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– Hay un problema -dijo Voisenet, cuyos cimientos positivistas se habían desmoronado desde que Adamsberg había adivinado la existencia de un hueso en el corazón de los ciervos tan sólo paleando nubes-. Devalon se ha enterado de que estamos en Clancy y de por qué. Está en mala posición desde que falló en los asesinatos de Élisabeth y Pascaline. Exige que sea su brigada la encargada de la vigilancia de Francine Bidault.

– Mejor -dijo Adamsberg-. Mientras Francine esté protegida, que haga lo que le parezca. Llámelo, Danglard. Que Devalon asigne tres hombres armados, por turnos de las siete de la tarde a la una del mediodía siguiente, cada día, sin falta. Empezamos esta misma tarde. El que esté de guardia debe apostarse en la casa, a ser posible, en la habitación de Francine. Enviamos a Évreux la foto de la enfermera. ¿Quién se ha encargado de hacer la ronda de las agencias de alquiler de camiones?

– Yo -dijo Justin-, con Lamarre y Froissy. Nada de momento en Ile-de-France. Ninguno de los empleados recuerda a una mujer de setenta y cinco años pidiendo un nueve metros cúbicos. Han sido rotundos.

– ¿La huella azul en la nave?

– Es de betún.

– Retancourt ha hablado esta tarde -dijo Estalère-. Pero poco tiempo.

– ¿Ha citado a Corneille? -preguntó Adamsberg.

– No, no se cita con nadie. Ha hablado de zapatos. Ha dicho que había que enviar zapatos a la caravana.

Los hombres se intercambiaron miradas perplejas.

– Ha quedado tocada, la gorda -dijo Noël.

– No, Noël. Había prometido a la señora de la caravana reemplazarle el par de zapatos azules. Lamarre, ocúpese de eso, encontrará la dirección en los archivos de Retancourt.

– Después de todo lo que ha pasado, ¿es lo primero que se le ocurre decirnos? -preguntó Kernorkian.

– Así es ella -dijo Justin fatalista-. ¿No ha dicho nada más?

– Sí. Ha añadido: Pasando, dile que pase.

– ¿De la señora?

– No -dijo Adamsberg-. Ella no pasaba en absoluto de la señora.

– ¿Y a quién se refiere el «le»?

Estalère señaló a Adamsberg con la barbilla.

– Seguramente -dijo Voisenet.

– ¿De qué? -murmuró Adamsberg-. ¿De qué tengo que pasar?

– Se ha quedado tocada -repitió Noël, inquieto.

Por primera vez en su vida y desde hacía veintidós días, Francine no se había tapado la cara con el embozo. Se quedaba dormida con la cabeza al descubierto, tranquilamente apoyada en la almohada, y era infinitamente más fácil que asfixiarse bajo las sábanas sacando la nariz por el orificio de ventilación. Asimismo, sólo había llevado a cabo dos comprobaciones rápidas de los agujeros de carcoma, sin contar las nuevas perforaciones, que se extendían hacia el sur de la viga, y sin imaginarse demasiado qué pinta podía tener uno de esos asquerosos bichos.

Esa vigilancia policial era un auténtico regalo del cielo. Tres hombres se relevaban en su casa todas las noches, y la protegían incluso por las mañanas, hasta que se iba al trabajo. ¿Se podía soñar algo mejor? No había hecho preguntas acerca de las razones por las cuales se empeñaban en protegerla, por miedo a que su curiosidad indispusiera a los gendarmes y a que renunciaran a su buena idea.

Por lo que se le había dado a entender, en los últimos tiempos estaba habiendo robos, y a Francine no le pareció extraño que colocaran gendarmes por todas partes en las casas de las mujeres solas de la zona. Otras habrían protestado, pero desde luego no ella, que cada noche preparaba con gratitud una cena para el gendarme de guardia, mucho más elaborada que las que le había hecho siempre a su padre.

El rumor acerca de esas cenas finas -y del encanto de Francine- se había extendido por la Brigada de Évreux y, sin que Devalon supiera por qué, no tenía ninguna dificultad en encontrar voluntarios para encargarse de la protección de Francine Bidault. A Devalon le importaba un rábano la investigación nebulosa de Adamsberg, que para él no era más que un amasijo de inepcias. Pero no quería ni por asomo que ese tipo, que ya había hecho volar en pedazos los casos de Élisabeth Châtel y Pascaline Villemot por tres brotes de liquen en una piedra, se apoderara de su territorio. Sus hombres custodiarían la granja, y ni un solo agente de Adamsberg pondría los pies allí. Adamsberg había tenido el descaro de exigir que los hombres en turno de guardia permanecieran despiertos. Chorradas. No iba a mermar su equipo por un camelo de este calibre. Enviaba a sus cabos a casa de Francine después de su jornada normal de trabajo, con la misión de cenar y dormir sin estados de ánimo.

En la noche del tres de mayo, a las tres y treinta y cinco de la madrugada, sólo las larvas de carcoma trabajaban en las habitaciones de Francine y del cabo Grimal, en absoluto cohibidas por la presencia de un hombre armado en la casa, devorando cada una una milésima de milímetro de madera. No reaccionaron al chirrido de la puerta de la recocina, porque las larvas de carcoma son sordas. Grimal, alojado en la habitación del difunto padre, hundido bajo un edredón púrpura, se incorporó en la oscuridad, incapaz de analizar el ruido que lo había despertado, incapaz de saber si había puesto su arma a la derecha o a la izquierda de la cama, o sobre la cómoda, o en el suelo. Palpó la mesilla por si acaso, cruzó el cuarto en camiseta y calzoncillos, abrió la puerta que lo separaba de la habitación de Francine. Inerme, vio venir hacia él una sombra gris, larga, anormalmente silenciosa y lenta, que ni siquiera había interrumpido su avance al ver abrirse la puerta. La sombra no andaba de un modo normal, se deslizaba y tropezaba, pasando por el suelo en una pose indecisa pero imperturbable en su progresión. Grimal tuvo tiempo de sacudir a Francine, sin saber si quería salvarla o buscar su auxilio.

– ¡La Sombra, Francine! ¡Levántate! ¡Corre!

Francine chilló, y Grimal, aterrorizado, se aproximó a la silueta gris para cubrir la huida de la joven. Devalon no lo había preparado para el ataque, y lo maldijo en su último pensamiento. Que se vaya al infierno, con el espectro.

LVII

Adamsberg recibió la llamada de la Brigada de Évreux a las ocho y veinte de la mañana, en el bar cutre que desafiaba a la dormida Brasserie des Philosophes. Estaba tomándose un café en compañía de Froissy, que iba por el segundo del desayuno. El cabo Maurin, que llegaba de Clancy para el relevo, acababa de descubrir el cuerpo de su colega Grimal, con dos balas en el pecho que lo habían cruzado de parte a parte. Una de ellas había dado en el corazón. Adamsberg suspendió su gesto, dejó ruidosamente la taza en el plato.

– ¿Y la virgen? -preguntó.

– Desaparecida. Al parecer tuvo tiempo de huir por la ventana de la habitación del fondo. La estamos buscando.

La voz del hombre temblaba de sollozos. Grimal tenía cuarenta y dos años y siempre se había ocupado más de podar su seto que de tocar las narices a nadie.

– ¿Y su arma? -preguntó Adamsberg-. ¿Disparó?

– Estaba en la cama, comisario, estaba durmiendo. Su arma estaba encima de la cómoda de la habitación, ni siquiera tuvo tiempo de cogerla.

– Imposible -murmuró Adamsberg-. Había pedido que el agente de guardia estuviera sentado, vestido, despierto y con el arma preparada.

– Devalon pasaba, comisario. Nos enviaba allí después del trabajo. No podíamos aguantar despiertos.

– Dígale a su jefe que se vaya a arder en los infiernos.

– Ya lo sé, comisario.

Dos horas después, apretando los dientes, Adamsberg entraba con su escolta en casa de Francine. Habían encontrado a la joven llorosa, con los pies llenos de rasguños, refugiada en el pajar de los vecinos, escondida entre dos rollos de paja. Una silueta gris que vacilaba como la llama de una vela, eso era todo lo que había visto, y el brazo del gendarme que la había sacado de la cama y empujado hacia la habitación de atrás. Ya estaba corriendo hacia la carretera cuando sonaron los dos disparos.