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Mathias observó a sus pies el círculo de la hoguera magdaleniense.

– Voy para allá -dijo.

En el café de Opportune, que también era tienda de ultramarinos y lagar de sidra, dieron permiso a Adamsberg para guardar sus cuernas en la entrada. Todo el mundo sabía ya que Adamsberg era un madero bearnés de París, entronizado por Angelbert en Haroncourt; pero los nobles trofeos que llevaba le abrían más ampliamente las puertas que cualquier recomendación. El dueño del café, un primo apartado de Oswald, sirvió a los dos policías con diligencia y con todos los honores.

– Mathias toma el tren dentro de tres horas en la estación de Saint-Lazare -dijo Adamsberg-. Llega a las 14:34 a Évreux.

– Antes de que llegue habría que conseguir la autorización para exhumar -dijo Veyrenc-. Pero no podemos pedirla sin el aval del inspector. Y Brézillon no nos dejará el caso. Usted no le cae bien, ¿verdad?

– Nadie le cae bien a Brézillon, lo único que le gusta es echar broncas. Se entiende bien con tipos como Mortier.

– Sin su acuerdo, no habrá autorización. Por lo tanto, no sirve de nada que venga Mathias.

– Por lo menos para saber si se ha cavado un hoyo en esta tumba.

– Pero en unas horas estaremos pillados, a menos que actuemos clandestinamente. Y eso no podemos hacerlo porque nos vigila la Brigada de Évreux. Al primer golpe de pico, los tenemos encima.

– Bien resumido, Veyrenc.

El teniente dejó caer un terrón de azúcar en su café y sonrió francamente, levantando el labio en la mejilla derecha.

– Hay una cosa que podríamos intentar, pero es una vileza.

– Dígala, a ver.

– Amenazar a Brézillon con que, si no levanta el bloqueo, soltamos todo lo que hizo su hijo hace catorce años. Soy el único que sabe la verdad.

– Es una vileza.

– Sí.

– ¿Cómo lo ve?

– No se trataría de cumplir la amenaza. Sigo en muy buenos términos con Guy, el hijo, y no tengo ninguna gana de perjudicarlo después de haberlo sacado de la catástrofe cuando era joven.

– Podría ser -dijo Adamsberg poniéndose la mano en la mejilla-. Brézillon se desmoronaría a la primera palabra. Como todos los duros, no tiene fondo. Es el principio de la nuez. Aprietas, y se rompe. En cambio, intente romper la miel.

– Eso sí que me apetece -dijo bruscamente Veyrenc.

El teniente fue a la barra a pedir pan con miel y volvió a sentarse.

– Hay otra manera -dijo-. Llamo directamente a Guy. Le expongo la situación y le pido que ruegue a su padre que nos deje campo libre.

– ¿Funcionaría?

– Creo que sí.

»Un hijo puede todo, cuando pide a su padre

que no cercene el lazo con un golpe de espada.

– Y el hijo le debe a usted un favor, por lo que entiendo.

– Sin mí, ahora no sería un alto cargo.

– Pero ese favor me lo haría a mí, no a usted.

– Le diré que ésta es mi investigación, que es la ocasión ahora o nunca de demostrar lo que valgo, con un ascenso al final. Guy me ayudará.

»Feliz aquel que puede, cuando adviene el momento,

aliviar su conciencia del lastre de una deuda.

– No me refería a eso. Usted me ayudaría a mí, no a usted.

Veyrenc mojó el pan con miel en el café con un gesto bastante lucido. El teniente tenía las manos tan bien formadas como las que se ven en las pinturas antiguas, lo cual las hacía incluso ligeramente anacrónicas.

– Se supone que debo protegerlo, con Retancourt, ¿no? -dijo.

– Eso no tiene nada que ver.

– En parte sí. Si el ángel de la muerte está metido en esto, no podemos dejar el caso a Mortier.

– Aparte de la marca del pinchazo, no tenemos todavía ninguna prueba.

– Ayer me ayudó usted. Con el Prado Alto.

– ¿Ha recobrado la memoria?

– No, tiene más bien tendencia a enturbiárseme. Sin embargo, aunque se transforme el decorado, los cinco chavales no cambian, ¿verdad?

– No. Son los mismos.

Veyrenc asintió y acabó de comerse el pan.

– ¿Llamo a Guy? -preguntó.

– Venga.

Cinco horas después, en el centro de una zona que Adamsberg había aislado provisionalmente con estacas y cordel prestados por el dueño del bar, Mathias daba vueltas, con el torso desnudo, alrededor de la tumba, como un oso sacado de su letargo para venir a ayudar a dos jovenzuelos a rodear una presa. Salvo que el gigante rubio tenía veinte años menos que los otros dos, que esperaban confiados el dictamen del experto en canto de la tierra. Brézillon había cedido sin decir ni mu. El cementerio de Opportune era suyo, así como Diala, La Paille y Montrouge. Extenso territorio que la llamada de Veyrenc había despejado en un instante. Inmediatamente después, Adamsberg había pedido a Danglard que les enviara un equipo, herramientas para cavar y tomar muestras, y dos bolsas con objetos de aseo y ropa limpia. Siempre había en la Brigada unas bolsas preparadas con lo esencial para sobrevivir en caso de desplazamiento imprevisto. Disposición práctica, pero que no permitía elegir la ropa que uno heredaba.

Danglard debería haberse sentido satisfecho de la derrota de Brézillon, pero no fue así. La importancia que el Nuevo parecía adquirir para el comisario encendía en él punzantes relámpagos de celos. Gravísima falta de gusto a sus ojos, pues Danglard ambicionaba llevar su espíritu más allá de los reflejos primitivos. Pero de momento se encontraba en jaque, irritado de despecho. Acostumbrado al favor indiscutido de Adamsberg, Danglard no imaginaba que su papel y su sitio pudieran cambiar, como un arbotante edificado para la eternidad. La aparición del Nuevo hacía vacilar su mundo. En la ansiosa trayectoria que era la vida de Danglard, dos puntos le servían de referencia, de abrevadero, de parapeto: por una parte, sus hijos; por otra, la estima de Adamsberg. Sin contar que la serenidad del comisario irrigaba parcialmente su existencia por capilaridad.

Danglard no tenía intención de perder su privilegio, y lo alarmaban los tantos a favor del Nuevo. La inteligencia amplia y delicada de Veyrenc, difundida por su voz melódica, propagada por su careto armonioso y su sonrisa torcida, podía atraer a Adamsberg a sus redes. Además, ese tipo acababa de hacer saltar el dispositivo de bloqueo de Brézillon. La víspera, Danglard, como hombre sabio, había decidido guardar secreto sobre la información que había recabado dos días antes. Como hombre herido, la sacó de su carcaj y la lanzó como una saeta.

– Danglard -había pedido Adamsberg-, envíe el equipo inmediatamente, no puedo retener al prehistórico mucho tiempo. Tiene una hoguera en marcha, con sílex.

– El prehistoriador -corrigió Danglard.

– Llame también a la forense, pero no antes de mediodía. Hay que tenerla aquí cuando lleguemos al ataúd. Que cuente dos horas y media de excavación.

– Llamo a Lamarre y Estalère y los acompaño. Estaremos en Opportune a la una cuarenta.

– Quédese en la Brigada, capitán. Vamos a abrir una puta tumba, y usted no servirá de nada a cincuenta metros. Sólo necesito picadores y acarreadores de cubos.

– Los acompaño -dijo Danglard sin más explicación-. Y tengo otras noticias. Me había pedido que investigara sobre cuatro tipos.

– No es urgente, capitán.

– Comandante.

Adamsberg suspiró. Danglard solía andarse con rodeos, por refinamiento, pero a veces daba demasiados, por tormento, y esa danza sofisticada le resultaba cargante.

– Tengo un terreno que preparar, Danglard -dijo Adamsberg con voz más rápida-, estacas que plantar y cordeles que tender. Veremos eso en otro momento.

Adamsberg había cerrado su móvil y lo había hecho girar como una peonza en la mesa del café.

– ¿Qué hago yo -había comentado, más para sí mismo que para Veyrenc- con veintisiete seres humanos encima, cuando estaría tan ricamente y mil veces mejor solo, en la montaña, sentado en una piedra y con los pies en el agua?