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Y sí que dispusieron los cronistas orales -y toda la pequeña muchedumbre en general- de señales para haber conocido, desde el primer instante, que Ermo acababa de inaugurar una era, pues todo empezó a ocurrir de modo diferente: a pesar de que se encontraba en plena orgía de Plenilunio, la pequeña muchedumbre guardó un silencio reverencial cuando Ermo efectuó su histórico salto, y, sobre todo, mientras procedió a llenar los cuencos enfilados, pues los contaron y, por pura fatalidad ancestral, resultaron ser 48 y cuando Ermo llamó a los aitxitxes para que dieran el primer trago, a todos les pareció natural y les abrieron camino; y cuando el más anciano de cada estirpe se situó ante el Catafalco y ante su cuenco, y lo tomó con ambas manos, lo elevó hasta sus labios, lo vació corajudamente hasta la última gota y lanzó un eructo atronador, entonces la pequeña muchedumbre descubrió que quedaba un cuenco lleno y sin tocar, el que hacía el número 48, y todos se acordaron de Baskardo. Surgió una discusión acerca de si procedía o no llevarle el cuenco a su vivienda, e incluso se aprovechó la coyuntura para cruzar nuevas apuestas: ganaron los que apostaron por el sí y allá se fue un grupo de aitxitxes al caserío Sugarkea a ofrecer al rebelde el txakolí de la nueva era. Lo encontraron celebrando, también, el Plenilunio, pero de una manera tan primitiva que ni los más ancianos recordaron que los vascos de otros tiempos lo hacían danzando, en pelota, de rama en rama, como los primates; la comitiva se detuvo en la frontera de las tierras del Baskardo y el aitxitxe más anciano levantó el cuenco sobre su cabeza y pronunció: «Ya hemos bebido cuarenta y siete de los cuarenta y ocho; sólo faltas tú»; Baskardo quebró el cuenco de una infalible pedrada, y estando chorreando el txakolí sobre la cabeza del aitxitxe les llegó el vozarrón procedente de la misma rama de la que saliera la piedra: «¡Madarikatuok! ¡Madarikatuok! ¡Madarikatuok!».

Existieron, pues, señales de que algo serio estaba metiéndose en la historia de los vascos, pero hubieron de transcurrir esas dos o tres generaciones antes de que se alojara en la conciencia de la comunidad; la única exculpación de la ceguera colectiva quizá fuera la imposibilidad de que la pequeña muchedumbre penetrara la profundidad de lo que ella misma estaba originando.

Otra señal desaprovechada fue la insólita actitud de Ermo de cobrar su txakolí y de la pequeña muchedumbre de pagarlo; nunca había sucedido nada semejante; sin embargo, para muchos, Ermo no impuso nada, no exigió ningún precio, sino que fue el grupo de sedientos el que se empeñó en abonarle aquella bebida que pareció se la arrancaban de las mismas entrañas; circularon algunas apuestas -más bien secretas- sobre la malicia o no de Ermo al mostrar aquel rostro dolorido y lagrimoso, pero no hubo ni ganadores ni perdedores, pues el episodio se incorporó definitivamente a la leyenda sin haberse aclarado la duda.

El que estos y otros avisos se desestimaran no significa que la pequeña muchedumbre no sintiera, en lo más hondo de su médula, el chispazo de un principio de revelación, el inaprensible presentimiento de que algo muy profundo y deseable estaba surgiendo bajo sus pies; de hecho, quedó puntualmente registrado en la leyenda el nombre del primero que solicitó los buenos servicios del Ermo supuestamente transfigurado (lo que advierte de la instantaneidad con que fue elevado el ventero-tabernero-barman al rango de sacerdote): Etxe, el solitario Tempranero, el viudo sin familia, quien llevaba los veinticinco años precedentes sin apenas separarse de la Madera, viviendo bajo la techumbre de hojarasca adosada a ella, vigilando que no se la arrebataran ni Larreko ni quienes apostaban por él, confiando no ya en que la aún inexistente -pero irremediable- ley de los vascos en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino le otorgara la posesión de la Madera, sino en que el asunto se quedara donde estaba, es decir, la Madera se quedara donde estaba, es decir, no se la llevara Larreko a su casa: una pretensión inconcebiblemente humilde, por no decir desesperante, habida cuenta del zurriburri que había armado; sin embargo, no se trataba de falta de ambición, sino de exceso de realismo: sin bueyes, Etxe no podía soñar con poseer nunca la Madera en su casa; incluso algunos llegaron a sostener que supo, desde un principio, que Ermo daría el histórico salto sobre la Madera y luego serviría txakolí y lo cobraría y finalmente quedaría convertido en algo así como la materialización del espíritu protector que siempre creyó vivía en la Madera. Esta supuesta meta alcanzada por Etxe no se entendió como una victoria suya y, en consecuencia, ningún apostante a su favor pretendió haber ganado.