Выбрать главу

A media tarde, habían perdido igualmente sus apuestas quienes también creyeron que los bueyes no conseguirían arrastrar la Pieza hasta la falda del monte. A partir de este punto, los apostantes barajaron las nuevas posibilidades sobre un piso más convencional, para arrastre con bueyes, que la arena, si bien habrían de considerar otro elemento perturbador: la dura pendiente del camino que arrancaba de la playa. Cuando los bueyes empezaron a demostrar que también saldrían adelante con aquello, Etxe sintió que su Madera le dejaba solo en su soledad anterior. Vivió la ascensión a un paso de la compañera que se alejaba de su playa.

Pero, al anochecer, los bueyes no habían podido pasar de media cuesta: habían avanzado, pezuña a pezuña, por un túnel vociferante de vecinos. En cierto momento, las bestias se detuvieron con un gemido humano y babeando sangre, y tensaron los huesos de sus patas para no perder la vertical. Larreko suspendió su hostigamiento criminal con el acullu.

Libre de la arena, sobre el firme pedestal de las piedras del camino, la Pieza se mostraba en todo su grandioso tamaño. Medía no menos de ocho varas de largo por dos de fondo y casi otros dos de alto, o al revés, pues se ignoraba para qué fin había sido fabricada, para qué servía semejante catafalco, de modo que se ignoraba, igualmente, en qué posición debía ponerse.

Desfogado con las apuestas, el grupo de vecinos pudo entregarse a la contemplación de aquel gran regalo de la mar que haría casi rico a quien lo poseyera finalmente. Se recrudeció la cuestión de a quién pertenecía: si a Etxe, por haberlo visto el primero, o a Larreko, por haberlo subido. Pero era ya muy tarde y todos se fueron a dormir, incluso Larreko con sus bueyes, aunque no Etxe: pasó la noche sentado en las piedras del camino, la espalda contra su Madera, sin dormir, maldiciéndose a sí mismo por no haber sabido retenerla en su playa.

Con las primeras luces, el primero en aparecer fue Larreko con sus bueyes; las bestias venían frescas, como recién nacidas, y los temblores apenas le permitieron a Etxe pronunciar la frase de la que parecía pender su vida:

– La Madera es mía.

Larreko se entregó a la trabazón de las cadenas a las clavijas, con una concentración tal que Etxe hubo de retirarse a vomitar el charquito de líquido verde que ocupaba su estómago. Mucho antes de comenzar la segunda jornada de arrastre, los vecinos de la víspera, y otros más, habían formado el túnel que seguiría desplazándose a la par que los bueyes y la Pieza, y habían empezado a cantarse las apuestas. Muchos enfermos abandonaron sus lechos para asistir a la tremenda prueba, y a los que no lo pudieron hacer se les mantenía informados por una telefonía vocal de vecinos escalonados. Las cadenas se tensaron y los bueyes de Larreko promovieron el primer tirón, y en el pecho de Etxe comenzó a percutir el irremediable avance metálico de las pezuñas. Los bueyes alcanzaron el alto del monte como se corona una odisea. Y en aquel cruce de caminos Etxe advirtió que Larreko tomaba uno que no correspondía.

– Mi casa está por el otro lado -gimió Etxe.

– Hablaremos al llegar -dijo Larreko.

– ¿De qué hemos de hablar cuando lleguemos adónde? -volvió a gemir Etxe, mirando a unos y a otros en demanda de ayuda. Pero la atención general se centraba en la agonía andante de los bueyes, en la incógnita de cuántos pasos más darían antes de derrumbarse, y sobre esto giraba la totalidad de las apuestas.

A media tarde, con un suspiro de consumación, el buey derecho precipitó su masa al suelo y allí quedó emitiendo sangre por tres o cuatro agujeros de su cuerpo, reventado. Sólo entonces se descubrió que la Pieza estaba detenida en la Campa del Roble, al pie del gran árbol. Se pagaron y cobraron las apuestas, pero el pueblo no se movió del sitio, saltando sus miradas de Etxe a Larreko, sabiendo que aún quedaba por ventilar lo mejor de todo aquello.

– De aquí a un año tendré listo un segundo buey para terminar el trabajo -dijo Larreko.