– Las víctimas -propuso Danglard.
– Élisabeth Châtel y Pascaline Villemot no murieron por accidente. Fueron asesinadas. Retancourt ha traído la prueba de la gendarmería de Évreux esta misma tarde. La piedra que supuestamente cayó del muro de la iglesia a la cabeza de Pascaline estaba en el suelo desde hacía al menos dos meses. Durante su estancia en la hierba, se formó un depósito de liquen negruzco en una de sus caras.
– Ahora bien, la piedra no saltó sola desde el suelo hasta la cabeza de la mujer -intervino Estalère, muy atento.
– Exactamente, cabo. Le partieron la cabeza con ella. Lo que nos permite deducir que el coche de Élisabeth fue saboteado para provocar un accidente mortal en la nacional.
– Eso no le va a gustar a Devalon -observó Mercadet-. Es lo que se llama destrozar una investigación.
Danglard sonrió, royendo el lápiz, satisfecho de que la incuria batalladora de Devalon lo condujera directamente a los problemas.
– ¿Cómo es que a Devalon no se le ocurrió examinar la piedra? -preguntó Voisenet.
– Porque es más corto que los gansos, según la opinión local -explicó Adamsberg-. Y porque Pascaline Villemot no tenía la menor razón para ser asesinada.
– ¿Cómo localizó su tumba?
– Por casualidad aparentemente.
– Imposible.
– Efectivamente. Pienso que se me ha dirigido a propósito hacia el cementerio de Opportune. El asesino nos indica la pista, sabiéndose muy por delante de nosotros.
– ¿Por qué?
– No tengo ni idea.
– Las víctimas -insertó Danglard-. Pascaline y Élisabeth.
– Tenían más o menos la misma edad. Llevaban vidas sin excesos y sin hombres, ambas eran vírgenes. La tumba de Pascaline corrió la misma suerte que la de Montrouge. El ataúd fue abierto, pero el cadáver está intacto.
– ¿La virginidad es el móvil de los asesinatos? -preguntó Lamarre.
– No. Es el criterio en la elección de las víctimas, no el móvil.
– No entiendo -dijo Lamarre frunciendo el entrecejo-. ¿Mata vírgenes, pero su objetivo no es matar vírgenes?
La interrupción bastó para desmoronar la concentración de Adamsberg, que pasó el relevo con un gesto a Danglard.
– Recordarán las conclusiones de la forense -dijo el comandante-. Diala y La Paille fueron eliminados por una mujer de un metro sesenta y dos de estatura aproximadamente, convencional, perfeccionista, que sabe manejar la jeringuilla, acertar sus golpes de escalpelo y que lleva zapatos de cuero azules. Esos zapatos llevaban betún en las suelas, lo que indica una posible patología de disociación, o al menos una voluntad de establecer una separación entre ella misma y el suelo de sus crímenes. Claire Langevin, la enfermera ángel de la muerte, presenta todas estas características.
Adamsberg había abierto su libreta sin anotar nada. Escuchaba, mientras garabateaba, el resumen de Danglard, que, a su parecer, habría sido mejor jefe de la Brigada que él.
– Retancourt ha traído unos zapatos que le pertenecieron -añadió Danglard-. Son de cuero azul. Eso no basta para fundamentar nuestra certeza, pero seguimos estrechando la investigación sobre la enfermera.
– Lo trae todo, Retancourt -observó Veyrenc en voz baja.
– Convierte su energía -explicó con aspereza Estalère.
– El ángel de la muerte es una quimera -dijo Mordent malhumorado-. Nadie la vio hablar con Diala ni con La Paille en el Mercado de las Pulgas. Es invisible, inalcanzable.
– Así es precisamente como ha actuado toda su vida -dijo Adamsberg-, como una sombra.
– No cuadra -insistió Mordent estirando su largo cuello de garza fuera del jersey gris-. Esa mujer asesinó a treinta y tres ancianos, siempre de la misma manera, sin cambiar nunca un solo detalle. Y, de repente, se transforma en otra especie de loca, se pone a buscar vírgenes, a abrir tumbas, a degollar hombres. No, no cuadra. No se transforma un cuadrado en un círculo, no se cambia una asesina de viejos por una necrófila salvaje. Con zapatos o sin ellos.
– No cuadra en absoluto -aprobó Adamsberg-. A menos que una conmoción profunda haya abierto un nuevo cráter en el volcán. La lava de la locura se derramaría entonces por otra vertiente, de manera distinta. Su estancia en prisión puede haber influido mucho, o quizá el hecho de que Alfa haya tomado conciencia de la existencia de Omega.
– Yo sé quiénes son Alfa y Omega -interrumpió con viveza Estalère-. Son los dos trozos de un homicida disociado, a cada lado de su muro.
– El ángel de la muerte es una disociada. Su arresto pudo romper su muro interior. A partir de esa catástrofe, todo cambio de actitud es posible.
– De todos modos -dijo Mordent-. Eso no nos explica por qué busca vírgenes ni lo que hace en sus tumbas.
– Eso es el abismo -dijo Adamsberg-. Y, para alcanzarla, sólo podemos partir del final del desfiladero, donde nos quedan algunos desprendimientos de sus actos. Pascaline tenía cuatro gatos. Tres meses antes de su muerte, le mataron uno. Era el único macho del grupo.
– ¿Una primera amenaza a Pascaline? -preguntó Justin.
– No lo creo. Lo mataron para extraerle las partes sexuales. Como el gato ya estaba castrado, le quitaron la verga. Danglard, explique lo del hueso.
El comandante reiteró su enseñanza acerca de los huesos peneanos, los carnívoros, los vivérridos, los mustélidos.
– ¿Quién más lo sabía entre ustedes? -preguntó Adamsberg.
Sólo se levantaron las manos de Voisenet y Veyrenc.
– Voisenet lo entiendo, es usted zoólogo. Pero usted, Veyrenc, ¿de dónde lo ha sacado?
– De mi abuelo. Cuando era joven, mataron un oso en el valle. Pasearon su cadáver de pueblo en pueblo. Mi abuelo conservó el hueso peneano. Decía que no había que perderlo ni venderlo a ningún precio.
– ¿Lo sigue teniendo?
– Sí. Está allí, en casa.
– ¿Sabe por qué era tan importante para él?
– Afirmaba que el hueso mantenía en pie la casa y a la familia protegida.
– ¿Qué tamaño tiene el hueso peneano de un gato? -preguntó Mordent.
– Así -dijo Danglard espaciando sus dedos entre dos y tres centímetros.
– Eso no aguanta una casa -dijo Justin.
– Es simbólico -dijo Mordent.
– Ya me lo imagino -dijo Justin.
Adamsberg sacudió la cabeza, sin apartar el pelo que le caía en los ojos.
– Pienso que ese hueso de gato tiene un valor más preciso para quien lo extrajo. Pienso que se trata del principio viril.
– Valor contradictorio con el de las vírgenes -objetó Mordent.
– Todo depende de lo que busque -dijo Voisenet.
– Busca la vida eterna -dijo Adamsberg-. Y ése es el móvil.
– No entiendo -dijo Estalère tras un silencio.
Y, por una vez, lo que no entendía Estalère se correspondía con la incomprensión de todos.
– En el mismo periodo de la mutilación del gato -dijo Adamsberg-, se produce el robo de un relicario en la iglesia de Mesnil, a pocos kilómetros de Opportune y de Villeneuve. Oswald tenía razón, es demasiado para una misma zona. Del relicario, el ladrón sólo se llevó cuatro huesos humanos de san Jerónimo, dejando allí uno de morro de cerdo y varios de carnero.
– Un conocedor -señaló Danglard-. No es fácil reconocer un hueso de morro de cerdo.
– ¿Tiene un hueso en el morro, el cerdo?
– Eso parece, Estalère.
– Como tampoco sabe cualquiera que el gato tiene un hueso peneano. Estamos, pues, ante una conocedora, efectivamente.
– No veo la relación -dijo Froissy- entre las reliquias, el gato y las sepulturas. Salvo que en los tres casos hay huesos.
– Lo cual no está nada mal -dijo Adamsberg-. Reliquias de santo, reliquias de macho, reliquias de vírgenes. En el presbiterio de Mesnil, a dos pasos de san Jerónimo, hay un libro antiquísimo expuesto a la vista de todos, en que se encuentran estos tres elementos en una especie de receta de cocina.