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Las apuestas, pues; las meras razones convertidas en apuestas; los juegos combinatorios alrededor no sólo de la palay la azada de Etxe, sino de la pala y la azada de Larreko, en unos interminables tanteos por alcanzar la profunda verdad escondida en la enigmática Cosa -que, quizá, ni siquiera fuera de madera- y descubrir una nueva e imprescindible ley que incorporar a las leyes no escritas de los vascos. No se trataba, pues, de retar con un superado «Apuesto por la palay la azada de Etxe» o «de Larreko», sino de apostar «por qué», por las razones por las que se apostaba por esto o por aquello: «Como nuestro territorio está lleno de palas y de azadas, si hay que usar un juego de ellas para desenterrar la Madera, que sea el de Etxe, y así Etxe podrá prohibir a Larreko que meta su pala y su azada», o «Lo de la palay la azada es un engaño de Etxe, ya que lo único que importa es preparar el camino a los bueyes de Larreko, los únicos capaces de arrastrar la Madera y ganarla para su dueño»; no dejaron, pues, de ser tenidos en cuenta los bueyes, aunque, en general, la pequeña muchedumbre revolote

ó sobre la palay la azada, o sólo centrándose en una de ellas: «La pala de Etxe, sola, es más que la pala y la azada de Larreko juntas, y también la azada de Etxe lo es, porque cada una de ellas por su lado puede hacer el trabajo que a la pala y a la azada de Larreko les está prohibido, pues mientras Larreko necesite de su palay de su azada para sacar la Madera, la Madera no dejará de pertenecer a la pala o a la azada de Etxe, a una de ellas, a cualquiera, de modo que yo apuesto por la azada de Etxe»; los hubo que, con este mismo criterio, en vez de por la azada, apostaron por la pala, alegando que, cuando fuera usada junto a la Madera, ofrecería menos peligro para ésta que la azada, con sus violentos movimientos arriba y abajo. Otra variante que contó con adeptos fue la que pasaría a la leyenda con el nombre de «Compromiso de la Campa del Roble», fórmula que tardó muchos años en empezar a emerger tímidamente, propuesta y defendida por los más pusilánimes, o acaso los más impacientes, a la vista del encallamiento de aquel asunto: se trataba de dar la razón a los dos litigantes y de no dársela a ninguno, es decir, proceder al reparto de la presa; fueron unos votos dirigidos a valorar, en el mismo grado, tanto los méritos de Etxe como los de Larreko, alegando que, el primero, ni siquiera con su derecho sobre la Madera ni disponiendo de una palay de una azada tan eficaces al menos como las de Larreko, lograría jamás llevársela a su casa, y, en cambio, el segundo sí que lo podría conseguir no obstante carecer, en principio, de derechos sobre la Madera y de tener una azada y una pala no mejores que las de Etxe, porque allí estaban sus bueyes para neutralizar el derecho del otro sobre la Madera, así que se producía un empate y lo más justo era partirla en dos; fue una opción que se mantuvo en minoría a lo largo de esos dos o tres siglos, al no admitir la mayoría de la pequeña muchedumbre la profanación del Mostrador, Altar, Púlpito y Confesonario, Tabernáculo e, incluso, Útero Comunitario, es decir, no concebir ya sus vidas desprovistas de aquellas tertulias en la Campa del Roble, o, al menos, no poder imaginarse la Campa del Roble vacía de aquel Catafalco irrenunciable.