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– ¿Qué haces?

Larreko paralizó en el aire su herramienta.

– Quitar la tierra que estorba para sacar esto de aquí -dijo, mirándole, con los ojos un poco más abiertos que de costumbre, asombrado de que alguien ignorase lo que resultaba tan obvio.

Y Etxe:

– Eso lo puede hacer cualquiera, lo puedo hacer yo mismo.

Una frase vulgar, una frase aparentemente superflua, de modo que la nueva expectación de la pequeña muchedumbre nació sólo de la breve vibración metálica de las palabras.

Etxe y Larreko cruzaron sus miradas durante un tiempo interminable, y en la Campa del Roble todo el mundo quedó petrificado. La pequeña muchedumbre había aprendido ya a confiar en Etxe y esperó lo que, efectivamente, guardaba dentro de la manga.

– Alguien lo tiene que hacer -dijo Larreko, bajando lentamente la azada-, y como son míos los bueyes que van a llevarse la…

Había una lenta prevención en sus palabras. Etxe no le dejó acabar la frase:

– Tú no te salgas de los bueyes, que es lo único que yo no tengo. Porque sí que tengo pala y azada.

– ¿Quieres decir que te gustaría hacer a ti el trabajo? -preguntó Larreko-, Pues toma mi palay mi azada y así te ahorras el viaje de ir a buscar las tuyas.

– Pero yo no haré un trabajo para ti -dijo Etxe sombríamente, aunque, de pronto, volvieron a aparecer en sus ojos las lucecitas.

– Entonces apártate…

La pequeña muchedumbre en ningún momento pensó que Etxe sólo pretendía demorar la pérdida de su Madera. Había, sí, algo más. En vez de apartarse, le vieron llegar hasta Larreko y arrebatarle la azada de las manos y luego tomar la palay arrojar ambas lejos por el aire.

– Has de hacerlo únicamente con los bueyes -dijo, sentenció.

– ¿Acaso no ves lo enterrada que está la carraca? Ningún buey la podrá mover si antes alguien no libra de tierra al menos…

– No pases al otro asunto -dijo Etxe-. Son dos asuntos. Engancha tus bueyes a la Madera y llévatela, si puedes.

Todos los presentes, incluso Larreko, intuyeron que tenían que saber ya cuál era el fondo del pensamiento de Etxe, y que si no lo sabían era porque necesitaban un poco más de tiempo para ir haciéndose a la inesperada situación que él acababa de imponer. Ello no impidió que los más impacientes cruzaran las primeras apuestas.

– No bastan los bueyes para sacar esto de aquí y tú lo sabes -dijo Larreko.

Un fulgor verde soleó las chispitas de los ojos de Etxe.

– Son dos asuntos -dijo, repitió-. Tus bueyes son los únicos en todo Getxo capaces de sacar la Madera. Pero en Getxo todo el mundo tiene palas y azadas. Yo mismo las tengo. No tengo bueyes como los tuyos, pero sí palay azada.

Larreko pidió un cubo de agua y lo volcó sobre su propia cabeza. Su mirada emergió, confusa, por entre las matas chorreantes de sus cabellos. Empezó a moverse como un autómata mal engrasado: colocó a sus bueyes de culo a la Madera y, una vez más, trabó las cadenas a los hierros; tomó el acullu y quinó a las bestias con una saña que no se reflejaba en su rostro y las obligó a realizar una exhibición de poder en el que él ya no creía, así como tampoco la pequeña muchedumbre que asistía, compasiva, a la desesperada representación, ejecutada, eso sí, con un absoluto respeto a las formas por parte de todos: para que nada faltara, sonaron incluso algunas apuestas. El rostro de Larreko ni siquiera se alteró cuando aquella Masa enorme, maciza y prismática engulló, por segunda vez, los titánicos escalofríos que le transmitían las cadenas, a punto de quebrarse. Al cabo de muchos intentos -a la leyenda pasó, al menos, un número idéntico para cada una de las dos representaciones: cuarenta y ocho-, Larreko destrabó a sus bueyes, se alejó en busca de la azada arrojada por Etxe, y finalmente se situó ante la cara frontal del Catafalco, volvió a escupir saliva en las palmas de sus manos, las restregó una contra otra, recuperó el mango de la azada y la levantó, y la pequeña muchedumbre acertó a simular un asombro tan falso como el que simuló Larreko cuando Etxe repitió su pregunta: «¿Qué haces?», y Larreko, con la azada en alto, perdió la última y desesperada esperanza de que aquella primera pregunta de Etxe no hubiera sido más que una pesadilla; la misma acción quedó frenada por segunda vez y en el mismo punto, y los presentes recuperaron la respiración.