También resultaba evidente que ella no entendía en absoluto lo que se le reprochaba. Pero, sin hacer preguntas, sin indignarse, se mostraba dócil y casi consentidora, como si otra parte de sí misma supiera perfectamente lo que hacía allí y lo aceptara provisionalmente, simple vicisitud de un destino que ella dominaba. Adamsberg había tenido tiempo de recorrer unos cuantos capítulos de su libro y reconocía en esa actitud conflictiva y pasiva los síntomas desconcertantes de los disociados. Una fractura del ser que Ariane conocía tan íntimamente que había pasado años explorándola con pasión, sin comprender que su propio caso era el alma de la investigación. Ante el interrogatorio de un policía, Alfa no entendía nada y Omega callaba, oculta, prudente, buscando la conciliación y la salida.
Adamsberg suponía que Ariane, rehén de su incalculable orgullo, ni siquiera había perdonado la ofensa de las doce ratas, no había soportado la afrenta de la camillera robándole el marido delante de todo el mundo. Eso u otra cosa. Un día, el volcán había estallado, liberando rabia y castigos en una desenfrenada sucesión de erupciones. Cuyas deflagraciones mortales ignoraba Ariane la forense. La camillera había muerto un año después en un accidente de montaña, pero no por ello volvió el esposo. Éste encontró una nueva compañera, que murió a su vez en una vía de tren. Asesinato tras asesinato, Ariane ya estaba en camino hacia su objetivo final, la conquista de un poder superior al de todas las demás mujeres. Una dominación eterna que le ahorrase el cerco nauseabundo de sus semejantes. En el corazón de esa carrera, el odio implacable hacia los demás, que nadie sabría captar a menos que algún día Omega lo expresara.
Pero Ariane había tenido que aguantar pacientemente diez años, ya que la receta del De sanctis reliquis era muy clara: Cinco veces habrá venido el tiempo de juventud cuando hayas de invertirlo. Fuera del alcance de su filo, pasa y vuelve a pasar.
Y en ese primer punto, Adamsberg y sus colaboradores habían cometido un grave error de cálculo al decidir multiplicar por cinco la edad de quince años. Atraídos hacia la pista de la enfermera, todos habían interpretado el texto de manera que correspondiera a los setenta y cinco años del ángel de la muerte. Pero en los tiempos en que se copiaba el De reliquis, quince años era una edad adulta en que la mujer ya era madre y el hombre montaba a caballo. Se abandonaba el tiempo de la juventud a los doce años. Era, pues, a los sesenta cuando llegaba el momento de invertir el avance de la muerte y pasar fuera del alcance de su guadaña. Ariane iba a cumplir sesenta años cuando inició la serie de crímenes tanto tiempo meditados.
Adamsberg había iniciado la grabación oficial, el interrogatorio de Ariane Lagarde el seis de mayo a la una y veinte de la madrugada, bajo vigilancia por homicidios premeditados y tentativa de homicidios, en presencia de los agentes Danglard, Mordent, Veyrenc, Estalère y del doctor Romain.
– ¿Qué pasa, Jean-Baptiste? -preguntaba Ariane con la mirada amablemente puesta en la pared.
– Te leo el acta de acusación en su primera redacción -explicó con suavidad Adamsberg.
Sabía todo y no sabía nada, y su mirada, cuando Adamsberg la cruzaba fugazmente, era difícilmente sostenible, agradable y altiva, comprensiva y rabiosa, en ella se debatían sucesivamente Alfa y Omega. Una mirada sin consciencia que hacía perder pie a sus interlocutores, remitiéndolos a sus locuras íntimas, a la idea intolerable de que, quizá, detrás de su propio muro se ocultaban monstruos ignorados, dispuestos a abrir en ellos el cráter de un volcán desconocido.
Adamsberg enunció la larga lista de crímenes, pendiente de algún estremecimiento, de si al menos uno de ellos encendía alguna reacción en el rostro imperial de Ariane. Pero Omega era demasiado astuta para ponerse al descubierto y, agazapada tras su velo impenetrable, escuchaba sonriendo en la sombra. Y sólo esa sonrisa un tanto rígida y mecánica revelaba su existencia de reclusa.
– … por los asesinatos de Panier, Jeannine, de veintitrés años y de Bédalan, Christiane, de veinticuatro años, amantes de Lagarde, Charles, su esposo; por haber fomentado y organizado la fuga de Langevin, Claire, de setenta y cinco años, encarcelada en la prisión de Friburgo, Alemania; por el homicidio de Karlstein, Otto, de cincuenta y seis años, vigilante en la prisión de Friburgo; por los homicidios de Châtel, Élisabeth, de treinta y seis años, secretaria de una agencia; de Villemot, Pascaline, de treinta y ocho años, empleada en una zapatería; de Toundé, Diala, de veinticuatro años, sin oficio conocido; de Paillot, Didier, de veintidós años, sin oficio conocido; por tentativa de asesinato en la persona de Retancourt, Violette, de treinta y cinco años, teniente de policía; por el asesinato de Grimal, Gilles, de cuarenta y dos años, cabo de gendarmería; por tentativa de asesinato en la persona de Bidault, Francine, de treinta y cinco años, técnica de superficie; por segunda tentativa de asesinato ante testigos en la misma persona de Retancourt, Violette; por profanación de los cuerpos de Châtel, Élisabeth, y de Villemot, Pascaline.
Adamsberg apartó la hoja, saturado. Ocho asesinatos, tres tentativas de homicidio, dos exhumaciones.
– Por la mutilación de Narciso, gato de once años -murmuró-; por la evisceración del Gran Rufo, ciervo de diez puntas, y de dos de sus congéneres anónimos. ¿Me has oído, Ariane?
– Me pregunto qué estás haciendo, eso es todo.
– Siempre me guardaste rencor, ¿verdad? Nunca me perdonaste haber anulado rus resultados en el caso Hubert Sandrin.
– Vaya. No sé por qué tienes esa idea fija.
– Cuando organizaste tu plan, elegiste mi brigada. Tu éxito, combinado con mi ruina, te parecía lo más adecuado.
– Me destinaron a tu brigada.
– Porque había una plaza vacante que solicitaste. Dejaste al doctor Romain fuera de combate haciéndole tomar excrementos de grulla.
– ¿Excrementos de grulla? -preguntó Estalère en voz baja.
Danglard alzó las manos en ademán de ignorancia. Ariane sacó un cigarrillo de su bolso, y Veyrenc le dio fuego.
– Mientras pueda fumar -dijo gentilmente a la pared-, puedes hablar todo lo que quieras. Ya me habían prevenido contra ti. No tienes sentido común. Tu madre tenía razón, el viento te pasa silbando por los oídos.
– Deja a mi madre en paz, Ariane -dijo pausadamente Adamsberg-. Danglard, Estalère y yo te vimos entrar a las once de la noche en la habitación de Retancourt con una jeringuilla llena de Novaxon. Dime qué piensas de eso.