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– A este paso, Veyrenc, todos los policías seríamos poetas.

– Ojalá fuera verdad -dijo Danglard.

Ariane cerró su mechero con un gesto brusco, y Adamsberg abrió los ojos.

– Tengo que pasar por mi casa, Jean-Baptiste. No sé qué tramas ni por qué, pero tengo suficiente oficio para imaginármelo. Detención preventiva, ¿no es así? O sea que pasaré a recoger unas cosas.

– Te traeremos lo que necesites.

– No. Iré a buscarlas yo. No quiero que tus agentes pongan sus manazas en mi ropa.

Por primera vez, la mirada de Ariane, que Adamsberg sólo veía de perfil, se volvía dura y ansiosa. Ella misma habría diagnosticado que Omega se lanzaba al asalto. Porque Omega tenía algo que hacer, algo vital.

– Te acompañarán mientras hagas la maleta. No tocarán nada.

– No quiero que estén allí, quiero estar sola. Es privado, es íntimo. Puedes entenderlo. Si tienes miedo de que me vaya, deja a diez gilipollas delante de la puerta.

Diez gilipollas. Omega se aproximaba a la superficie. Adamsberg vigilaba el perfil de Ariane, su ceja, su labio, su barbilla, siguiendo el estremecimiento de sus nuevos pensamientos.

En la cárcel no habría leche de almendras, sólo café para perros. En la cárcel no habría mezclas, ni Violina, ni Granalla, ni menta ni marsala. Ni, sobre todo, su mixtura sagrada.

Y la mixtura estaba casi acabada. Sólo faltaban el vivo de la tercera virgen y el vino del año. Para el vino, podría arreglárselas, no era más que un excipiente, y llegado el caso podría usar agua. Faltaba el tercer vivo, claro, de modo que no podía aspirar a la eternidad. Pero la mezcla estaba casi acabada y podría garantizarle cierta longevidad. ¿Cuánta? ¿Un siglo? ¿Dos? ¿Diez? Lo suficiente para aguantar el tipo en la cárcel sin preocuparse y volver a empezar. Pero faltaba la mixtura.

Y era el miedo de no tomarla nunca lo que la hacía apretar el cigarrillo entre sus dientes. Entre ella y su tesoro conquistado con tanto afán se interponían cohortes de maderos.

Y ese tesoro constituía también la única prueba de los asesinatos. Ariane no confesaría nada. La mixtura, y sólo ella, con el pelo de Pascaline y de Élisabeth, el polvo de hueso de gato, de hombre, de ciervo, demostrarían que Ariane había seguido el tenebroso camino del De reliquis. Recuperarla era tan decisivo para ella como para el comisario. Sin la medicación, no tenía demasiados medios de sostener la acusación. Nubes acumuladas por un paleador a la deriva en sus sueños, diría el juez, animado por Brézillon. La doctora Lagarde era tan célebre que los hilos reunidos por Adamsberg no pesarían mucho en la balanza.

– O sea que la mixtura está en tu casa -dijo Adamsberg sin dejar de mirar el rostro tenso de la forense-. En algún escondite sin duda inaccesible a los gestos cotidianos de Alfa. La quieres, y la quiero. Pero yo la conseguiré. Me costará el tiempo que sea, desmontaré el edificio entero, pero la encontraré.

– Como quieras -dijo Ariane soplando el humo, de nuevo indiferente y distendida-. Querría ir al baño.

– Veyrenc, Mordent, acompáñenla. Sujétenla bien.

Ariane salió del despacho, avanzando lentamente con sus zapatos altos, flanqueada por sus dos guardaespaldas. Adamsberg la siguió con la mirada, turbado por su cambio fulgurante, por el placer que parecía proporcionarle cada calada de su cigarrillo. Sonríes, Ariane. Te quito tu tesoro, y tú sonríes.

Conozco esa sonrisa. Era la misma en el café de Le Havre después de haber tirado mi cerveza. La misma cuando me convenciste de seguir a la enfermera. La sonrisa del vencedor frente al futuro perdedor. La sonrisa de tus triunfos. Voy a quitarte tu maldita mixtura, y tú sonríes.

Adamsberg se levantó de un salto y tiró a Danglard del brazo.

LXIV

Detrás del comisario, Danglard corría sin entender, con las piernas entumecidas de sueño, siguiéndolo hasta la puerta de los lavabos, custodiada por Veyrenc y Mordent.

– ¡Vamos, comandante! -ordenó Adamsberg-. ¡La puerta!

– Pero no podemos… -empezó a decir Mordent.

– ¡Tiren la puerta, me cago en la puta! ¡Veyrenc!

La puerta de los servicios cedió al tercer golpe de hombros de Veyrenc y del comisario. Carga de los bucardos, tuvo tiempo de pensar Adamsberg antes de agarrar el brazo de Ariane y de arrancarle un gran frasco de vidrio marrón que aferraba en su mano. La forense aulló. Y con ese largo grito, feroz y desgarrador, Adamsberg comprendió cuál podía ser la verdadera naturaleza de un Omega. Nunca más la atisbaría después. Ariane perdió el conocimiento y, cuando volvió en sí a los cinco minutos, en la celda, Alfa dominaba de nuevo, tranquila y sofisticada.

– La mixtura estaba en su bolso -dijo Adamsberg mirando fijamente la botellita-. Usó agua del lavabo para hacer la mezcla, iba a tomársela.

Alzó la mano e hizo girar con cuidado el frasco a la luz de la lámpara, examinando su espeso contenido, y los hombres contemplaban la botella como quien mira la santa Ampolla.

– Es inteligente -dijo Adamsberg-. Pero hay en ella una sonrisa sutil de Omega, una sonrisa de victoria y de astucia que no domina del todo. Sonrió una vez que estuvo segura de que yo creía que la mixtura estaba en su casa. Así que el frasco tenía que estar en otro sitio. Lo llevaba encima, naturalmente.

– ¿Por qué no se lo quitó usted del bolso? -dijo Mordent-. Fue muy arriesgado, la puerta de los lavabos es sólida.

– Porque no se me ocurrió antes, Mordent, sencillamente. Encierro el frasco en el maletero. Me reúno con vosotros y nos vamos.

Media hora después, Adamsberg cerraba la puerta de su casa con dos vueltas. Sacó delicadamente el frasco marrón del bolsillo de su chaqueta y lo puso en medio de la mesa. Luego vació una petaca de ron en el fregadero, la aclaró, introdujo un embudo y vertió lentamente la mitad de la mixtura. Mañana, el frasco marrón iría al laboratorio, quedaba suficiente medicación para llevar a cabo los análisis. Nadie había podido ver a través del vidrio oscuro el nivel exacto del líquido, nadie sabría que había extraído buena parte.

Al día siguiente iría a ver a Ariane en su celda. Y le daría discretamente la petaca. Así la forense pasaría sus días tranquila en prisión, segura de sobrevivir lo suficiente para proseguir su obra. Engulliría esa porquería en cuanto él le diera la espalda y se dormiría como un demonio saciado.

¿Y por qué se empeñaba en que Ariane pasara sus días tranquila cuando su grito desgarrado seguía sonando en sus oídos, henchido de demencia y de crueldad?, se preguntó Adamsberg levantándose, metiendo las dos botellas en su chaqueta. ¿Porque la había amado un poco, deseado un poco? Ni siquiera.

Se aproximó a la ventana y miró el jardín en la noche. El viejo Lucio estaba meando bajo el avellano. Adamsberg esperó unos instantes y fue hasta él. Lucio contemplaba el cielo velado, rascándose la picadura.

– ¿No duermes, hombre? -preguntó-. ¿Has acabado tu trabajo?

– Casi.

– Difícil, ¿eh?

– Sí.

– Los hombres -suspiró Lucio-. Y las mujeres.

El viejo se alejó hacia el seto y volvió con dos botellines de cerveza fresca que destapó con los dientes.

– No digas nada a María, ¿eh? -dijo ofreciendo una a Adamsberg-. Las mujeres siempre andan complicándose la vida por todo. Es porque les gusta hacer las cosas a fondo, ¿entiendes? En cambio los hombres pueden ir aquí, allí, hacer las cosas deprisa y corriendo, acabarlas o dejarlo todo parado. Y una mujer, ¿entiendes?, puede seguir una misma idea durante días, meses, sin pimplar una sola cerveza.

– Hoy he detenido a una mujer justo antes de que acabara su trabajo.

– ¿Un trabajo importante?

– Gigantesco. Estaba preparando una pócima del demonio que quería tomarse a toda costa. Y he pensado que al fin y al cabo es mejor que se la tome. Para que haya acabado más o menos su trabajo. ¿No?