Todo esto es lo que reveló aquel clérigo de misa en la Campa del Roble, mostrando los documentos. Concluido su relato, miró con aires de triunfo a los de Getxo.
– Habrá que arrastrar el altar hasta aquí, hasta el sitio de la ermita -dijo, casi ordenó, señalando el mimbre.
Los hombres de Getxo humillaron sus armas, no por derrota, sino al sentirse seguros, en el terreno que el propio forastero había elegido, del imposible desplazamiento del Mostrador. El clérigo de misa palpó, incluso, que la alarma de los paganos se había transformado en desprecio. Se llegó hasta el mimbre.
– Necesito una cuadrilla de braceros para mover el altar hasta aquí -añadió, señalando sus propios pies.
Los hombres de Getxo dejaron escapar sonrisas socarronas.
– ¿Acaso dudáis todavía de que el altar sea de la Iglesia de Roma? -exclamó el clérigo de misa, agitando los pergaminos por encima de su cabeza.
Ermo carraspeó y los hombres de Getxo se abrieron para que le viera el forastero.
– El dueño del Mostrador puede ser Etxe o puede ser Larreko, todavía no lo sabemos bien -dijo Ermo, en pie sobre sus propios cimientos-, pero ningún otro.
Los hombres de Getxo movieron sus cabezotas con complacencia, agradeciéndole el que aún siguiera considerando a Etxe o a Larreko dueños del Mostrador, y no a él mismo, a pesar de los muros en que lo iba a meter. Era ésta una cuestión que les había empezado a preocupar desde que Ermo se pusiera a abrir sus zanjas.
– No sé quiénes son ese Etxe y ese Larreko, qué méritos han hecho para que… -exclamó el clérigo de misa, enrojeciéndosele un poco la cara.
– Etxe es el primero que lo vio en la playa y Larreko el que lo subió con sus bueyes -dijo Ermo, apaciblemente.
– ¿Y qué puede eso contra estos documentos? -exclamó el clérigo de misa, más encendido, sin dejar de exhibir sus papelotes.
– Tenemos nuestras leyes -dijo Ermo-. Todo lo que llega a nuestra playa deja de tener dueño y hay que buscarle otro.
El clérigo de misa recurrió al tono de sus homilías más candentes:
– ¿Cuándo, a lo largo de los siglos, se presentó alguien a reclamar lo que llegó a vuestra playa?
Los hombres de Getxo se miraron, reconociendo que ninguna de sus leyendas hablaba de alguien que viniera a pedir lo que la mar había arrojado a la playa de Arrigúnaga.
– Y ¿por qué? -añadió el clérigo de misa, aprovechando el incipiente desconcierto-. Pues porque en ninguno de los anteriores despojos había puesto Dios su mano. ¡Pero sí en éste! ¡No podía El abandonar su altar de San Pedro y me ha enviado a mí a reclamarlo! Es un asunto entre Dios y vosotros, y ¿le vais a negar algo a Dios?
La profunda alarma de los hombres de Getxo se materializó en la doliente exclamación de uno de ellos:
– ¿qué será de nuestras apuestas si nos quitas el Mostrador?
– ¿Apuestas? -repitió el clérigo de misa.
– Desde nuestros padres, abuelos y más lejos, venimos arrastrando apuestas por Etxe o por Larreko. A no ser que a tu dios no le importe… -aquel hombre de Getxo recorrió las caras de la pequeña muchedumbre expectante, consultándolas-, a no ser -añadió, saboreando las palabras- que a tu dios no le importe unirse a Etxe y a Larreko a ver si alguien apuesta por él y contra los otros dos.
La posibilidad era demasiado fascinante para que los hombres de Getxo la descartaran; introducía un elemento nuevo al cabo del largo siglo de apuestas monótonas y tan archiconocidas que ahora de pronto casi les olieron mal. Rompió el fuego un gigantón de la estirpe Murua, a la que pertenecía Totakoxe, soltera: