Y Etxe, emperrado en que él había plantado la señal de posesión en lo alto de la Gran Madera.
– Yo te puedo demostrar que es mío, pero tú no me puedes demostrar que es tuyo -dijo Larreko-. Yo puedo bajarlo otra vez a la playa, y tú seguirías sin poderlo subir.
– Te recuerdo que no lo podrás bajar hasta dentro de tres o cuatro años -dijo entonces una voz salida de la pequeña muchedumbre, estrenando el sugestivo elemento de la participación general en la polémica.
– Un año… Bueno, tres o cuatro -dijo Larreko-. Sí, pero él ni dentro de tres o cuatro años, ni nunca, lo podrá subir.
– Es mía -afirmó Etxe con la voz rota.
– Pues llévatelo a casa -sonrió Larreko.
Y entonces Etxe sacó el gran argumento del que -entonces se descubrió- llevaba nutriéndose desde que empezara todo:
– ¿Por qué no puede ser mía donde está? ¿Por qué no pudo ser mía en la playa? ¡Que nadie la mueva de aquí, porque es mía!
La pequeña muchedumbre se removió, inquieta, pues Etxe defendía una postura imposible, y volvió a compadecerle. Apurando mucho la cosa, su razonamiento podría servir para otro objeto encontrado en la playa que no fuera aquél. Dejando aparte las normas establecidas, el pueblo no podía admitir que algo tan espléndido como esa Gran Madera se desaprovechara y se pudriera; y esto, precisamente, es lo que el pueblo había empezado a sospechar que perseguía Etxe al clamar que el Catafalco permaneciera, por siempre, en la Campa del Roble. Esta conclusión permitió, a gran parte de la pequeña muchedumbre, ya con la conciencia tranquila, tomar postura contra Etxe y a favor de las normas no escritas de la comunidad, que apoyaban a Larreko.
Sin embargo, la verdadera calma invadió a la pequeña muchedumbre cuando, de pronto, cayó en la cuenta de la inutilidad de dar una sentencia antes de tres o cuatro años, pues, hasta entonces, nadie podría mover la Gran Madera de donde estaba. De manera que el pueblo dispuso de esos tres o cuatro años para seguir debatiendo acerca del hallazgo, plácidamente, sin apremios, tomándole gusto no sólo al tema sino a la situación, a la tertulia que se formaba cada día al término de las tareas o en las ya medio olvidadas fiestas de los plenilunios.
De momento no fue más que eso: una simple reunión de vecinos, acaso algo más nutrida que las habituales, pero en modo alguno haciendo sospechar lo que estaba prologando; ni siquiera más apasionada o dramática una vez se entró de lleno en la fase de los tres o cuatro años, y a pesar de que Etxe, durante ellos, apenas se apartó de su Madera, excepto para atender precipitadamente los requerimientos más urgentes de sus campos y de su cuadra, ya que apenas habría que mencionar los de su propia comida: durmiendo al abrigo de la cubierta de ramas y hojas que fabricó y apoyó en el suelo y en el borde alto de la Gran Madera. Nadie llegó a entender por qué se empeñaba en proteger tan de cerca una presa que era menos suya a medida que crecía el gran buey al que Larreko alimentaba, como a todos los suyos, con aquel régimen de comida cuyo secreto jamás reveló. Tampoco Etxe habría podido explicar su propio comportamiento: simplemente no podía separarse de aquella Masa que consolaba su soledad.
Desde los puntos más remotos del territorio la gente acudía a la tertulia de la Campa del Roble -como desde un principio se le llamó-, bien a dar su parecer sobre el tema que fue desplazando a todos los demás, bien a escuchar el de los otros. Llegaban con sus alforjas llenas de alimentos y bebidas, y las sesiones se convertían en animados banquetes campestres. En ocasiones, quienes guardaban txakolí en la frescura de sus cuadras solían llevarlo en botas y pellejos para obsequiar a sus amigos y parientes; y, si se disponía de cuencos, se depositaban éstos sobre el mismo Catafalco, y lo mismo las viandas que era preciso partir: en un caso y otro, aquella mesa resultaba demasiado alta.
Y apenas ocurrió nada más en aquellos tres o cuatro años, a cuyo término se llegó sin que la pequeña muchedumbre se hubiera atrevido a emitir una sentencia definitiva, por consideración al pequeño Etxe, a quien la incertidumbre le había hecho perder varios kilos de peso, y al que todos veían abandonar cada vez más raramente su cobertizo, por no aflojar su vigilancia. Se preguntaban, también, a qué estar tan encima de algo que nadie le podría robar ni en la noche más oscura.