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La vieja escalera de madera que conducía al piso de arriba presentaba en su curva un peldaño dos centímetros más bajo que los demás. Esa anomalía había causado numerosas caídas en los primeros tiempos de vida de la Brigada, pero todos habían acabado por adaptarse. Aun así, esa mañana, en sus movimientos impacientes, dos hombres, Maurel y Kernorkian, tropezaron con el escalón.

– Pero ¿qué coño hacen? -preguntó Adamsberg al oír el estrépito en el piso de arriba.

– Se rompen la crisma por la escalera -dijo Mordent-. El helicóptero llega en un cuarto de hora. Estalère baja.

– ¿Ha comido?

– No desde ayer. Ha dormido aquí.

– Aliméntenlo. Busquen algo en el armario de Froissy.

– ¿Para qué necesita a Estalère?

– Es un especialista en Retancourt, un poco como el gato.

– Estalère lo dijo -confirmó Danglard-. Que buscaba algo intelectual.

El joven cabo se aproximaba al grupo, un tanto tembloroso. Adamsberg le puso una mano en el hombro.

– Está muerta -dijo Estalère con voz hueca-. Lo normal es que esté muerta.

– Lo normal sí. Pero Violette no es normal.

– Pero sí mortal.

Adamsberg se mordió los labios.

– ¿Por qué usamos helicóptero? -preguntó Estalère.

– Porque la Bola no seguirá las carreteras. Pasará por edificios y patios, cruzará carreteras, campos y bosques. No podremos seguirlo con los coches.

– Está lejos -dijo Estalère-. Ya no la siento. La Bola no será capaz de recorrer todo ese trecho. No tiene músculos, palmará por el camino.

– Vaya a comer, cabo. ¿Se siente con fuerzas de llevar la moto?

– Sí.

– Bien. Dé también de comer al gato. Hasta la saciedad.

– Hay otra posibilidad -dijo Estalère con voz vacía-. No es seguro que Violette haya entendido algo. No es seguro que la loca la haya raptado para que no hable.

– ¿Para qué entonces?

– Pienso que es virgen -murmuró el cabo.

– Yo también lo pienso, Estalère.

– Tiene treinta y cinco años, nació en Normandía. Y tiene un bonito pelo. Pienso que podría ser la tercera virgen.

– ¿Por qué ella? -preguntó Adamsberg anticipando ya la respuesta.

– Para castigarnos. Al tener a Violette, la asesina consigue la…

Estalère tropezó con la palabra y bajó la cabeza.

– … la materia que necesita -acabó por él Adamsberg-. Y al mismo tiempo nos hiere de muerte.

Maurel, que se frotaba la rodilla contusionada en su caída por la escalera, fue el primero en taparse los oídos al llegar el helicóptero que sobrevolaba el tejado de la Brigada.

Todos los agentes se asomaron en hilera a las ventanas, con los dedos presionando las sienes, para mirar cómo aterrizaba el gran aparato azul y gris que descendía lentamente en vertical. Danglard se aproximó al comisario.

– Prefiero ir en coche -dijo incómodo-. No serviré de nada en el helicóptero, me marearé. Ya lo paso mal en los ascensores.

– Permute con Mordent, capitán. ¿Están preparados los hombres en los coches?

– Sí. Maurel espera sus órdenes para abrir la puerta al gato.

– ¿Y si va sólo a echar una meada en la esquina? -preguntó Justin-. Sería su estilo.

– Recuperará su estilo cuando recupere a Retancourt -afirmó Adamsberg.

– Siento preguntar esto -dijo Voisenet tras un titubeo-, pero si Retancourt ya está muerta, ¿podrá el gato localizarla por el olor?

Adamsberg cerró los puños.

– Lo siento -repitió Voisenet-. Pero es importante.

– Queda su ropa, Justin.

– Voisenet -corrigió Voisenet mecánicamente.

– Su ropa llevará su olor mucho tiempo.

– Es verdad.

– Puede que sea la tercera virgen. Puede que por eso nos la hayan quitado.

– Ya lo había pensado. En cuyo caso -añadió Voisenet tras un silencio-, puede dejar su búsqueda en la Alta Normandía.

– Ya lo he hecho.

Mordent y Froissy se reunieron con Adamsberg, listos para salir. Maurel llevaba la Bola en el antebrazo.

– ¿No puede estropear el transmisor con sus zarpas, Froissy?

– No. Lo he protegido.

– Maurel, preparado. En cuanto el helicóptero haya tomado altura, suelte el gato. Y, en cuanto el gato se ponga en marcha, dé la señal a los vehículos.

Maurel miró alejarse al equipo, agacharse bajo las aspas del helicóptero, que encendía su motor. El aparato se elevó bamboleante. Maurel dejó la Bola en el suelo para protegerse los oídos del fragor del despegue, y el animal se aplastó al instante en el suelo como un charco de pelos. «Suelte el gato», había ordenado Adamsberg como quien dice «Suelte la bomba». El teniente, escéptico, recogió el animal y lo llevó hasta la salida de la Brigada. Lo que tenía bajo el brazo no era precisamente un misil de guerra.

XLVI

Francine no se levantaba antes de las once. Le gustaba pasar un largo rato despierta bajo las mantas por las mañanas, cuando todos los bichos de la noche habían regresado a sus agujeros.

Pero un ruido la había molestado aquella noche, lo recordaba. Apartó el viejo edredón -del que también se desharía, con todos los ácaros que debían infestarlo bajo la seda amarilla- y examinó su habitación. Enseguida localizó el incidente. Bajo la ventana, la línea de cemento que obturaba la fisura había caído y yacía en el suelo hecha pedazos. La luz brillaba entre la pared y el marco de madera.

Francine fue a escrutar más de cerca los desperfectos. No sólo tendría que volver a tapar esa puñetera fisura, sino que tendría que reflexionar. Averiguar por qué y cómo se había caído el cemento. ¿Acaso un animal había podido empujar con el hocico la pared exterior, tratando de entrar a la fuerza, hasta destruir el relleno? Y, si sí, ¿qué tipo de animal? ¿Un jabalí?

Francine volvió a sentarse en la cama, con lágrimas en los ojos y los pies en alto, lejos del suelo. Lo ideal habría sido instalarse en el hotel hasta que el piso estuviera a punto. Pero había echado cuentas y salía demasiado caro.

Francine se frotó los ojos y se puso las zapatillas. Había aguantado treinta y cinco años en esa granja asquerosa, así que bien podría aguantar otros dos meses. No le quedaba otro remedio. Esperar y contar los días. Dentro de un rato, se dijo para animarse, estaría en la farmacia. Y esa noche, después de tapar el agujero de debajo de la ventana, subiría a su cama con el café con ron para ver una película.

XLVII

En el helicóptero, que se cernía en vertical sobre los tejados de la Brigada, Adamsberg retenía la respiración. El punto rojo que formaba el transmisor del gato era perfectamente visible en la pantalla, pero no se desplazaba ni una pulgada.

– Mierda -dijo Froissy entre dientes.

Adamsberg puso en marcha la emisora.

– ¿Maurel? ¿Lo ha soltado?

– Sí, comisario. Está sentado en la acerca. Ha andado cuatro metros hacia la derecha y se ha quedado allí. Está mirando pasar los coches.

Adamsberg dejó caer el micro en las rodillas, mordiéndose los labios.

– Se mueve -anunció el piloto, Bastien, un hombre casi obeso que manejaba el aparato con la fluidez de un pianista.

El comisario se inclinó hacia la pantalla, con la mirada clavada en el puntito rojo, que empezaba efectivamente a moverse con lentitud.

– Va hacia la avenida Italie. Sígalo, Bastien. Maurel, dé la señal a los coches.

A las diez y diez, el helicóptero volaba por encima de París, en dirección al sur, enorme bicho pendiente de los movimientos de un gato redondo y blando, casi inepto para la vida en el exterior.

– Tuerce hacia el suroeste, va a cruzar el periférico -dijo Bastien-. Y el periférico está embotellado a más no poder. Haz que la Bola se las arregle para que no lo atropellen, rezó rápidamente Adamsberg dirigiéndose a no se sabe quién, ya que había perdido de vista a su tercera virgen. Haz que sea animal.