espera para ir a Clignancourt.
Adamsberg lo saludó con una seña y bajó unos tramos de escalera bastante contrariado. Lo bastante como para olvidar en el peldaño de arriba su libreta de dibujo y tener que volver a subir. En el rellano del sexto, oyó la voz elegante de Veyrenc elevarse en la penumbra.
– Oídme, pues, señor. Apenas regresado,
una cólera injusta prepara mi caída.
¿Qué fue, tan alabada, de vuestra compasión?
¿Merezco este castigo tan sólo por mi origen?
Adamsberg subió sin ruido los últimos peldaños, estupefacto.
– ¿Es pecado, es un crimen haber visto la luz
cerca de vuestros valles? ¿Es acaso un ultraje
haber puesto mis ojos en esas mismas nubes…?
Veyrenc estaba apoyado en el marco de la puerta del cuchitril, cabizbajo, con lágrimas rojizas brillando en su pelo.
– ¿…haber corrido, niño, por vuestros verdes montes,
que los dioses me dieron, como a vos, por amigos?
Adamsberg miró a su nuevo agente cruzar los brazos y sonreír brevemente para sí.
– Ya veo -dijo el comisario con voz lenta.
El teniente se enderezó, sorprendido.
– Figura en mi expediente -dijo, a modo de extraña excusa.
– ¿A santo de qué?
– El comisario de Burdeos no podía soportarlo. Ni el de Tarbes. Ni el de Nevers.
– ¿No podía usted reprimirse?
– Señor, no lo podía, pues me veo obligado:
la sangre de mis deudos me lleva a este pecado.
– ¿Cómo lo hace? ¿En vigilia? ¿En sueños? ¿En hipnosis?
– Es de familia -dijo Veyrenc con cierta sequedad-. No puedo hacer nada para evitarlo.
– Si es de familia, la cosa cambia.
Veyrenc torció el labio, levantando las manos con ademán fatalista.
– Le propongo que volvamos juntos a la Brigada, teniente. Es posible que este cuchitril no le siente bien.
– Es verdad -dijo Veyrenc con el estómago encogido ante la evocación de Camille.
– ¿Conoce a Retancourt? Ella es quien se encarga de su formación.
– ¿Hay novedades en Clignancourt?
– Las habrá si encontramos gravilla debajo de una mesa. Ya se lo contará ella, no le ha hecho ninguna gracia.
– ¿Por qué no pasa el caso a los estupas? -preguntó Veyrenc bajando la escalera junto al comisario, con sus libros debajo del brazo.
Adamsberg bajó la cabeza sin contestar.
– ¿No puede decírmelo? -insistió el teniente.
– Sí. Pero busco cómo decírselo.
Veyrenc esperó, con la mano en la barandilla. Había oído demasiadas cosas sobre Adamsberg para pasar por alto sus rarezas.
– Esos muertos son para nosotros -dijo por fin Adamsberg-. Se vieron atrapados en una red, en una malla, en una trama. En una sombra, en los pliegues de una sombra.
Adamsberg clavaba su mirada turbia en un punto preciso de la pared, como si en él buscara las palabras que le faltaban para verter su idea. Luego renunció, y los dos hombres bajaron hasta el portal, donde Adamsberg marcó una última pausa.
– Antes de que salgamos a la calle -dijo-, antes de que nos convirtamos en compañeros de trabajo, dígame de dónde le vienen las mechas rojas.
– No creo que la historia le guste.
– Hay pocas cosas que me molesten, teniente. Pocas cosas me turban. Algunas me chocan.
– Eso dicen.
– Es verdad.
– Sufrí un ataque de niño, en el viñedo. Tenía ocho años, los chavales tenían trece o quince. Una pandilla de cinco hijos de puta. Nos tenían tirria.
– ¿Nos?
– Mi padre era propietario del viñedo, su vino estaba ganando fama, y eso provocó una competencia. Me sujetaron en el suelo y me dieron golpes en la cabeza con trozos de chatarra. Luego me reventaron el estómago con un trozo de botella.
Adamsberg, con la mano apoyada en la puerta, había suspendido sus gestos, aferrando el pomo redondo.
– ¿Sigo? -preguntó Veyrenc.
El comisario asintió levemente.
– Me dejaron en el suelo con el vientre abierto y catorce heridas en el cuero cabelludo. En las cicatrices de esos cortes, me volvió a crecer el pelo, pero rojo. No hay explicación. Es un recuerdo.
Adamsberg miró el suelo un momento y alzó los ojos hacia el teniente.
– ¿Qué es lo que no tenía que gustarme en su historia?
El Nuevo apretó los labios, y Adamsberg observó sus ojos oscuros que trataban, quizá, de hacerle bajar la mirada. Melancólicos, pero no siempre y no con todo el mundo. Los dos montañeses se miraron fijamente como dos bucardos enfrentados, inmóviles, con los cuernos enredados en una embestida callada. Fue el teniente quien, tras un breve movimiento que indicaba derrota, volvió la cabeza.
– Acabe la historia, Veyrenc.
– ¿Es indispensable?
– Creo que sí.
– ¿Y por qué?
– Porque es nuestro trabajo acabar las historias. Si quiere empezarlas, vuelva a ser profesor. Si quiere acabarlas, quédese de policía.
– Entiendo.
– Claro. Por eso está aquí.
Veyrenc dudó, levantó el labio en una falsa sonrisa.
– Los cinco chavales venían del valle del Gave.
– De mi valle.
– Eso es.
– Vamos, Veyrenc, acabe la historia.
– Ya está acabada.
– No. Los cinco chavales venían del valle del Gave. Venían del pueblo de Caldhez.
Adamsberg giró el pomo.
– Vamos, Veyrenc -dijo con suavidad-. Buscamos una piedra.
XII
Retancourt dejó caer todo su peso en una silla de plástico del café de Emilio.
– Sin ánimo de ofender -dijo Emilio aproximándose a ella-, si aparece demasiado la pasma por aquí, ya puedo cerrar el bar.
– Encuéntrame una piedrecita, Emilio, y te dejo en paz. Y tres cervezas.
– Sólo dos -intervino Estalère-. No puedo beber -se excusó mirando primero al Nuevo y luego a Retancourt-. No sé por qué, pero me marea.
– Pero, Estalère, eso le pasa a todo el mundo -dijo Retancourt, siempre sorprendida por la resistente candidez de ese chico de veintisiete años.
– Ah -dijo Estalère-. ¿Es normal?
– No sólo es normal, sino que es el objetivo.
Estalère frunció el ceño, sin querer, por nada del mundo, dar a Retancourt la impresión de que le reprochaba algo. Si Retancourt pedía cerveza durante las horas de trabajo, era que debía de estar no sólo permitido, sino recomendado.
– No estamos de servicio -le dijo Retancourt sonriendo-. Buscamos una piedrecita. No tiene nada que ver.
– Le guardas rencor -afirmó el joven.
Retancourt esperó que Emilio trajera las cervezas. Alzó su vaso hacia el Nuevo.
– Bienvenido. No consigo recordar tu nombre.
– Veyrenc de Bilhc, Louis -dijo Estalère, feliz de haber memorizado tan rápido el nombre completo.
– Diremos Veyrenc -propuso Retancourt.
– De Bilhc -precisó el Nuevo.
– ¿Tanto te importa el «de»?
– Me importa el vino. Es el nombre de un viñedo.
Veyrenc acercó su vaso al de su colega, sin brindar. Había oído muchas cosas acerca de las aptitudes fuera de serie de la teniente Violette Retancourt, pero de momento sólo veía una mujer rubia, muy alta y gorda, bastante ruda, bastante alegre, en la que nada le permitía entender el temor o la devoción que inspiraba en la Brigada.