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– O casi ninguna. ¿Recuerdas la estatura de la enfermera?

– No con precisión.

– ¿Y sus zapatos?

– Tampoco.

– Comprueba eso antes de hacer chirriar los vasos. Una cosa es que esté en libertad y otra es que esté en todas partes. No olvides su especialidad: mata viejos en sus camas. No anda por ahí abriendo tumbas, ni degollando gigantes en La Chapelle. No es su estilo en absoluto.

Adamsberg asintió. La racionalidad sólida de la forense lo había sacado de sus brumas. La Sombra no podía estar en todas partes, en Friburgo, en La Chapelle, en Montrouge, en su casa. Estaba sobre todo en su cabeza.

– Tienes razón -dijo.

– Limítate a trabajar como un cretino, paso a paso. El betún, los zapatos, la descripción que te he dado, los testigos que hayan podido verla con Diala o La Paille.

– En el fondo me aconsejas que trabaje con la lógica.

– Sí. ¿Conoces otra cosa?

– Sólo conozco la otra cosa.

Ariane propuso a Adamsberg acompañarlo hasta su casa, y el comisario aceptó. El trayecto en coche le daría ocasión de resolver la cuestión erótica, que seguía en suspenso. Al llegar, se había quedado dormido, habiendo olvidado todo de la Sombra, de la forense y de la tumba de Élisabeth. Ariane, de pie en la acera, sujetaba la puerta abierta sacudiéndole amablemente el hombro. Había dejado en motor encendido, señal de que no había estrictamente nada que intentar ni que resolver. Al entrar en su casa, pasó por la cocina para comprobar si las llaves estaban colgadas en la pared. No estaban.

Hombre, concluyó. Con un margen de error del doce por ciento, habría precisado Ariane.

XX

Veyrenc había abandonado el equipo de Montrouge a las tres de la tarde y había vuelto inmediatamente a su habitación, donde había dormido a pierna suelta. De modo que a las nueve de la noche ya estaba en pie, despejado y asaltado por odiosos pensamientos nocturnos de los que habría preferido huir. ¿Huir adónde y cómo? Veyrenc sabía que no había paso mientras la tragedia de los dos valles no tuviera su desenlace. Sólo entonces se abriría el horizonte.

Andaré más seguro si progreso despacio,

pues no hay combate alguno que la urgencia no arruine.

Muy cierto, se contestó Veyrenc, más relajado. Había alquilado un estudio amueblado por seis meses, y no había prisa. Encendió el pequeño televisor y se instaló tranquilamente. Documental de animales. Perfecto, muy bien. Veyrenc volvió a ver los dedos de Adamsberg aferrando el pomo de la puerta. Venían del valle del Gave. Veyrenc sonrió.

Y por esas palabras os vi palideciendo,

a vos que dominabais ha poco vuestro imperio,

recorriéndolo invicto, con sereno semblante,

sin mirar tan siquiera al soldado doliente.

Veyrenc se encendió un cigarrillo, colocó el cenicero en el reposabrazos. Una manada de rinocerontes pasaba con estrépito en la pantalla.

Es tarde, cuando veis vacilar vuestro trono,

para esperar clemencia del muchacho de antaño,

pues el muchacho es hombre, y el hombre se os parece.

Veyrenc se puso en pie, irritado. ¿Qué trono exactamente? ¿Qué príncipe y qué soldado? ¿Qué clemencia, qué cólera, y hacia quién? ¿Y quién vacila?

Estuvo una hora dando vueltas por la habitación antes de decidirse.

Sin preparación, sin una frase, ni un motivo. De modo que, cuando Camille le abrió la puerta, no encontró nada que decir. Creyó recordar, a posteriori, que ella parecía al corriente de que su vigilancia se había acabado, que daba la impresión de no estar sorprendida de verlo, quizá incluso de estar aliviada, como sabiendo lo inevitable, y recibiéndolo con tanta timidez como naturalidad. De lo que pasó luego se acordaba mejor. Entró, se quedó en pie delante de ella, le puso las manos en la cara, dijo -y sin duda era su primera frase- que podía volver a irse inmediatamente. Aun sabiendo ambos que no podría volver a irse en absoluto y que ese paso era ineludible. Que estaba acordado y decidido desde el primer día en el rellano. No existía la menor posibilidad de evitarlo. ¿Quién fue el primero en besar al otro? Él, probablemente, porque Camille era tan aventurera como inquieta. Veyrenc era incapaz de reconstruir con precisión ese momento inicial, salvo que persistía la sensación clara de alcanzar el objetivo. Fue él también quien dio los diez pasos hacia la cama llevándola de la mano. La había dejado a las cuatro de la madrugada, con un abrazo más comedido, sin que ninguno de los dos deseara comentar por la mañana esa unión previsible, escrita y casi muda.

Cuando llegó a su casa, el televisor seguía zumbando. Lo apagó, y la pantalla gris se tragó al mismo tiempo su quejido y su resentimiento.

¿Y bien, soldado?

¿Basta que una mujer se abandone a tu fuego

para hacerte olvidar el dolor de tu alma?

Y Veyrenc se durmió.

Camille dejó la luz encendida, preguntándose si llevar a cabo lo inevitable era un error o una idea acertada. En el amor, más vale lamentar lo que se ha hecho que lamentar lo que no se ha hecho. Sólo los bizantinos y sus proverbios pueden, a veces, arreglarle a una la vida casi a la perfección.

XXI

Los estupas se habían visto obligados a desistir, pero a Adamsberg también le había faltado poco. Dondequiera que pusiera su mirada, la marcha se bloqueaba y las puertas se cerraban a la investigación.

En el fondo, tampoco se estaba tan mal en esos taburetes suecos, porque no podías sentarte, pero sí encaramarte como a caballo, con las piernas colgando. Adamsberg se había instalado en uno, bastante a gusto, mirando por la ventana la triste primavera, tan embarrancada en su cielo encapotado como su investigación.

Al comisario no le gustaba estar sentado. Tras una hora de inmovilidad, experimentaba la necesidad hormigueante de levantarse y andar, aunque fuera para dar vueltas. Ese taburete demasiado alto le abría nuevas perspectivas, una postura mixta, medio sentado medio en pie, que dejaba las piernas libres de balancearse suavemente, como si se meciera uno en el vacío, como si corriera por los aires, algo muy del agrado de un paleador de nubes. A sus espaldas, sobre los cuadrados de espuma, Mercadet dormía.

Por supuesto, el humus pegado a las uñas de los dos hombres procedía de la tumba. ¿Y qué? Eso no ayudaba a saber quién los había enviado a Montrouge, ni qué habían ido a buscar en las profundidades de la tierra, acto lo suficientemente trágico como para que murieran dos días después. Adamsberg había comprobado la altura de la enfermera a primera hora, un metro sesenta y cinco. Ni demasiado alta ni demasiado baja para eliminarla de la lista.

Las informaciones acerca de la muerta enredaban aún más sus pensamientos. Élisabeth Châtel, de la aldea de Villebosc-sur-Risle, en la Alta Normandía, había sido empleada en una agencia de viajes de Évreux. No se trataba de viajes turísticos sospechosos ni de peregrinaciones salvajes, sino de benignos circuitos en autocar para personas de la tercera edad. No se había llevado el menor adorno funerario a la tumba. Las pesquisas en su domicilio no habían revelado ningún patrimonio oculto, ni pasión por ningún tipo de alhajas. Élisabeth había vivido con sobriedad, sin maquillaje ni joyas. Sus padres dijeron que era creyente y, según dieron a entender, siempre se había mantenido fuera del alcance de los hombres. No se cuidaba, como no cuidaba su vehículo, que fue lo que le causó la muerte en la peligrosa carretera de tres carriles que unía Évreux a Villebosc. Agotado el líquido de frenos, el coche fue arrollado por un camión. En cuanto al último suceso que había marcado a la familia Châtel, se remontaba a la Revolución, cuando la tribu se escindió entre constitucionales y refractarios, dejando un muerto. Los representantes de las dos facciones enemigas habían dejado de frecuentarse a partir de entonces, incluso en la muerte, ya que unos se hacían enterrar en el cementerio de Villebosc-sur-Risle, y los otros en Montrouge.