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Al aflojarse la tensión en la Campa del Roble, los estómagos sintieron que se había rebasado la hora de la comida, y este apremio puso una tregua en la apasionante jornada. Se encendieron fuegos de asar y, de nuevo, el Catafalco volvió a hacer de mesa, y al final hubo un extraño cuidado por parte de todos de limpiar sus superficies de grasa, peladuras y txakolí. Los únicos que no participaron de la fiesta general, que no comieron ni bebieron, fueron Etxe y Larreko: Etxe, sentado en el suelo, la espalda contra la Gran Madera, ajeno a los ruidosos grupos que masticaban, eructaban y debatían sobre el tema, casi aplastándole; y Larreko, recorriendo con crispación la Campa del Roble para localizar al más anciano de cada estirpe Fundadora y preguntarle si algún patriarca, en algún tiempo viejo, incluso un tiempo con criaturas peludas, había tenido la buena ocurrencia de meter en las leyes no escritas de los vascos aunque no fuera más que una mera referencia gutural dando siempre la razón a los dueños de los bueyes. Pero ninguno de los Fundadores presentes, por más que echara la memoria atrás, tropezó con un solo precedente de un objeto sacado de la playa por unos bueyes y que, al cabo de tres o cuatro años, aún no hubiera llegado a la casa del dueño de esos bueyes, sino que se encontraba atascado a medio camino y con un tipo parecido a Etxe diciendo que el objeto le pertenecía no sólo porque hacía tres o cuatro años lo había encontrado en la playa, sino también porque sólo él tenía derecho a manejar una azada para quitar del paso unos miserables puñados de tierra. «En algún rincón de nuestras leyes tiene que haber que lo de ahora no ocurre por primera vez, y que los bueyes…, ¡maldita sea!…, los bueyes, los bueyes…», gemía Larreko con voz destrozada, agarrando por las pieles a los centenarios Fundadores e incluso zarandeándoles.

La pequeña muchedumbre sintió un placer renovado al reintegrarse a sus puestos en la Campa-Tribuna del Roble. Esta vez la carga de sólidos y líquidos estibada en sus estómagos obligó a todos a sentarse en el suelo para facilitar la digestión. El txakolí desató las lenguas: sobreponiéndose al desconcierto llevado por los insólitos planteamientos de Etxe, la pequeña muchedumbre se puso a emitir criterios, versiones, contracriterios y contraversiones, pues nunca se había sumergido en una confrontación con tal riqueza de matices, de modo que las apuestas dejaron de tener las dos únicas opciones tradicionales de ganador y perdedor, y la novedad -sumada al txakolí- precipitó un delirio de apuestas.

Y, en el centro del coso humano, el Catafalco: tremendo, mudo, inexplicable, alterando con su protagonismo creciente los hábitos de la comunidad e incluso denunciando deficiencias en sus viejas y eternas leyes; pero, con todo, atractivo y cada vez más entrañable, no sólo debido a un obligado agradecimiento por tanta ocasión de apostar como les proporcionaba, sino, en especial, por contagio del propio Etxe, al que veían tan próximo y enamorado de la Madera, tan metido en ella, que hasta los más pudorosos habían empezado a comentar que parecía su hembra, y un escándalo así sólo se había cometido, hasta entonces, con vacas, cabras, burras e incluso gallinas, nunca con cosas, y menos tan duras y sin agujeros como aquel Catafalco, lo que hablaba bien a las claras de su condición prodigiosa, pues ¿acaso no tenía a todo el pueblo encandilado a su alrededor haciéndole creer que era, simplemente, por apostar por Etxe o por Larreko?