Выбрать главу

– Ya no me duele aquí -dijo Etxe, señalándose el vientre.

– Ah -dijo Ermo, sin mirarle.

Había muchos cuencos vacíos a todo lo largo del Mostrador y Ermo volaba con su pellejo de txakolí a todas partes, de modo que Etxe sólo podía hablar con él cuando pasaba por delante.

– Nunca se lo había dicho a nadie -dijo Etxe.

– Ah -dijo Ermo, sin abandonar su trajín.

– Creo que tu txakolí me ha sentado bien -dijo Etxe-. No había dejado de dolerme desde que ella se me murió.

Se imaginaron los que le oyeron que se refería a su mujer.

– Ah -dijo Ermo.

– Ella, ya sabes -dijo Etxe.

– Ah -dijo Ermo.

– Creo que voy a beber más -dijo Etxe-, Lléname otro.

Viendo que se disponía a depositar nuevas castañas en el Mostrador, Ermo le dijo:

– Ya está bien por hoy.

Los más próximos a Etxe contarían que Ermo había cargado ya su saco con demasiadas castañas, que robaban espacio a otros pagos más sustanciosos, tales como liebres, fresas y trozos de ciervo o jabalí. Se asombraron del inmediato conformismo de Etxe: «Bueno», dijo, encogiéndose de hombros.

– ¿Por qué no te acuestas? -le propuso Ermo.

Por detrás empujaba gente que aún no había podido acercarse al Mostrador, y Etxe estorbaba.

– ¿Crees que me conviene acostarme? -dijo Etxe.

– ¿Eh?… ¡Ah, sí, seguro! -exclamó Ermo-. Es el mejor momento para hacerlo y no debes desaprovecharlo.

A Etxe se le humedecieron aún más los ojos. Excepto para defender su Madera contra Larreko, nunca se le habían oído tantas palabras seguidas. Indiferente al bullicio que estremecía la Campa del Roble, desapareció bajo su cobertizo y se durmió con una sonrisa tonta.

El nacimiento, pues, de la figura ventero-tabernero-barman-sacerdote, y del modelo de Mostrador-Altar para el futuro: la superficie mágica donde depositar, primero, las lágrimas y los cuencos para el txakolí, y más tarde, las lágrimas y los vasos o copas para el vino, la cerveza, el coñac, el anís o el aguardiente, pasando de una bebida a otra, de un tiempo a otro, incluso de unas lágrimas a otras, con la armónica acomodación de los fenómenos sencillamente eternos. En la leyenda quedaría también el asombro de los más perspicaces -de entonces y de después-, que nunca pudieron explicarse por qué en ninguno de los milenios precedentes surgió en la comunidad vasca de Getxo un Ermo que saltase al otro lado de cualquier trasto capaz de aguantar encima un cuenco, un vaso, una copa o una lágrima, y se pusiera a servir y a cobrar aquellos elixires que obraban como leche de teta en cuantos se acercaban a él; que nunca pudieron explicarse cómo la pequeña muchedumbre pudo sobrevivir tantos milenios huérfana de un tipo como Ermo esperándoles tras un Mostrador, Altar, Pulpito y Confesonario, Tabernáculo e, incluso, Útero comunitario. Realmente, nunca se lo explicaron.

No aclara la leyenda si el Mostrador-Altar inaugurado por Ermo fue la coartada que utilizó la pequeña muchedumbre para proseguir en la Campa del Roble con la apasionante cuestión de a quién pertenecía la Madera, si a Etxe o a Larreko, y entregarse al vértigo de las apuestas; o si estas apuestas, Etxe, Larreko y la Madera constituyeron la coartada para frecuentar el Mostrador-Altar. Durante algún tiempo, la comunidad de Getxo vivió en la buena conciencia de que el culto a las apuestas -que habían de entenderse como expresión del intento de hacer justicia a Etxe o a Larreko- había primado sobre el enigmático sentido profundo que precipitó la conversión de la Madera en Mostrador-Altar, creyéndose incluso que el noble propósito de hacerse con una ley que sentenciara en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino pertenecía al mismo esfuerzo. Pero las matriarcas se apresura- ron a imponer, y para siempre, un criterio distinto: puestas en jarras, juraron que sus hombres las engañaban, que por qué, en cuanto ellas se daban la vuelta, ellos perdían el culo para pedirle de beber a Ermo y, acodados sobre la Madera, gastaban un tiempo precioso que hacía falta para los trabajos en el caserío, y discutiendo sinsumbaquerías.