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– Atención -dijo Adamsberg-, aquí vienen nuestras vírgenes.

– ¿Presentadas? -preguntó Estalère-. ¿La asesina las presenta de alguna manera en sus tumbas?

– No. Es como «presentar un plato» -explicó Danglard-. Eso significa que hay que utilizar la misma cantidad que de reliquias pulverizadas.

– Pero ¿utilizar qué, maldita sea?

– Ésa es la cuestión -dijo Adamsberg-. ¿Qué es el «vivo de las doncellas»?

– ¿La sangre?

– ¿El sexo?

– ¿El corazón?

– Yo voto por la sangre -dijo Mordent-. Es lógico, desde una perspectiva de vida eterna. Sangre de virgen mezclada con el principio masculino que la fecunda para crear la eternidad.

– Pero ¿sangre «en diestra»?

– A la derecha -dijo Danglard con un gesto evasivo.

– ¿Desde cuándo hay sangre de la derecha y sangre de la izquierda?

– No lo veo -dijo Danglard distribuyendo una ronda de vino.

Adamsberg había apoyado la barbilla en las manos.

– Todo eso no cuadra con la apertura de una tumba -dijo-. La sangre, el sexo, el corazón, podían ser extraídos del cadáver todavía fresco de una virgen. Y no es lo que ha sucedido. En cuanto a sacar sangre o alguna parte vital tres meses después de la muerte, es claramente imposible.

Danglard hizo una mueca. Se sentía a gusto con el cariz intelectual que había tomado el debate, pero su contenido le daba asco. La sórdida disección del remedio le volvía casi odioso el gran De sanctis reliquis que tanto le había gustado antes.

– ¿Qué queda en la tumba que pueda interesar a nuestro ángel? -preguntó Adamsberg.

– Las uñas, el pelo -propuso Justin.

– Eso no la obligaba a matar a las mujeres. Podría haberlos conseguido en personas vivas.

– Quedan los huesos, en una tumba -sugirió Lamarre.

– ¿Los huesos de la pelvis, por ejemplo? -aventuró Justin-. ¿La copa de la fecundidad, que complementaría el «viril principio»?

– Eso estaría bien, Justin, si no fuera porque sólo se abrieron las partes superiores de los ataúdes, y porque la profanadora no extrajo ningún hueso, ni una lámina.

– Callejón sin salida. Lo intentamos con el resto del texto.

Veyrenc se puso en marcha, dócil.

– … molerás, con la cruz que vive en la corona eterna, adyacente en cantidad igual…

– Eso, por lo menos, está claro -dijo Mordent-, la cruz que vive en la corona eterna es la cruz de Cristo.

– Sí -dijo Danglard-. Los fragmentos supuestos de la Vera Cruz se vendieron por miles como reliquias sagradas. Calvino censa más de los que podrían transportar trescientos hombres.

– Eso nos proporciona un buen ángulo de tiro -dijo Adamsberg-. Que uno de vosotros busque si, desde que se fugó la enfermera, ha sido robado algún relicario con fragmentos de la Vera Cruz.

– De acuerdo -dijo Mercadet tomando nota.

Debido a su hipersomnia, las largas misiones de búsqueda en ficheros se confiaban con frecuencia a Mercadet, a quien los trabajos de campo resultaban casi imposibles.

– Busquen también si practicó en la zona de Mesnil-Beauchamp, quizá bajo un nombre distinto al de Clarisa Langevin y quizá mucho tiempo atrás. Lleven su foto, enséñenla.

– De acuerdo -repitió Mercadet con la misma energía efímera.

– «Clarisa» -susurró Danglard al comisario- es su monja sanguinaria. La enfermera se llama Claire.

Adamsberg se volvió hacia Danglard, con la mirada incierta y asombrada.

– Sí -dijo-. Es extraño que las haya confundido. Como dos gajos de una nuez encerrados en la misma vieja cáscara.

Adamsberg hizo seña a Veyrenc de seguir.

– … mantenidas en el mismo lugar por el radio del santo…

– Esto también es fácil -dijo Danglard con voz segura-. Se trata del sector geográfico, definido por el radio de influencia de las reliquias del santo. La unidad de lugar es lo que va a unir los diferentes componentes del remedio.

– ¿Se considera que un santo tiene un radio de acción? ¿Como una emisora?

– No está escrito en ninguna parte, pero es la creencia común. Si la gente se toma la molestia de desplazarse para hacer un peregrinaje, es en nombre de la idea de que, cuanto más se aproxime uno al santo, más fuerte es la influencia de éste.

– O sea que tiene que recoger todos los ingredientes de la receta no muy lejos de Mesnil -dijo Voisenet.

– Es lógico -dijo Danglard-. En la Edad Media, la compatibilidad de los elementos constitutivos era decisiva para hacer una pócima con éxito. La cuestión del clima también cuenta en el equilibrio de las mezclas. Está claro que un hueso de santo normando se asociará más fácilmente con un hueso de virgen normanda y de gato de la misma zona.

– De acuerdo -dijo Mordent-. ¿Y luego, Veyrenc?

– … en el vino del año, harás que con la tiesta en el suelo.

– El vino -dijo Lamarre- es para que pase todo lo demás.

– Y también es la sangre.

– La sangre de Cristo, cerramos el círculo.

– ¿Por qué «del año»?

– Porque en aquella época el vino no envejecía. Siempre era del año. Es el equivalente de nuestro vino nuevo.

– ¿Qué queda?

– Harás que con la tiesta en el suelo.

– «Tiesta» en el sentido de «cabeza» -dijo Danglard-, harás que con la tiesta en el suelo, o sea harás que caiga su cabeza al suelo.

– La vencerás -resumió Mordent-. Vencerás a la muerte, supongo, la calavera.

– De modo -dijo Mercadet- que la homicida ha reunido todos los elementos: vivo de virgen, sea lo que sea eso, reliquias de santo, un hueso de gato. Quizá le falte un fragmento de la cruz. Y sólo le queda esperar el vino nuevo y tragarse la pócima.

Se vaciaron varios vasos ante esta evocación, que parecía concluir el coloquio. Pero Adamsberg no se movió, y nadie se atrevió a irse. No se sabía si el comisario se preparaba para dormir, con la mejilla calada en la mano, o si iba a levantar la sesión. Danglard estaba a punto de rozarlo con el codo cuando volvió a la superficie, como una esponja.

– Pienso que va a asesinar a otra mujer -dijo sin despegar la mejilla de la mano-. Pienso que deberíamos tomar café.

XXXIII

– Con el vivo de las doncellas, presentadas por tres en cantidades iguales -dijo Adamsberg-. Por tres. Debemos prestar atención a eso.