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– Apuesto mi prado de hierba por Dios.

Se distinguía el Murua por ser, casi, cristiano. El resto de los hombres de Getxo no se precipitó a otra vorágine de apuestas por hallarse aún en la frontera entre el paganismo y la nueva religión. No se trataba de un problema de conciencia, de creer o no en el nuevo dios, sino de sopesar las garantías que ofrecía el apostar por él. Aunque enseguida comprendieron que ambas cosas eran lo mismo. Los 47 de los 48 Fundadores se estremecieron: llevaban un siglo enfrentados a la urgencia de introducir, en sus leyes inamovibles, una nueva ley en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino, y ahora les ponían en el nuevo brete de determinar si la Iglesia de Roma, la que poseía en exclusiva a ese nuevo dios, era la verdadera dueña del altar; es decir, si el dios cristiano, el nuevo dios, tenía algún derecho sobre el Mostrador; o, dicho de otro modo, si era el verdadero dios, o, al menos, un dios mejor que el viejo, Urtzi.

Fue demasiado para aquellos 47 de los 48 Fundadores, muchos de más de ciento cincuenta años; cuenta la leyenda que murió allí mismo no menos de una docena de ellos, al no poder soportar el tremendo peso.

Sin embargo, la pequeña muchedumbre no acertaba a refrenar su entusiasmo. Las posturas adquirieron un redoblado calor con aquella tercera opción, la del nuevo dios, ¿A quién darían finalmente la razón los ancianos: a Etxe, a Larreko o al dios cristiano? Según la leyenda, era Etxe quien se mostraba el más tranquilo de los tres, pues Larreko no cesaba de preguntar al clérigo de misa si los bueyes de aquel dios eran superiores a los suyos y con qué los alimentaba; y a juzgar por la ostensible inquietud del clérigo de misa, su dios no parecía estar muy seguro de llevarse el Mostrador.

No tardó Ermo en seguir los pasos del medio cristiano Murua y apostó por el dios 50 ovejas y 20 pellejos de txakolí: y Jaunsolo, señor de Getxo, siguió los pasos de Ermo y apostó, también, por el dios, nada menos que su casatorre. Quedó en la leyenda que las apuestas de ambos sonaron tan simultáneas que parecieron la misma, e, igualmente, que parecieron obedecer a un oculto propósito común, pues se les había visto, poco antes, dialogar secretamente en un rincón. La pequeña muchedumbre quedó vivamente impresionada: hasta los más inseguros comprendieron que Jaunsolo y Ermo, aquellas dos cabezas privilegiadas, si apostaban por el nuevo dios era que confiaban en ganar, y sólo ganarían en el caso de que los 47 de los 48 ancianos sentenciaran que el Mostrador pertenecía al nuevo dios, y si el Mostrador pertenecía al nuevo dios es que éste era el dios verdadero.

Con todo, los bueyes seguían pesando lo suyo: incluso a quienes llevaban un siglo apostando por Etxe les sonaban entrañables las bravuconadas de Larreko: «¿Quién ha visto los bueyes de ese dios? ¿Acaso pueden ser mejores que los míos?». Porque resultaba muy tradicional que, al final de todo, estuvieran los bueyes; porque aquel dios no se encontraba en el mismo caso que Etxe, quien había conseguido empantanar el asunto del Mostrador sacando a colación la pala y la azada; en otras palabras: se las había arreglado para desplazar a los bueyes. Pero aquel dios no había mencionado ninguna pala o azada; al menos, no todavía; de modo que, con él, la última palabra la habían de decir los bueyes, pues si Etxe también había conseguido imponer el criterio de que, con respecto al Mostrador, la Campa del Roble y la playa eran lo mismo, el Mostrador pertenecería a quien lo sacase con sus bueyes de la Campa del Roble, y, teniendo en cuenta que sólo Etxe había nombrado la palay la azada, éstas no contaban en el duelo entre Larreko y el dios, era un duelo del que Etxe no formaba parte, un duelo con todo el aire de celebrarse en el principio de todo, es decir, un siglo antes y en la playa, con el Catafalco esperando a que unos bueyes lo rescataran de la arena. La pequeña muchedumbre conocía los bueyes de Larreko, pero ¿quién conocía los bueyes de ese dios? Esta incertidumbre ponía un regusto dulzón en las palabras.

La excitación por poder apostar por el dios hizo que la pequeña muchedumbre tardara los ciento sesenta y dos días que precedieron a la construcción de la ermita y los tres años que duraron sus obras en caer en la cuenta de que muy extraordinarios habían de ser los bueyes del dios para sacar el Mostrador de la Campa del Roble, cuando no lo habían conseguido los de Larreko. De repetirse el fracaso -pensaban-, Etxe volvería a estar en el candelero: el dios pediría una palay una azada para librar de tierra el frente del Mostrador, y entonces Etxe le replicaría que, si no bueyes, sí que tenía azada y pala, y todo regresaría a la situación de un siglo antes.