Adamsberg se había puesto frente a ella junto a la pared, y Ariane se había vuelto inmediatamente hacia la mesa vacía.
– Pregunta a Romain -dijo-. Según él, la jeringuilla contenía un excelente antídoto contra el Novaxon, que iba a curarla con toda seguridad. Tú y Lavoisier os oponíais, so pretexto de que ese medicamento estaba todavía en fase experimental. Me limité a hacer un favor a Romain. Alguien tenía que hacerlo, ya que él no tenía fuerzas para ir en persona al hospital. Cómo iba yo a imaginar que había una historia entre Retancourt y Romain. Y que ella lo drogaba para tenerlo a su merced. Se pasaba el día metida en su casa, pegada a él como una sanguijuela. Supongo que él se habrá dado cuenta del daño que le estaba haciendo y que querría aprovechar esa ocasión para deshacerse de ella. En el estado en que estaba Retancourt, la muerte se habría atribuido a una recaída de la intoxicación.
– Por el amor de Dios, Ariane -exclamó Romain tratando de levantarse.
– Déjala -dijo Adamsberg volviendo a su silla, lo que tuvo por efecto que Ariane girara hacia el otro lado.
Adamsberg abrió su libreta, se echó hacia atrás y garabateó unos instantes. Ariane tenía talento, mucho talento. Delante de un juez, su versión podía convencer. ¿Quién iba a dudar de la palabra de la famosa forense frente al humilde doctor Romain, que había perdido sus facultades?
– Conocías bien a la enfermera -prosiguió-, la habías interrogado a menudo para tus investigaciones. Sabías quién la había detenido. Bastaba un paso para lanzarme tras su pista. Siempre y cuando la enfermera estuviera libre, naturalmente. Mataste al carcelero, la ayudaste a fugarse vestida de médico. Luego te colocaste aquí, en el meollo, con un formidable chivo expiatorio preparado para funcionar. Sólo te quedaba acabar la mixtura, tu mezcla más grandiosa.
– No te gustan las mezclas -dijo con indulgencia.
– No mucho. ¿Copiaste la receta, Ariane? ¿O te la sabías de memoria desde la infancia?
– ¿De cuál? ¿De la Granalla? ¿De la Violina?
– ¿Sabías que el cerdo tiene un hueso en el morro?
– Sí -dijo Ariane sorprendida.
– Lo sabes, efectivamente, porque lo dejaste en el relicario de san Jerónimo con los huesos de cordero. Conoces ese relicario desde siempre, igual que el De reliquis. ¿Y sabías que el gato tiene un hueso en la verga?
– No, reconozco que no.
– ¿Y que el ciervo tiene otro en forma de cruz en el corazón?
– Tampoco.
En una nueva tentativa, Adamsberg se fue hasta la puerta, y la forense se volvió tranquilamente hacia Danglard y Veyrenc, ambos transparentes a sus ojos.
– Cuando supiste que Retancourt se reponía a gran velocidad, te faltó tiempo para hacerla callar.
– Es un caso extraordinario. Tengo entendido que el doctor Lavoisier no te la quiere devolver. Por lo menos, es lo que se rumorea en Saint-Vincent-de-Paul.
– ¿Cómo sabes lo que se rumorea en el hospital?
– El oficio, Jean-Baptiste. Es un mundillo reducido.
Adamsberg llamó con el móvil. Lamarre y Maurel registraban el piso que la forense había alquilado en París.
– Al menos tenemos los zapatos -dijo Lamarre-. Son alpargatas beis, de las que se atan en los tobillos, con una suela muy alta de goma, de casi diez centímetros.
– Sí, lleva puestas las mismas en negro.
– Estaban guardadas con un abrigo largo de lana gris, muy bien doblado. Pero no hay betún en las suelas.
– Es normal, Lamarre. El betún forma parte del engaño que debía conducirnos hacia la enfermera. ¿Y la medicación?
– De momento nada, comisario.
– ¿Qué hacen en mi casa? -preguntó Ariane un poco chocada.
– Están registrando -dijo Adamsberg guardándose el móvil en el bolsillo-. Han encontrado el otro par de alpargatas.
– ¿Dónde?
– En el armario del rellano, donde los contadores de la luz, fuera del alcance de la mirada de Alfa.
– ¿Por qué iba yo a guardar mis cosas en la zona común? Ésas no son mías.
No tenemos pruebas serias, pensó Adamsberg. Y, con un personaje como Lagarde, necesitarían algo más que su intrusión en Saint-Vincent-de-Paul para pillarla. Sólo les quedaba la tenue posibilidad de la confesión, de la quiebra de la personalidad, como diría la propia Ariane. Adamsberg se frotó los ojos.
– ¿Por qué llevas estos zapatos? Son muy incómodos para andar, con esas suelas.
– Afinan la silueta, es cuestión de estilo. Tú no tienes ni idea de estilo, Jean-Baptiste.
– Sé lo que me describiste tú misma. El disociado tiene que aislarse del suelo en que comete sus crímenes. Con esas suelas, te desplazas muy por encima, como con zancos, ¿no? Y de paso aumentas tu estatura. El guarda de Montrouge y el sobrino de Oswald te vieron, gris y larga, las noches en que fuiste a localizar las tumbas, y Francine también. Pero no facilitan el caminar. Te obligan a avanzar paso a paso, de ahí ese andar lento, deslizante y vacilante que los tres señalaron.
Cansado de dar vueltas como el espejo, Adamsberg volvió a sentarse a su mesa, aceptando hablar con el hombro derecho de la inaccesible bailarina.
– Naturalmente, parece que una coincidencia me encaminó hacia Haroncourt. ¿Fatalidad? ¿Destino? No, tú haces el destino. Tú hiciste contratar a Camille para el concierto. Nunca entendió por qué la había llamado la orquesta de Leeds. Así me llevaste al lugar de los hechos. A partir de entonces, pudiste dirigirme a tu antojo, seguir los acontecimientos y sustituir el azar. Pedir a Hermance que me llamara para examinar el cementerio de Opportune. Y pedirle que dejara de alojarme, no fuera a hablar demasiado. Una mujer como tú manipula a la pobre Hermance como arcilla blanda. Porque conoces la región a fondo, es la tierra de tu tiempo de juventud, pasa y vuelve a pasar. El antiguo cura de Mesnil, el padre Raymond, era primo apartado tuyo en segundo grado. Tus padres adoptivos te criaron en el palacio de Écalart, a cuatro kilómetros de las reliquias de san Jerónimo. Y el viejo cura se ocupó tanto de ti, leyéndote sus libros antiguos, dejándote el privilegio de tocar las costillas de san Jerónimo, que la gente cuenta callando que eras su hija, «hija del pecado» dicen algunos. ¿Lo recuerdas?
– Era un amigo de la familia -recordó la forense sonriendo a su infancia y a la pared-, un pelma que me daba la paliza con sus libros de magia. Pero le tenía cariño.
– ¿Le interesaba la receta del De reliquis?
– Creo que sólo le interesaba eso. Y yo. Se le metió en la cabeza la idea de preparar esa cosa. Era un viejo chalado, con sus chifladuras. Un hombre muy especial. Para empezar, tenía un hueso peneano.
– ¿El cura? -preguntó Estalère espantado.
– Se lo había quitado al gato del vicario -dijo Ariane riendo casi-. Y luego quiso huesos de ciervo.
– ¿Qué huesos?
– Del corazón.
– Antes has dicho que no los conocías.
– Yo no, pero él sí.
– ¿Y los consiguió? ¿Preparó la receta contigo?
– No. Al pobre hombre lo destrozó una cornada del segundo ciervo. Las puntas le reventaron el vientre, y murió.
– ¿Y tú quisiste volver a empezar?
– ¿Volver a empezar qué?
– La receta, la mezcla.
– ¿Qué mezcla? ¿La Granalla?
Fin del circuito, pensó Adamsberg dibujando ochos en la hoja como hiciera con la ramilla incandescente, dejando pasar un largo silencio.
– Los que dicen que Raymond era mi padre son unos cretinos -prosiguió Ariane inopinadamente-. ¿Vas alguna vez a Florencia?