Aunque no, no sería exactamente la misma situación: ahora resultaban ser tres los litigantes, con la multiplicación consiguiente de combinaciones para apostar. Sangre nueva pareció circular por la vieja tertulia de la Campa del Roble, y los cuencos alineados sobre el Mostrador de Ermo vibraban con los gritos de unas apuestas tan insólitas como nunca se oyeron. Si antes no era preciso romperse mucho la cabeza para apostar por Etxe contra Larreko, o por Larreko contra Etxe, durante aquellos ciento sesenta y dos días pareció que no cambiaría la cosa, excepto en que ahora no sólo se disponía de la excitante oportunidad de apostar también por el dios, sino de hacerlo por uno contra dos, o dos contra uno, en vez del sempiterno uno contra uno de antes. Parece que fue al comienzo de la construcción de la ermita cuando el de Murua introdujo una variante en su primer envite: «¡Que sea por el dios y Larreko contra Etxe!», vociferó. La pequeña muchedumbre permaneció largo rato en suspenso, pensando, ¿Qué significaba aquello? Ya les había sorprendido el Murua apostando por el dios y metiéndole en el mismo saco con Etxe y con Larreko, y ahora le enyugaba con Larreko contra Etxe. ¿En tan poco tenía al dios que necesitaba a Larreko para que ganara? ¿Cómo se entendía esto en quien había sido el primero en apostar por ese dios, es decir, en aceptarlo para los vascos? Creyeron encontrar la respuesta a esta incógnita mientras buscaban la respuesta a la segunda incógnita: si en tanto tenía el Murua al dios, ¿por qué le humillaba juntándole con Larreko? Fue a estas alturas cuando vieron morir al segundo Fundador, reventado por la tremenda responsabilidad, y la pequeña muchedumbre acertó a relacionar los demoledores esfuerzos que realizaban sus ancianos por iluminar una nueva ley y otorgar una paternidad al Mostrador, con el confuso comportamiento del Murua, y observaron que, al deliberar sobre el dios, la piña de Fundadores se rompía los ojos examinando los pergaminos del clérigo de misa: no sabían leer, ninguno de los vascos de Getxo sabía leer, sentían un fastidio especial por los papeles escritos, podía decirse que los vascos y los papeles escritos eran incompatibles; así, pues -pensaron que pensó el Murua-, jamás los documentos aportados por el clérigo de misa inducirían a los Fundadores a entregar el Mostrador al dios, de manera que el ya medio cristiano Murua se veía obligado a utilizar a Etxe o a Larreko para aupar de algún modo a su protegido.
Los debates en la Campa del Roble recobraron su pasada vitalidad, rebajada en los últimos tiempos a una mecánica amodorrada. La pequeña muchedumbre, acodada sobre el Mostrador y vaciando cuenco tras cuenco, escuchaba, con mirada chispeante, las continuas lecturas que el clérigo de misa hacía de sus documentos, y, llegado su turno, le preguntaban si acaso su dios había visto el Catafalco en la playa antes que Etxe, o sus bueyes podían subirlo monte arriba, como lo hicieran los de Larreko; y, tras el acalorado enzarzamiento de rigor, se producían las apuestas; y como el Murua había estrenado el uno contra dos y el dos contra uno, los getxotarras apostaban por Etxe y Larreko, juntos, contra el dios, convencidos de ganar siempre, pues cabía dudar entre Etxe o Larreko, pero ¿cómo dudar cuando Etxe y Larreko formaban paquete contra el dios?
El clérigo de misa tardó esos ciento sesenta y dos días en comprender que serían las apuestas -y no las mejores razones y pruebas- las que decidirían el destino del altar de San Pedro, o del Mostrador, como lo llamaban aquellos paganos irreverentes. Llegó a esta conclusión al saber que los ancianos de aquella tribu de trogloditas llevaban un siglo sin fallar quién era el dueño del altar, si Etxe o Larreko, y lo atribuyó al equilibrio en las apuestas por uno y por otro, que hacía que los ancianos no se atrevieran a enemistarse con media tribu. «Sólo darán sentencia cuando las apuestas se inclinen masivamente por uno de los tres», pensaba el clérigo de misa. De modo que tomó en serio lo de las confesiones y ponía de penitencia el apostar por su dios.
Había introducido las confesiones cristianas el obispo de Iruña, cuando lo de Totakoxe: con el Mostrador de por medio, confesó al Murua y esperó. Hubo de emprender viaje sin confesar a nadie más. Dos meses después fue cuando irrumpió en Getxo el clérigo de misa con sus papeles, y enseguida se le acercó el de Murua a pedirle confesión, y cumplieron con el sacramento, también, con el Mostrador de por medio. Los hombres de Getxo contemplaron el acto sin concederle mayor importancia, pues ellos llevaban un siglo acodándose igualmente sobre el Mostrador para vaciar sus penas en las orejas de Ermo.