Así, pues, el primero en requerir los buenos oficios del ventero-tabernero-barman, no el primero en advertir la transfiguración de Ermo -que nunca existió realmente-, sino en creer en ella fue Etxe, que acaso esperaba de la Madera alguna correspondencia al cabo de tanta veneración; y fue en el acto de pagar su cuenco de txakolí cuando descubrió -como muy pronto lo descubriría también la pequeña muchedumbre- que, pagando, adquiría algo más que el txakolí. Se hallaba Ermo llenando un cuenco tras otro cuando emergió Etxe de debajo de su techumbre y le descubrió al otro lado del Mostrador; esperó su turno, sin dejar un solo instante de observar la grave y emotiva solicitud de Ermo para con todos; ellos le hablaban y él respondía; todos se quedaban pegados al Mostrador más tiempo del preciso para apurar el cuenco; tomaban el txakolí a sorbitos cortos, retrasando la despedida; al menos, retrasándola hasta que Ermo encontraba la ocasión de acercarse para privilegiarles con la escasa media docena de palabras que les ponía sonrientes. Y, de pronto, Etxe sacó de su bolsa dos puñados de castañas, las depositó sobre el Mostrador y, sin dejar de tocarlas, más bien suspiró:
– Tengo frío.
Los más próximos a él contarían que no dio la impresión de estar enfermo; por otro lado, era agosto y hacía calor.
– Vamos, caliéntate con esto -le dijo Ermo, llenándole un cuenco.
Retiró Etxe las manos de sus castañas y, con ambas, tomó el cuenco, que elevó lentamente a sus labios y bebió. Ermo estaba frente a él. Se miraron, pero sólo un instante, pues al punto Ermo se apoderaba de las castañas y las introducía en un gran saco, casi lleno de los demás cobros en especie.
– ¿Quién eres? -preguntó Etxe.
Ni siquiera entonces sonrió Ermo. Se rascó la cabeza, como era su costumbre siempre que tenía algo en que pensar, y dijo:
– Ermo.
– No, no eres Ermo -murmuró Etxe-. Crees que lo eres, pero no.
– Bueno, pues no soy Ermo -dijo Ermo-. Lo importante es que se te quite el frío.
– Eres la voz de una mujer -dijo Etxe, acariciando suavemente la Madera. En esto, insistieron mucho los testigos: acariciando suavemente la Madera.
Los más próximos a él contarían que sus ojos se habían humedecido, y se miraron entre ellos, temiendo hubiera perdido la razón; y entonces recordaron el excesivo número de años que llevaba sin hablar con nadie, quizá desde el comienzo de todo aquello en la playa; pero, no, desde mucho antes, desde siempre, pues él era así: un solitario, que vivía solo y todo lo hacía solo, como recorrer el primero la playa cada madrugada; un maldito solitario a quien el temor a perder la Madera le había vuelto loco.