De modo que la piña de ancianos de las 47 estirpes Fundadoras (sólo faltaba el rebelde Baskardo para completar el irreductible número de 48) se puso a ahondar en lo mismo que los apostantes de la pequeña muchedumbre, en busca de la misma respuesta, pero, antes de que desapareciera aquella primera generación, los hallazgos de los segundos habían superado ampliamente a los de los primeros, paralizados los ancianos por la responsabilidad de alterar en algo aquellas leyes que permanecían petrificadas desde el Principio.
Cortando por lo sano, la pequeña muchedumbre fue poniendo sobre el tapete, una a una, todas las nuevas opciones, y, según se iban formulando, se precipitaban sobre ellas las apuestas. Fue el pleito más largo de que se tendría noticia en Getxo: llegaría a durar no menos de tres siglos, y ello ni siquiera para desembocar en una absoluta opción ganadora, es decir, unos apostantes ganadores, es decir, una ley -para los 47 Fundadores- actualizada en materia de Cosas Encontradas en la Playa. En realidad, el asunto rebasó ese tiempo de los tres siglos, nunca llegó a cerrarse totalmente; pudo parecer que sí al término de aquella primera generación; pero en el mismo momento en que los falsos ganadores reclamaban lo suyo, los falsos perdedores recibían nueva inspiración y esgrimían nuevos razonamientos y matices, nuevas opciones. La experiencia fue demostrando a la pequeña muchedumbre que el pleito nunca corrió realmente peligro de solucionarse.
Las mujeres acusaron a los hombres de dilatar artificialmente aquello que les proporcionaba un pretexto para reunirse en cháchara al término de cada jornada, y, de hecho, de entre las diversas interpretaciones con que aquel dilema descomunal pasaría a la leyenda hubo una que, recogiendo el sentir de las celosas matriarcas, dejó bien en su punto que los hombres no sólo se sentían felices junto a la Madera, sino que se daban casos de enfermos e incluso de moribundos que pedían ser llevados a la Campa del Roble y, en cuanto Ermo les servía el primer trago, se curaban.
Porque fue aquel miembro de la estirpe de los Ermo quien, pasando al otro lado de la Madera y poniéndose a servir txakolí y a cobrarlo en especie, encontró no sólo una utilidad al Catafalco, sino una legitimación visible a las tertulias en la Campa del Roble. Ocurrió al término de aquella primera generación, después de los primeros veinticinco o treinta años de animosos enfrentamientos entre los partidarios de Etxe o de Larreko; y ocurrió sencillamente: hizo tanto calor y tanto se danzó durante una fiesta del Plenilunio que se acabó la bebida entregada generosamente por unos y por otros; los llegados de más lejos miraron a los que vivían en las cercanías, esperando trajeran de sus caseríos más líquido para continuar refrescando la fiesta; pero nadie se movió, nadie quiso o pudo seguir invitando a txakolí, y entonces una figura se movió en medio de la zambra paralizada, se dirigió al Catafalco, trepó a él y anunció con expresión martirizada: «Os traeré el último txakolí que me queda en casa de la última cosecha»; y lo trajo; primero, un pellejo, y luego, ayudado por su familia, nueve más de a treinta azumbres cada uno; los depositaron sobre el Catafalco y Ermo empezó a llenar cuencos, que iba colocando en fila; la gente se acercó, por un lado, sedienta y, por otro, conmovida por las lágrimas que resbalaban por las mejillas de aquel buen vecino; se produjeron tales apreturas que Ermo, para poder seguir llenando cuencos sencillamente pasó, saltó por encima del Catafalco al otro lado, poniéndolo como barrera entre él y la pequeña muchedumbre alborotada. Ocurrió con oscura sencillez: parece que ninguno de los presentes palpó la trascendencia de aquel desplazamiento de Ermo por encima de la Cosa; al menos la leyenda no registró, en su preciso momento, el nacimiento de la nueva era, sino que transcurrió algún tiempo -quizá tres o cuatro generaciones- hasta que el propio Ermo la certificó al levantar muros alrededor del Catafalco; aunque los honestos cronistas orales nunca desvirtuaron la auténtica cronología y, a riesgo de pecar de cegatos, con el retraso de esas dos o tres generaciones incorporaron a la leyenda la profunda interpretación del Mostrador, Altar, Pulpito y Confesonario, Tabernáculo e, incluso, Útero Comunitario que Ermo puso en marcha al pasar al otro lado de la Cosa y estrenar el tiempo de los venteros, taberneros, barmans o cualquiera de esos irreemplazables sacerdotes del alcohol, tan aborrecidos por las celosas matriarcas de todos los tiempos.