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– El vaivén de los seres, la inquietud de las almas,

se agitan desde siempre, oscilan de por vida,

mas no impone su pena ninguna mano humana:

quien damna tiene nombre, y ese nombre es la vida.

– Lo sé, Veyrenc. Pero me gustaría no andar constantemente sin resuello en esta agitación. Veintisiete tormentos juntos cruzándose y respondiéndose como barcos en un puerto superpoblado. Debería haber una manera de pasar por encima de la espuma.

– Mas ¡ay!, señor,

no es un hombre el que vive quedándose en la orilla,

y el que allí permanece en la nada se hunde.

– Vamos a ver hacia dónde apunta la antena del móvil -dijo Adamsberg haciéndolo girar de nuevo como una peonza-. Hacia los hombres, o hacia el vacío -dijo, señalando primero la puerta de la calle y luego la ventana al campo.

– Hombres -dijo Veyrenc antes de que el aparato hubiera dejado de girar.

– Hombres -confirmó Adamsberg mirando cómo el teléfono se inmovilizaba apuntando a la puerta.

– De todos modos, el campo no estaba vacío. En el prado hay seis vacas, y un toro en el campo de al lado. Eso ya es un principio de embrollo, ¿no?

Al igual que en Montrouge, Mathias se había situado junto a la tumba y paseaba sus grandes manos por la tierra, deteniendo los dedos y reanudando, siguiendo las cicatrices impresas en el suelo. Veinte minutos después, despejaba con la paleta el contorno de un hoyo de un metro sesenta de diámetro en la cabecera de la sepultura. Formando un corro, Adamsberg, Veyrenc y Danglard lo observaban, mientras Lamarre y Estalère cerraban la zona ajustando una banderola de plástico amarillo.

– Lo mismo -dijo Mathias a Adamsberg enderezándose-. Aquí te dejo, ya sabes lo que hay.

– Pero sólo tú podrás decirnos si son los mismos excavadores. Podemos destrozar los bordes del hoyo al vaciarlo.

– Es probable -reconoció Mathias-, sobre todo en tierra arcillosa. El relleno va a pegarse a las paredes.

Mathias acabó de vaciar el hoyo a las cinco y media, bajo un sol en declive. A su parecer, y según las huellas de las herramientas, dos personas se habían relevado para cavar, y eran seguramente los mismos hombres que en Montrouge.

– Uno lanza la piqueta desde muy alto y corta casi en vertical, el otro toma menos impulso, y los tajos son más cortos.

– Eran -dijo la forense, que se había reunido con el grupo hacía veinte minutos.

– Por lo asentada que está la tierra de relleno y por la altura de la hierba, supongo que la operación debió de llevarse a cabo hará cosa de un mes -prosiguió Mathias.

– Un poco antes que en Montrouge, probablemente.

– ¿Cuánto lleva enterrada esta mujer?

– Cuatro meses.

– Pues te dejo -dijo Mathias con una mueca.

– ¿Cómo está el féretro? -preguntó Justin.

– La tapa está hundida. No he mirado más.

Curioso contraste, pensaba Adamsberg, ver a ese gigante rubio regresar hacia el coche que lo llevaría a Évreux, mientras Ariane avanzaba para relevarlo, poniéndose el mono sin acusar la menor aprensión. No habían traído escalera, y Lamarre y Estalère bajaron a la forense hasta el fondo del hoyo. La madera del ataúd crujió en varias ocasiones, y los agentes retrocedieron ante la emanación pestilente que ascendió hacia ellos.

– Os dije que os pusierais las mascarillas antes -dijo Adamsberg.

– Enciende los proyectores, Jean-Baptiste -dijo la voz tranquila de la forense-, y bájame una antorcha. Aparentemente, todo está intacto, como con Élisabeth Châtel. Como si hubieran abierto los ataúdes sólo para echar una ojeada.

– Quizá un adepto de Maupassant -murmuró Danglard, que, con la mascarilla bien pegada a la nariz, se esforzaba en no alejarse demasiado de los demás.

– ¿Es decir, capitán? -preguntó Adamsberg.

– Maupassant imaginó un hombre obsesionado por la pérdida de su amada y desesperado por no volver a ver nunca más los rasgos únicos de su amiga. Decidido a contemplarlos por última vez, cava en la tumba hasta el rostro adorado. Que ya no se parece a la que idolatraba. No obstante, la abraza en la pestilencia y, al no llevar ya el perfume de su amante, lo acompaña el olor de la muerte.

– Bien -dijo Adamsberg-. Es muy agradable.

– Es Maupassant.

– Pero sigue siendo una historia. Y las historias se escriben para impedir que sucedan en la vida.

– Nunca se sabe.

– Jean-Baptiste -llamó la forense-. ¿Sabes cómo murió?

– Todavía no.

– Te lo voy a decir: por aplastamiento de la parte trasera del cráneo. Le dieron un golpe formidable, o algo le cayó encima.

Adamsberg se alejó, pensativo. Un accidente en el caso de Élisabeth, un accidente en éste, o asesinatos. La mente del comisario se enturbiaba. Matar mujeres para abrir sus tumbas tres meses después superaba el entendimiento. Esperó, sentado en la hierba húmeda, a que Ariane acabara su inspección.

– Nada más -dijo la forense mientras la sacaban del hoyo-. No le han quitado ni un diente. Tengo la impresión de que la exhumación se centró más en la parte superior de la cabeza. Es posible que el excavador quisiera cortar un mechón de pelo del cadáver. O un ojo -añadió tranquilamente-. Pero a estas alturas ya…

– Lo sé, Ariane -interrumpió Adamsberg-. Ya no tiene ojos.

Danglard fue a refugiarse a la iglesia, al borde de la náusea. Se cobijó entre dos contrafuertes, obligándose a estudiar el aparejo típico de la pequeña iglesia, en escaques de sílex negro y rojizo. Pero las voces atenuadas le llegaban a pesar de todo.

– Si se trata de cortar un mechón de pelo -decía Adamsberg-, mejor habría sido hacerlo antes de enterrarla.

– De haber tenido acceso al cuerpo.

– Me parecería concebible un fervor así más allá de la muerte, a la Maupassant, si se tratara de un solo cadáver de mujer; pero no tratándose de dos. ¿Puedes ver si han tocado el pelo?

– No -dijo la forense quitándose los guantes-. Llevaba el pelo corto y no se puede detectar ningún corte. Es posible que estés ante una profanación fetichista, una obsesión tan desquiciada que no duda en alquilar los servicios de dos excavadores para satisfacerla. Cuando quieras, puedes volver a tapar, Jean-Baptiste, hemos visto todo lo que había que ver.

Adamsberg se aproximó al hoyo y releyó el nombre de la difunta. Pascaline Villemot. La solicitud de información sobre las causas del deceso estaba en curso. Se enteraría probablemente de muchas cosas por los rumores del pueblo, antes de que le llegaran los datos oficiales. Levantó las cuernas del ciervo que se habían quedado en la hierba e hizo señas de volver a tapar.

– ¿Qué haces con esto? -preguntó Ariane quitándose el mono.

– Son cuernas de ciervo.

– Sí, ya lo veo. Pero ¿por qué las llevas?

– Porque no puedo dejarlas aquí, Ariane, ni aquí ni en el café.

– Como quieras -dijo la forense sin insistir. Ya veía en los ojos de Adamsberg que su humor había zarpado rumbo a alta mar, y de nada servía hacerle preguntas.

XXVII

Habiendo el rumor hecho su efecto, saltando de árbol en matorral, bordeando las carreteras entre Opportune-la-Haute y Haroncourt, Robert, Oswald y el marcador entraron en el pequeño café donde cenaba el equipo de policías. Era aproximadamente lo que esperaba Adamsberg.

– Me cago en la mar, nos persigue la negra -dijo Robert.

– Más bien se os adelanta -dijo Adamsberg-. Sentaos -dijo dejándoles sitio junto a él.

Esta vez, la asamblea de hombres era la de Adamsberg, y los papeles mudaban sutilmente. Los tres normandos lanzaron una mirada discreta a la bellísima mujer que comía audaz en un extremo de la mesa, tomando sorbos alternos de vino y agua.

– Es la forense -explicó Adamsberg para evitarles perder tiempo con sus circunvoluciones.

– Que trabaja contigo -dijo Robert.

– Que acaba de examinar el cadáver de Pascaline Villemot.