– Sí.
– Que amaba a la mujer de un tipo.
– Vale.
– El rey envió al tipo a la guerra.
– De acuerdo.
– El tipo murió.
– Sí.
– Y el rey se quedó con su mujer.
– Pues ése no soy yo.
El teniente se miró las manos, concentrado, lejano.
– Sin embargo, señor, lo habríais podido.
»En plena noche oscura, vino a vos la fortuna
de librar vuestra vida de otra inoportuna.
Acechaba la muerte a quien os hizo daño,
a aquel de quien el sino hizo vuestro rival.
– De acuerdo -repitió Adamsberg.
– ¿Qué idea, qué piedad, detuvo vuestro brazo,
haciéndoos salvarlo de una muerte segura?
Adamsberg se encogió de hombros, doloridos por el cansancio.
– ¿Me vigilaba? -preguntó Veyrenc-. ¿Por ella?
– Sí.
– ¿Reconoció a los tipos en la calle?
– Cuando lo obligaron a subirse al coche -mintió Adamsberg, omitiendo lo de los micros.
– Comprendo.
– Vamos a tener que entendernos, teniente.
Adamsberg se levantó y cerró la puerta.
– Vamos a dejar que Roland y Pierrot huyan sin que nadie se dé cuenta. Sin guardia en la puerta, aprovecharán la primera ocasión que se les presente para largarse.
– ¿Un regalo? -preguntó Veyrenc con una sonrisa fija.
– A ellos no, teniente, a nosotros. Si los perseguimos, habrá acusación y proceso, ¿estamos de acuerdo?
– Ya lo creo que habrá proceso. Y condena.
– Se defenderán, Veyrenc. Su abogado alegará legítima defensa.
– ¿Cómo? Si me amenazaron en mi casa.
– Alegando que usted mató a Fernand el Bicho y al Gordo Georges, y que se disponía a cargárselos.
– Yo no los maté -dijo con sequedad Veyrenc.
– Y yo no lo ataqué ese día, en el Prado Alto -dijo Adamsberg con la misma frialdad.
– No le creo.
– Ninguno está dispuesto a creer al otro. Y ninguno de nosotros dos tiene pruebas de lo que dice, salvo la palabra del otro. El tribunal tampoco tendrá razones para creerle, Veyrenc. Roland y Pierrot se saldrán con la suya, créame, y usted tendrá problemas.
– No -interrumpió Veyrenc-. Sin prueba, no hay condena.
– Pero sí una nueva fama, teniente, y rumores. ¿Habrá matado a esos dos, no los habrá matado? Una sospecha agarrada a usted como una garrapata, que no lo abandonará nunca. Que le seguirá picando dentro de sesenta y nueve años, aunque no lo condenen.
– Entiendo -dijo Veyrenc al cabo de un momento-. Pero no me inspira confianza. ¿Qué gana usted con eso? Podría planear su huida para que vuelvan a atacarme más adelante.
– ¿En ésas estamos, Veyrenc? Según eso, piensa que fui yo quien envió a Roland y Pierrot esta noche. ¿Por eso estaba yo delante de su portal?
– Me veo obligado a planteármelo.
– ¿Y por qué lo habría salvado?
– Para cubrirse cuando se produzca el segundo ataque, que esa vez saldrá bien.
Una enfermera pasó como una exhalación y dejó dos pastillas en la mesilla de noche.
– Analgésico -dijo-. Se toma con la comida, hay que ser razonable.
– Tómeselas -dijo Adamsberg dándoselas al teniente-. Con un sorbo de caldo.
Veyrenc obedeció, y Adamsberg dejó la taza en la bandeja.
– Es verosímil -dijo el comisario volviendo a sentarse, con las piernas estiradas-. Pero no es la verdad. A veces ocurre que la mentira es verosímil y no la verdad.
– Pues dígamela.
– Tengo una razón personal para desear que huyan. No lo seguí, teniente, lo escuché. Mandé pinchar su móvil y poner un micro y un GPS en su coche.
– ¿Hasta ese punto?
– Sí. Y preferiría que no se supiera. Si hay una investigación, todo saldrá a la luz, incluidas las escuchas.
– ¿Quién lo dirá?
– La que las instaló por orden mía, Hélène Froissy. Confió en mí, me obedeció. Creyó actuar por su bien, Veyrenc. Es una mujer íntegra, y lo dirá todo.
– Ya veo -dijo Veyrenc-. Así que saldríamos ganando los dos.
– Eso es.
– Pero una fuga no es tan fácil. No pueden salir del hospital sin dejar fuera de combate a unos cuantos policías. Sería raro. Sospecharían de usted, o como mínimo sería acusado de negligencia profesional.
– Dejarán fuera de combate a unos cuantos policías. Tengo a dos jóvenes muy dispuestos que declararán que los tipos los derribaron.
– ¿Estalère?
– Sí. Y Lamarre.
– Pero habría que ver si Roland y Pierrot lo intentan. Seguramente ni se imaginan que pueden salir de este hospital. Podría haber policías en las salidas.
– Saldrán porque yo se lo pediré.
– ¿Y le harán caso?
– Claro.
– ¿Y quién me dice que no volverán a atacarme?
– Yo.
– ¿Sigue usted siendo su jefe, comisario?
Adamsberg se levantó y rodeó la cama. Echó una mirada a la hoja de temperatura, treinta y ocho grados y ocho décimas.
– Hablaremos de esto más tarde, Veyrenc, cuando seamos capaces de escucharnos, cuando haya bajado la fiebre.
XLI
A tres puertas de la habitación de Veyrenc, en la 435, Roland y Pierrot negociaban duramente con el comisario. Veyrenc se había arrastrado metro a metro hasta el umbral y, apoyado en la pared, sudando de dolor, escuchaba.
– Es trola -dijo Roland.
– Deberías darme las gracias por ofrecerte la ocasión de largarte de aquí. Si no, a ti te caerán diez años de talego, como mínimo, y tres a Pierrot. Disparar a un policía es más caro, no se perdona.
– El panocha quería matarnos -dijo Pierrot-. Es legítima defensa.
– Anticipada -precisó Adamsberg-. Y no tienes pruebas, Pierrot.
– No le hagas caso, Pierrot -dijo Roland-. El panocha irá al talego por dos asesinatos y premeditación de asesinato, y nosotros nos libraremos, y encima con indemnización, que será una pasta.
– No va a ser así en absoluto -dijo Adamsberg-. Vais a largaros y mantendréis cerrado el pico.
– ¿Por qué? -preguntó Pierrot, desconfiado-. ¿Y a santo de qué vas a dejarnos salir? Apesta a chanchullo.
– Claro. Pero es un chanchullo que sólo me afecta a mí. Vosotros os largáis, lejos, y no oímos nunca más hablar de vosotros, eso es todo lo que pido.
– ¿A santo de qué? -repitió Pierrot.
– A santo de que, si no os largáis, suelto el nombre de vuestro jefe de entonces. Y no creo que le guste mucho que le hagáis publicidad, al cabo de treinta y cuatro años.
– ¿Qué jefe? -dijo Pierrot, sinceramente sorprendido.
– Pregúntaselo a Roland -dijo Adamsberg.
– No le hagas caso -dijo Roland-, está diciendo chorradas.
– El teniente de alcalde del pueblo, encargado de obras públicas y viticultor. Lo conoces, Pierrot. El que dirige ahora una de las mayores empresas de construcción. Pagó a la banda un adelanto descomunal para dejar como nuevo al niño Veyrenc. El resto os lo pagaría cuando salierais del reformatorio. Con ese dinero, Roland montó su cadena de ferreterías y Fernand se dio la vida padre en hoteles de cinco estrellas.
– ¡Pero si yo nunca vi esa pasta! -vociferó Pierrot.
– Ni tú ni el Gordo Georges. Roland y Fernand se lo quedaron todo.
– Hijo de puta -masculló Pierrot.
– Achántala, mamón -respondió Roland.
– Di que no es verdad -ordenó Pierrot.
– No puede -dijo Adamsberg-. Es verdad. El teniente de alcalde quería quedarse con todo el viñedo de Veyrenc de Bilhc. Había decidido comprarlo a la fuerza, y amenazaba a Veyrenc padre con represalias si no aceptaba. Pero Veyrenc se aferraba a su vino. El teniente de alcalde organizó la agresión al crío contando con que el miedo haría ceder al padre.
– Mientes -aventuró Roland-. Tú no puedes saber todo eso.
– No debería haberlo sabido. Porque habías jurado guardar secreto a ese cabrón del teniente de alcalde. Pero siempre se cuenta un secreto a una persona, Roland. Y lo contaste a tu hermano. Y tu hermano se lo dijo a su novia. Y su novia se lo dijo a su prima. Que se lo dijo a su mejor amiga. Que se lo dijo a su novio. Que era mi hermano.