– ¡La Madera es mía, porque las cosas pertenecen a quien las saca de la playa! -exclamó Larreko, casi gritó-. ¡Recordad lo que dicen nuestras leyes!
La pequeña muchedumbre observó que Etxe ni siquiera se ocupaba ya de él. Allí estaban ambos, en el centro de la Campa del Roble y de la atención generaclass="underline" uno, revoloteando alrededor de sus bueyes, y el otro, inmóvil, apoyado delicadamente en su Gran Madera, rozándola apenas, como si ésta fuera de frágil porcelana. Ahora, las apuestas ya no se centraban en si los bueyes de Larreko repetirían en la Campa del Roble la formidable hazaña de la playa, sino en si Etxe escondería dentro de la manga otra baza con la que sorprender a todos nuevamente ofreciendo una fase más de aquel asunto que no acababa de cerrarse. Es decir, ahora la pequeña muchedumbre confiaba más en los secretos recursos de Etxe que en los tremendos bueyes de Larreko, de ahí el que sus apuestas tomaran otra dirección.
Sin embargo, en los paralizados momentos que siguieron, nadie se atrevió a asegurar que se había llegado al fondo del asunto. La pequeña muchedumbre no podía apartar sus ojos de Etxe: le había costado esos tres o cuatro años hacerse con una estrategia para oponerse no sólo a las razones de Larreko sino también a las viejas leyes no escritas en materia de hallazgos en la ribera, y ¿para qué?, ¿qué había ganado con ello?, ¿acaso, ahora, disponía de bueyes propios para llevarse a casa su Madera? No sólo la iba a perder a manos de quien los poseyera, sino que este afortunado sería, otra vez, Larreko, cuyos bueyes ya habían dado, incluso, el primer tirón, de modo que, al parecer, nada había cambiado desde la primera peripecia en la playa.
La pequeña muchedumbre no apartaba sus ojos de Etxe, preguntándose qué le hacía mostrarse tan tranquilo; creyeron ver, incluso, una sonrisa en su rostro chupado. Le observaron, especialmente, cuando Larreko dejó de agitarse de un lado a otro, como si el suelo le quemara, y dispuso a sus animales para el segundo intento: bueno, pues ni entonces perdió Etxe su aire de felicidad, ni cuando el estremecimiento causado por el segundo tirón de los bueyes fue absorbido sordamente por la inmutable masa de la Gran Pieza. Lo intentó Larreko varias veces, siempre con el mismo resultado. Llamó vivamente la atención el desprecio de un Etxe que en ningún momento había dejado de apoyarse en su Madera, anunciando así al mundo su convencimiento de que nadie la podría mover. Sólo tiempo después comprendería la pequeña muchedumbre que fue entonces cuando empezó a vislumbrar el fondo del pensamiento de Etxe.
Con el rostro ennegrecido por la derrota, Larreko abandonó la cabeza de sus bueyes y se agachó a examinar la línea donde confluían las paredes del Catafalco y el piso de la Campa. Desplazándose de rodillas, contorneó la Gran Madera, sin dejar de emitir gruñidos, y finalmente se concentró en la base de la cara delantera. Sus uñas escarbaron en la tierra como los perros, hasta profundizar un hoyo. Sus dedos sucios palparon los bajos ocultos. De momento, llegó a la pequeña muchedumbre que la parte enterrada de la Gran Madera podía medir no menos de tres palmos.
Entre unas cosas y otras, se había precipitado la oscuridad y, embebidos como estaban todos, nadie se ocupó de encender antorchas. La llegada de la noche pareció despertarles a la realidad de sus vidas cotidianas, olvidadas desde el amanecer, y el propio Larreko marcó la desbandada general al destrabar sus bueyes y desaparecer los tres calladamente. Los últimos en retirarse vieron cómo Etxe reponía en su sitio la cubierta de hojarasca y se guarecía bajo ella.
Las primeras luces del nuevo día alumbraron unas caras insomnes y ojerosas poniendo cerco expectante a la Gran Madera. Aquella noche sólo habían podido dormir las mujeres y los niños. La expresión con que apareció Larreko prometía, sí, una jornada dramática. Además de sus bueyes, traía una pala y una azada. Escupió en sus manos, las frotó una contra otra, empuñó la azada y la hundió en la tierra, justo en la base del Catafalco. Y, en ese momento, surgió Etxe de su nido, aunque algunos aseguraron que ya estaba fuera antes de que la azada rozara siquiera la yerba, y los hubo que juraron que la herramienta no llegó jamás a hundirse en la tierra, ni antes ni, menos, después de la aparición de Etxe, sino que fue la presencia de éste quien la frenó en plena caída, y con esta duda se incorporó el episodio a la leyenda. Pues la pregunta de Etxe: «¿Qué haces?», encajaba en cualquiera de esos dos o tres momentos, y lo que al parecer pretendieron los más estrictos de aquellos cronistas fue que los vascos del futuro palparan lo que ni al más inadvertido de la pequeña muchedumbre se le escapó, es decir, la zozobra de Etxe -que ya duraba tres o cuatro años y también le había impedido dormir en la noche que precedió a la presencia de Larreko con sus bueyes, la pala y la azada-, que le hizo brotar de su cobertizo ya con la pregunta empezada: