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Sea como fuere, la comunidad de Getxo entró en la segunda generación de la Madera con el enfrentamiento Etxe-Larreko sin resolver y recrudecido. Al término de esta segunda generación, Ermo revalidó su Mostrador resguardándolo de las lluvias bajo un cobertizo de ramaje sustentado en cuatro palos verticales; falleció en la tercera generación, y fue reemplazado por otro Ermo, de quien lo mejor que pudo decirse fue que la pequeña muchedumbre no advirtió el cambio. Del mismo modo, cuando desaparecieron Etxe y Larreko, descendientes suyos vinieron a continuar el enfrentamiento por la posesión de la Madera. Los apostantes por uno y por otro heredaban, igualmente, los envites hechos por sus padres y abuelos, siempre a la espera de que los aitxitxes se decidieran de una vez a meter en las viejas leyes no escritas de los vascos una ley nueva que resolviese el nuevo problema en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino. Y todo ello sin dejar de bullir la gente ante el Mostrador, debatiendo, lanzando nuevas apuestas o ratificándose en las antiguas, pues las sucesivas generaciones reproducían el modelo inicial, sus circunstancias y características: los Larreko, manteniendo la supremacía de sus bueyes sobre los de los demás; los Etxe, persistentemente solitarios, huérfanos o viudos, viniendo al mundo con la misma enfermiza adoración por la Madera que su antecesor, y la pequeña muchedumbre cuidando, celosamente, de que todo esto siguiera inmutable en la Campa del Roble.

En los plenilunios, los corderos y cerdos y jabalíes y osos y ciervos se sacrificaban ahora sobre el Mostrador, con permiso de Ermo, y durante los dos o tres días siguientes los bebedores evitaban acodarse sobre él y tocarlo, por no profanar con sus cuerpos impuros el recuerdo de tan profundos sacrificios.

Finalizando la cuarta generación fue cuando ocurrió el episodio de Totakoxe, soltera y preñada, quien, para salvarse de ser arrojada por el acantilado por libertina, juró que veía a un ángel, con la carita de su futuro hijo, posado en una de las ramas del gran roble; el obispo de Iruña, llamado para esclarecer el posible milagro cristiano, se personó en aquella comunidad todavía pagana, y no sólo certificó que había un ángel en el roble, sino que señaló en el suelo el punto exacto en que debería ser levantada una ermita que conmemorase el acontecimiento. Dice la leyenda que los ojillos de Ermo brillaron con fulgor singular y estuvo rascándose la cabeza durante muchos días, y, de pronto, se puso a abrir una zanja alrededor del Mostrador para levantar muros.

La Venta, pues: todavía sólo una idea de Ermo, un proyecto, el nuevo impulso para eternizar e institucionalizar definitivamente el Mostrador: unas simples paredes de piedra y argamasa, con tejado de troncos a dos aguas, encerrando lo que ya no necesitaba de ninguna sacralización por parte de aquel clérigo de misa que surgió en Getxo y en la Campa del Roble no mucho después de la visita del obispo, aunque no antes de que Ermo comenzara a levantar sus muros, y en lo de que La Venta fue antes que la ermita la leyenda es muy rotunda.

Aquel segundo mensajero de la nueva religión venía a cumplir el encargo de su obispo de edificar una ermita que iniciara, en aquel Getxo pagano, los magníficos cultos cristianos. Venía, también, a recuperar para su Iglesia cierto objeto extraviado un siglo antes: el altar para la basílica de San Pedro de Roma. Portaba los documentos precisos y la versión justa para despojar a los hombres de Getxo de su Mostrador.

Era un tipo más bien carnoso y calvo, de unos cuarenta años, y en su mirada diminuta había esa fiebre roja de los elegidos para aplastar a las gentes con su verdad. Primero se detuvo ante el mimbre que clavó su obispo en el suelo -señalando el lugar donde habría de levantarse la ermita- y movió la cabeza aprobatoriamente; y, segundo, salvó los doce pasos que le separaban del Mostrador -teniendo que pasar por encima de la zanja que abrían Ermo y los suyos- y se puso a tocarlo, a girar a su alrededor, incluso a olerlo, y le oyeron susurrar: «¡Dios mío, no soy digno de tanto honor!». Repuesto de su emoción, dijo a Ermo y a su familia: «He llegado a tiempo para que no trabajéis en balde, hijos míos». Y añadió, con los ojos humedecidos y apoyando las manos, abiertas y temblorosas, en la meseta del Catafalco: «¿No lo sabéis? ¡Es el altar de San Pedro! ¡Este humilde siervo de Dios ha encontrado el altar de San Pedro!».