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– Dos o tres días antes de que movieran la lápida. Así que yo ya no pongo los pies allí.

– Pues nosotros sí, y usted va a acompañarnos. No lo dejaremos solo, tengo aquí una teniente que lo protegerá.

– Así que por narices, ¿eh? Con la pasma, ¿no? ¿Y lleva usted un bebé a la expedición? Pues sí que tiene usted valor.

– El bebé duerme. El bebé no tiene miedo a nada. Si va él, puede ir usted, ¿no?

Flanqueado por Retancourt y Voisenet, el guarda los condujo a paso ligero hasta la tumba, tremendamente ansioso por volver a su refugio.

– Aquí la tienen. Ésta es.

Adamsberg dirigió el haz de luz de la linterna hacia la piedra.

– Una mujer joven -dijo-. Muerta con treinta y seis años, hace más de tres meses. ¿Sabe usted cómo?

– Un accidente de coche, es todo lo que sé. Es triste.

– Sí.

Estalère se había agachado en el camino para pasar la mano por el suelo.

– Gravilla, comisario. Es la misma.

– Sí, cabo. De todos modos, tome muestras.

Adamsberg alumbró sus relojes.

– Son casi las cinco y media. Despertamos a la familia dentro de media hora. Necesitamos la autorización.

– ¿Para qué? -preguntó el guarda, que recobraba cierto aplomo en medio del grupo.

– Para quitar la losa.

– Rediez, ¿cuántas veces van a mover esta piedra?

– Si no la quitamos, ¿cómo quiere que sepamos por qué lo hicieron?

– Es bastante lógico -murmuró Voisenet.

– Pero si no cavaron -protestó el guarda-. Ya se lo he dicho, leñe. No había nada, ni un agujero de alfiler. Incluso quedaban los tallos secos de las rosas por todas partes. Eso demuestra que no tocaron nada, ¿no?

– Quizá, pero tenemos que comprobarlo.

– ¿No se fía?

– Han muerto dos tipos por esto, a los dos días del suceso. Degollados los dos. Es un precio alto sólo por haber movido una lápida. Sólo por tocar las pelotas.

El guarda se rascaba la barriga, perplejo.

– O sea que algo harían -prosiguió Adamsberg.

– Pues no veo qué.

– Pues vamos a verlo.

– Sí.

– Y para eso hay que retirar la lápida.

– Sí.

Veyrenc llamó aparte a Retancourt.

– ¿Por qué el comisario lleva dos relojes? -preguntó-. ¿Para saber qué hora es en América?

– Porque está chalado. Creo que tenía un reloj y que su novia le regaló otro. Así que se lo puso también. Y ahora ya la cosa no tiene remedio, lleva dos relojes.

– ¿Porque no se decide a elegir entre los dos?

– No, yo creo que es más sencillo. Posee dos relojes, luego lleva dos relojes.

– Ya veo.

– Aprenderás rápido.

– Tampoco he captado cómo se le ha ocurrido lo del cementerio, si estaba durmiendo.

– Retancourt -llamó Adamsberg-, los hombres se van a descansar. Vendré con un relevo en cuanto haya devuelto a Tom a su madre. ¿Puede ocuparse de la coordinación? ¿Encargarse de las autorizaciones?

– Yo me quedo con ella -propuso el Nuevo.

– ¿Ah sí, Veyrenc? -preguntó con rigidez-. ¿Cree que va a aguantar sin dormir?

– ¿Usted no?

El teniente había cerrado rápidamente los párpados, y Adamsberg lo lamentó. Choque de bucardos en la montaña, el teniente se pasaba los dedos por la extraña cabellera. Incluso de noche, las vetas rojas se distinguían con claridad.

– Tenemos trabajo, Veyrenc, y trabajo sucio -prosiguió Adamsberg más suavemente-. Si hemos podido esperar treinta y cuatro años, podremos esperar unos días más. Le propongo que nos demos una tregua.

Veyrenc pareció vacilar, pero asintió en silencio.

– De acuerdo -dijo Adamsberg alejándose-. Estaré de vuelta en una hora.

– ¿De qué habla? -preguntó Retancourt siguiendo al comisario.

– De una guerra -contestó con sequedad Adamsberg-. La guerra de los dos valles. No te metas en esto.

Retancourt se detuvo, malhumorada, haciendo volar gravilla de una patada.

– ¿Es grave? -preguntó.

– Más bien.

– ¿Qué ha hecho?

– O qué hará. Te gusta, ¿verdad, Violette? Pues no te pongas entre el árbol y la corteza, porque algún día tendrás que elegir. O él, o yo.

XV

A las diez de la mañana, la lápida había sido levantada, revelando una superficie de tierra lisa y aplanada. El guarda había dicho la verdad, el suelo estaba intacto, salpicado por todas partes de restos de rosas ennegrecidas. Los policías, cansados y decepcionados, daban vueltas alrededor de la tumba, desconcertados. ¿Qué habría decidido el viejo Angelbert ante esa derrota de sus hombres?, se preguntó Adamsberg.

– Saque fotos de todos modos -dijo al fotógrafo pecoso, un chico amable y con talento cuyo nombre olvidaba regularmente.

– Barteneau -le sopló Danglard, que también asumía la tarea de contrarrestar las deficiencias sociales del comisario.

– Barteneau, tome fotos. También de detalle.

– Ya se lo advertí -rezongó el guarda-. No hicieron nada. Ni un agujero de alfiler.

– Tiene que haber algo por fuerza -replicó Adamsberg.

El comisario estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en los brazos. Retancourt se alejó, se apoyó en un monumento funerario y cerró los ojos.

– Va a dormir un poco -explicó el comisario al Nuevo-. Es la única de la Brigada que sabe hacerlo, dormir de pie. Un día nos explicó la manera de hacerlo, y todo el mundo lo intentó. Mercadet estuvo a punto de conseguirlo. Pero justo cuando se estaba quedando dormido, se cayó.

– Me parece normal -susurró Veyrenc-. ¿Y ella no se cae?

– Precisamente no. Y vaya a comprobarlo, duerme de verdad. Puede hablarle en voz alta, nada la despierta si así lo ha decidido.

– Es una cuestión de conversión -explicó Danglard-. Convierte su energía en lo que quiere.

– Eso no nos da la clave del sistema -añadió Adamsberg.

– Igual lo único que hicieron fue mear encima -sugirió Justin, que se había sentado junto al comisario.

– ¿Encima de Retancourt?

– Encima de la tumba, caray.

– Es mucho trabajo y mucho dinero sólo para mear.

– Sí, perdón, hablaba por hablar, para relajarme.

– No se lo reprocho, Voisenet.

– Justin -corrigió Justin.

– No se lo reprocho, Justin.

– Además, tampoco me relaja mucho.

– Sólo hay dos cosas que relajan de verdad. Reír y hacer el amor. No estamos haciendo ni lo uno ni lo otro.

– Lo sospechaba.

– ¿Y dormir? -preguntó Veyrenc-. ¿No relaja?

– No, teniente, dormir descansa. No es lo mismo.

El equipo volvió a sumirse en el silencio, y el guarda preguntó si podía irse. Sí, podía.

– Deberíamos aprovechar que el elevador está aquí para volver a colocar la lápida -propuso Danglard.

– Todavía no -dijo Adamsberg, con la barbilla todavía apoyada en los brazos-. Seguimos mirando. Si no encontramos nada, los estupas nos los quitan esta noche.

– No vamos a quedarnos días aquí sólo para resistir a los estupas.

– Su madre dijo que no tocaba la droga.

– Las madres… -soltó Justin encogiéndose de hombros.

– Se relaja usted demasiado, teniente. Hay que creer a las madres.

Veyrenc iba y venía aparte, lanzando de vez en cuando una mirada intrigada a Retancourt, que dormía, en efecto, profundamente. De vez en cuando, hablaba solo.

– Danglard, trate de oír lo que farfulla el Nuevo.

– ¿De verdad quiere saberlo?

– Nos relajará un poco, estoy seguro.

– Bueno, pues el Nuevo está murmurando versos de circunstancia. Empieza por «Oh, tierra».

– ¿Y luego? -preguntó Adamsberg, un tanto desanimado.

– «Oh tierra, si te imploro, permaneces callada,

ocultando el secreto de esa noche espantosa.

¿Eres tú que te niegas, o acaso ya no puedo