Ni a las malas lenguas se les oyó murmurar de la pareja, de la pintiparada ocasión que tenía de pecar en cualquier momento de los veinte minutos de camino en la soledad de la noche. Resultaba impensable, como si fueran ejemplares de distinta especie que darían una unión contra natura. El interés se centró, pues, en cuestiones más intrascendentes: por ejemplo, si se dirigirían alguna palabra; es decir, no de qué hablarían, sino si siquiera hablarían: en los últimos años, el pueblo se había acostumbrado a cruzarse con mi tío sin que éste saludara, porque no veía a nadie; ni los domingos y festivos se quedaba ya de charla a la salida de misa -en casi la única ocasión de relacionarse que permitían los trabajos y las distancias-, ni alternaba ante el mostrador de La Venta, como antes de su aventura con la minera; no, no se imaginaban al taciturno de mi tío dando palique a Madia o Magda, ni a ésta esforzándose por romper el mutismo de su acompañante; eran pocos los que conocían el timbre de su voz: ni siquiera en la época en que ellas regentaban La Venta participaron de ninguna conversación ni entraron en las bromas de los clientes -como era su obligación de tasqueras-, ni se integraron en forma alguna en aquel magnífico escenario donde cualquiera, acodado en el mostrador ante su vaso, podía sentirse dios; les bastaba un gesto de la cabeza o de las manos para responder, y, en el mejor de los casos, un monosílabo colmaba las cada vez menores exigencias de los asiduos. (Los hombres de nuestra comunidad nunca serían resarcidos de la pérdida, durante esos meses, del calor -incluso materno-, de la posibilidad de soñar, de la glorificación de sus pobres personas, del urgente Olimpo que necesitaban encontrar al término de cada patética jornada, de la evasión a mundos épicos y transparentes a que sus sueños les daban legítimo derecho, simplemente porque nuestro territorio había tenido el privilegio de que Etxe encontrara en la playa la Gran Madera, el Catafalco, el Altar, y Larreko lo subiera con sus bueyes hasta la Campa del Roble, y Ermo lo convirtiera en Mostrador, y así, por los siglos de los siglos, los hombres de Getxo podrían olvidar, por unos refulgentes momentos diarios, su insoportable destino. Otro despojo de ellas.)
Etxe, el sempiterno primer madrugador de toda aquella costa, lo encontró: un envío de la mar demasiado aparatoso para tratarse de un vulgar residuo, más o menos aprovechable, vomitado por las olas; una pieza, un bloque, un inmenso y granítico prisma tozudamente trabajado («Me costaba creer que aquello fuera de simple madera», contaría Etxe en el tiempo de la formación de la leyenda, y luego, cuando él mismo ya fue leyenda, dirían otros: «Contaba Etxe que se resistía a creer que lo que acabaría siendo no sólo mostrador de La Venta sino La Venta misma fuera de simple madera») por un carpintero que cobraría un extra por el mellado de sus gubias y formones; de ningún modo un objeto esperable, sino un exceso, una aberración en la serie de míseros trofeos, más o menos aprovechables, que el madrugador Etxe solía encontrar en la arena, al borde de la mar, en sus infalibles recorridos de cada madrugada: primero, un escalofrío al descubrir la lechosa rasgadura fantasmal en la base de la niebla, seguido de una paralización demasiado prolongada de sus pies, observando, preguntándose si aquello podría ser la materialización en carne virgen del lúdico espíritu que diariamente la arena -convertida en pubis blanco, desbrozado y de virginidad continuamente renovada por el amoroso pulimento que dejaba la última ola en su retirada- le transmitía a través de sus pies descalzos; o la inútilmente soñada criatura femenina con escamas y cola de pez emergiendo de la mar para buscarle a él al cabo de las incontables madrugadas solitarias y perdidas. Pero cuando el pequeño Etxe llegó a un paso de la cosa y extendió el brazo y la pudo tocar, supo que no solamente no era la materialización de un delirio, sino ni siquiera ninguna de las materias flotantes que la mar acostumbraba a transportar y depositar para él.
Sin embargo, allí estaba: mojada, aunque no empapada ni, mucho menos, reblandecida, y con las hendiduras causadas por golpes contra las peñas. Pero, sobre todo, allí estaba, en la frontera entre la tierra y la mar, y bien sabía Etxe que, en tales casos, el residuo nunca procedía de la tierra, sino siempre de la mar.
Permaneció Etxe en el lugar hasta la desaparición de la niebla, confiando, o quizá temiendo, que la cosa se esfumara con ella y la lógica de sus madrugadas retornara a la playa de Arrigúnaga. Al cabo, hubo de empezar a preguntarse qué haría con la Gran Cosa.