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– Difícil colaboración -dijo Adamsberg, con la barbilla apoyada en el puño.

– Sí -admitió Veyrenc.

»Los dioses misteriosos forman juegos extraños

que ignoran nuestras ansias, trastornan nuestros fines.

– Será eso, teniente, serán los dioses. Se aburren, y entonces se ponen a beber, y a jugar, y nosotros acabamos estúpidamente entre sus pies. Los dos juntos, con nuestros fines totalmente trastornados por su mero capricho.

– Usted no está obligado a hacer trabajo de campo, ¿por qué no se ha quedado en la Brigada?

– Porque busco un parafuegos.

– Ah. ¿Tienen una chimenea?

– Sí. Y cuando Tom sepa andar, será peligrosa. Busco un parafuegos.

– Había uno en la calle de la Roue. Con un poco de suerte, el puesto seguirá abierto.

– Podría haberlo dicho antes.

Media hora después, de noche, los dos hombres enfilaban una avenida sujetando entre ambos un pesado parafuegos antiguo cuyo precio había regateado Veyrenc largo y tendido mientras Adamsberg comprobaba la estabilidad del artilugio.

– Está bien -dijo Veyrenc, depositándolo junto al coche-. Bonito, sólido y bien de precio.

– Está bien -confirmó Adamsberg-. Póngalo en el asiento trasero, que yo tiro desde el otro lado.

Adamsberg volvió a sentarse al volante. Veyrenc se abrochó el cinturón a su lado.

– ¿Puedo fumar?

– Claro -dijo Adamsberg arrancando-. Yo fui fumador muchos años. Todos los críos fumaban a escondidas en Caldhez. Supongo que en Laubazac harían lo mismo.

Veyrenc abrió la ventanilla.

– ¿Por qué dice «en Laubazac»?

– Porque allí es donde vivía usted, a dos kilómetros del viñedo de Veyrenc de Bilhc.

Adamsberg conducía con suavidad, tomando las curvas sin sacudidas.

– ¿Y qué importancia tiene eso?

– Fue allí, en Laubazac, donde fue agredido. Y no en el viñedo. ¿Por qué miente, Veyrenc?

– No miento, comisario. Fue en el viñedo.

– Fue en Laubazac. En el Prado Alto, detrás de la capilla.

– ¿A quién atacaron, a usted o a mí?

– A usted.

– Entonces sé lo que digo. Si digo que fue en el viñedo, es que fue en el viñedo.

Adamsberg se detuvo en el semáforo y echó una ojeada a su colega. Veyrenc era sincero, sin lugar a dudas.

– No, Veyrenc -dijo Adamsberg volviendo a arrancar-, fue en Laubazac, en el Prado Alto. Allí aparecieron los cinco chavales del valle de Caldhez.

– Los cinco cabronazos de Caldhez.

– Exactamente. Pero nunca pusieron los pies en el viñedo. Fueron al Prado Alto, llegaron por el camino de las rocas.

– No.

– Sí. La cita era en la capilla de Camalès. Allí se le echaron encima.

– No sé qué está intentando hacer -gruñó Veyrenc-. Fue en el viñedo, y me desmayé, y mi padre vino a recogerme, y me llevaron al hospital de Pau.

– Eso fue tres meses antes. El día en que soltó la yegua y ella lo arrolló. Le rompió la tibia, su padre lo recogió y lo llevaron a Pau. A la yegua la vendieron.

– Es imposible -murmuró Veyrenc-. ¿Cómo lo sabe?

– ¿Y usted? ¿No sabía todo lo que pasaba en Caldhez? Cuando René se cayó del tejado y se salvó de milagro, ¿no se enteraron en Laubazac? Y cuando ardió la tienda de ultramarinos, ¿no se enteraron?

– Sí, claro.

– ¿Lo ve?

– Pero fue en el viñedo, joder.

– No, Veyrenc. La huida de la yegua y el ataque de los de Caldhez, dos desmayos seguidos con tres meses de distancia, dos hospitalizaciones en Pau. Mezcla usted las dos cosas. Confusión postraumática, que diría la forense.

Veyrenc se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. El coche se embarrancaba en un embotellamiento.

– No entiendo adónde quiere ir a parar, pero no.

– ¿Qué había ido a hacer al viñedo cuando llegaron los chavales?

– Había ido a ver cómo estaba la uva, había caído una tormenta fuerte esa noche.

– Pues es imposible. Porque eso fue en febrero, y ya había pasado la vendimia. Cuando lo de la yegua sí, eso fue en noviembre, y usted había ido a comprobar el estado de los racimos para la vendimia de Navidad.

– No -repitió Veyrenc-. Y, además, ¿qué más da? ¿Qué coño importa que fuera en el viñedo o en el Prado Alto de Laubazac? El caso es que me atacaron, ¿no?

– Sí.

– ¿A golpes de chatarra en la cabeza y con un casco de vidrio en el vientre?

– Sí.

– ¿Entonces?

– Entonces eso sólo demuestra que usted no lo recuerda todo.

– Recuerdo perfectamente los caretos. Y contra eso usted no puede hacer nada.

– Eso no se lo discuto, lo de los caretos, pero no lo recuerda todo. Piense en ello, y un día volveremos a hablar del tema.

– Déjeme en cualquier sitio -dijo Veyrenc con voz átona-. Seguiré a pie.

– No serviría de nada. Tenemos que trabajar juntos seis meses, y a petición suya. No corremos ningún peligro, hay un parafuegos entre nosotros. Eso nos protegerá.

Adamsberg lanzó una rápida sonrisa. Sonó su móvil en el coche, interrumpiendo la guerra de los dos valles, y se lo pasó a Veyrenc.

– Es una llamada de Danglard. Conteste por mí, teniente, y acérquemelo al oído.

Danglard informó rápidamente a Adamsberg del fracaso de las investigaciones de los otros tres equipos. Ninguna mujer, ni vieja ni joven, había sido vista con Diala y La Paille.

– ¿Y cómo le ha ido a Retancourt?

– No mucho mejor. La casa está abandonada, una cañería estalló el mes pasado, se inundó la casa con diez centímetros de agua.

– ¿No ha encontrado ropa?

– Nada de momento.

– Las noticias podían esperar hasta mañana, capitán.

– Es por Binet. Lo busca y es urgente, tres llamadas a centralita esta tarde.

– ¿Quién es Binet?

– ¿No lo conoce?

– En absoluto.

– Pues él a usted sí, y muy bien. Quiere verlo urgentemente. Dice que tiene algo muy importante para usted. Por sus mensajes, parece algo grave.

Adamsberg lanzó una mirada perpleja a Veyrenc y le indicó que tomara nota del número.

– Llame a ese Binet, Veyrenc, y pásemelo.

Veyrenc marcó el número y mantuvo el teléfono junto al oído del comisario. Estaban saliendo del embotellamiento.

– ¿Binet?

– No eres fácil de localizar, bearnés.

La voz enérgica del hombre resonó en el coche, y Veyrenc levantó las cejas.

– ¿Es para usted, Veyrenc? -le preguntó Adamsberg en voz baja.

– No lo conozco -susurró Veyrenc con un gesto negativo.

El comisario frunció el ceño.

– ¿Quién es?

– Binet, Robert Binet. ¿No te acuerdas, me cago en la mar?

– No, lo siento.

– Coño, del café de Haroncourt.

– De acuerdo, Robert, ya sé. ¿Cómo has encontrado mi nombre?

– En el hotel Le Coq, fue idea de Angelbert. Le pareció que había que decírtelo enseguida. Y nos pareció lo mismo a todos. A menos que no te interese -añadió Robert súbitamente enfurruñado.

Rápido retroceso del normando, cual caracol al que han rozado los cuernos.

– Todo lo contrario, Robert. ¿Qué pasa?

– Ha aparecido otro. Y como enseguida pillaste que la cosa era grave, nos pareció que tenías que saberlo.

– ¿Otro qué, Robert?

– Destrozado, todo igual, en el bosque de Champ de Vigorne, cerca de la antigua vía del tren.

Un ciervo, maldita sea. Robert llamaba urgentemente a París por un ciervo. Adamsberg suspiró, cansado, vigilando la densa circulación, con la luz de los faros dilatada bajo la lluvia. No tenía ganas de decepcionar a Robert, ni a la asamblea de hombres que lo había acogido esa noche, cuando acompañó a Camille con bastante dolor. Pero las noches habían sido cortas, y sólo quería comer y dormir. Entró bajo el porche de la Brigada e hizo un gesto mudo a su colega indicándole que el asunto no tenía importancia y que podía irse a casa. Pero Veyrenc, que parecía varado en sus agitados pensamientos, no se movió.