– No, voy a la montaña.
– Pues, si fueras, verías dos seres rojos cubiertos de escamas, de pústulas, testículos y mamas colgantes.
– Sí, por qué no.
– Nada de «por qué no», Jean-Baptiste. Los verías y punto.
– ¿Y qué? ¿Qué pasaría?
– Nada. Están pintados en un cuadro de Fra Angelico. No vas a ponerte a hablar con un cuadro, ¿o sí?
– No, de acuerdo.
– Son mis padres.
Ariane dirigió a la pared una sonrisa indecisa.
– Así que deja de tocarme las narices con el tema, haz el favor.
– Yo no lo he sacado.
– Están allí, déjalos allí.
Adamsberg lanzó una mirada a Danglard, que le dio a entender mediante signos que Fra Angelico existía efectivamente, que había seres con pústulas en sus cuadros, pero que nada indicaba que el artista hubiera representado a los padres de Ariane, habida cuenta de que vivió en el siglo XV.
– ¿Y recuerdas Opportune? -preguntó Adamsberg-. Los conoces de toda la vida. Para ti fue fácil aparecer en el cementerio ante el impresionable Gratien, que esperaba en el camino todos los viernes a medianoche. Era fácil saber que Gratien se lo contaría a su madre, y su madre a Oswald. Fue fácil gobernar a Hermance. Me condujiste adonde quisiste, pilotándome como un autómata, tras la pista de los cadáveres que ibas sembrando, y yo descubriendo, y que luego yo entregaba a tu autopsia competente. Pero no habías previsto que el nuevo cura hablara del De reliquis, ni que Danglard mostrara interés. Incluso eso ¿qué importancia tenía? Tu drama, Ariane, fue que Veyrenc lo memorizara. Genio insólito, impensable, pero auténtico. Y que Retancourt sobreviviera al Novaxon. Resistencia insólita, impensable. Y que la muerte de los ciervos afectara a unos hombres. Y que Robert, con su pena insólita, me arrastrara hasta el cuerpo del Gran Rufo. Y que el corazón del animal se grabara en mi memoria, y que yo me llevara sus cuernas. Esa parte insólita de cada ser, su brillo individual, sus originalidades de efectos incalculables, a ti nunca te preocuparon, ni se te pasaron por la cabeza. Los demás sólo te gustan muertos. ¿Los demás? ¿Qué son los demás? Fruslerías, miríadas de seres insignificantes, una nimia masa humana. Y ha sido despreciándolos, Ariane, como has caído.
Adamsberg estiró los brazos, cerró los ojos, consciente de que la incredulidad y el mutismo de Ariane formaban murallas infranqueables. Los discursos de ambos rodaban como trenes paralelos sin esperanza de cruzarse.
– Háblame de tu marido -prosiguió apoyando los codos en la mesa-. ¿Qué es de él?
– ¿Charles? -preguntó Ariane alzando las cejas-. Llevo años sin verlo. Y cuanto menos lo veo, mejor me encuentro.
– ¿Estás segura?
– Segurísima. Charles es un fracasado que no piensa más que en tirarse a camilleras. Tú lo sabes.
– Pero no te has vuelto a casar después de que te dejara. ¿No has tenido ninguna pareja?
– ¿Y a ti qué coño te importa?
La única fisura en la postura de Ariane. Su voz bajaba a tonos graves, su vocabulario se relajaba. Omega se asomaba a la cresta del muro.
– Al parecer, Charles te sigue queriendo.
– Vaya. No me extrañaría de ese desgraciado.
– Al parecer, va tomando conciencia de que las camilleras no valen lo que tú.
– Por supuesto. No irás a compararme con esas cerdas, Jean-Baptiste.
Estalère se inclinó hacia Danglard.
– ¿También las cerdas tienen un hueso en el morro? -preguntó en voz baja.
– Supongo que sí -contestó Danglard indicándole que se ocuparían del tema más adelante.
– Al parecer, Charles volverá a ti -prosiguió Adamsberg-. Es lo que se dice en Lille.
– Vaya.
– Pero ¿no temes ser demasiado vieja cuando vuelva?
Ariane lanzó una risita casi mundana.
– El envejecimiento, Jean-Baptiste, es un proyecto perverso producto de la imaginación viciosa de Dios. ¿Qué edad me echas? ¿Sesenta años?
– No, en absoluto -dijo espontáneamente Estalère.
– Cállate -dijo Danglard.
– ¿Lo ves? Hasta el joven lo sabe.
– ¿Qué?
Ariane sacó otro cigarrillo, reconstituyendo mediante el velo de humo la pantalla que la protegía de Omega.
– Fuiste a mi casa poco antes de que me mudara, para hacer un reconocimiento y desbloquear la puerta del desván. Esa noche, por poco asustas al sabio Lucio Velasco. ¿Qué te habías puesto en la cara? ¿Una máscara? ¿Una media?
– ¿Quién es Lucio Velasco?
– Mi vecino español. Una vez abierta la puerta del desván, ya podías entrar y salir a tu antojo. Hiciste varias visitas, por la noche, andando con cuidado por ahí arriba y saliendo inmediatamente.
Ariane dejó caer la ceniza al suelo.
– ¿Oíste pasos arriba?
– Sí.
– Es ella, Jean-Baptiste. Claire Langevin. Te anda buscando.
– Sí, eso es lo que querías hacernos creer. Yo tenía que hablar de esas visitas nocturnas, alimentar el fantasma de la enfermera que acecha, dispuesta a atacar. Y habría atacado, efectivamente, por mediación tuya, con jeringuilla y escalpelo. ¿Sabes por qué no me preocupé? No, eso no lo sabes.
– Deberías preocuparte. Es peligrosa, luego no digas que no te he avisado.
– Porque, Ariane, yo ya tenía un fantasma en mi casa. Santa Clarisa. Ya ves lo insólito que es todo.
– Asesinada por un curtidor en 1771 -completó Danglard.
– A puñetazos -añadió Adamsberg-. No pierdas el hilo, Ariane, no puedes saberlo todo. Así que pensaba que era Clarisa la que andaba por el desván. O mejor dicho, que el viejo Lucio hacía su ronda. Él también tiene brillo propio, y no poco. Se preocupaba mucho cuando mi hijo Tom dormía conmigo. Pero no era él. Eras tú la que pasaba por allí arriba.
– Era ella.
– No hablarás nunca de Omega, ¿verdad, Ariane?
– Nadie habla de Omega. Creía que habías leído mi libro.
– En algunos disociados, eso lo escribiste tú, puede abrirse una brecha.
– Sólo en los imperfectos.
Adamsberg alargó el interrogatorio hasta la mitad de la noche. Habían tumbado a Romain en la sala de la máquina de bebidas, y a Estalère en una cama plegable. Danglard y Veyrenc apoyaban al comisario con el fuego cruzado de sus preguntas. Ariane, cansada, seguía siendo Alfa, sin oponer resistencia a la interminable sesión, sin negar ni entender nada de Omega.
A las cuatro cuarenta de la madrugada, Veyrenc se levantó cojeando y volvió con cuatro cafés.
– Yo lo tomo con una gota de leche de almendras -explicó amablemente Ariane sin volverse hacia la mesa.
– No tenemos -dijo Veyrenc-. Aquí no podemos hacer mezclas.
– Lástima.
– No sé si tendrán leche de almendras en la cárcel -dijo Danglard en un murmullo-. Allí el café es sopicaldo para perros, y la comida, una cochinada para las ratas. A los detenidos les dan de comer mierda.
– ¿Por qué demonios me habla de la cárcel? -preguntó Ariane dándole la espalda.
Adamsberg cerró los ojos, rogando a la tercera virgen que viniera en su auxilio. Pero a esas horas la tercera virgen estaba durmiendo en un moderno hotel de Évreux, entre sábanas azules y limpias, ignorándolo todo de las dificultades de su salvador. Veyrenc se tomó el café y dejó la taza con gesto descorazonado.
– Cesad pues, mi señor, esta lucha sin tregua.
Con fuerza y estrategia librasteis cien batallas,
a vuestro paso iban cayendo las murallas.
Mas ante vos se yergue un muro inexpugnable
que resistirá siempre y se llama Locura.
– Estoy de acuerdo, Veyrenc -dijo Adamsberg sin abrir los ojos-. Llévensela. A ella y su muro, sus mixturas y su odio; no la quiero ver más.
– Seis sílabas -observó Veyrenc-. No la quiero ver más. No está nada mal.